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Si hablamos de Shakespeare...



(Fotograma de la película "Shakespeare in love", John Madden, 1998)

Lo he contado alguna vez. Era tan pequeña cuando oí hablar de Shakespeare, que, cuando algo después leí el primer libro suyo, la primera de las obras de teatro que conocí directamente de las que escribió, pensé que había dos personas distintas. Uno era Chespir y el otro era Sakesper. Qué delicioso error...Me resulta una confusión encantadora, derivada de que no sabía inglés y de que aún no había cumplido diez años. Una niña de piernas largas y risa pronta que se sentaba en el suelo de la azotea, orientada al levante, para recibir el oceánico regalo de la brisa de las tardes de verano, enmedio de libros y de cuadernos por escribir...

No podría explicar por qué, desde entonces, me resulta mucho más familiar la peripecia del Bardo, sus textos, sus personajes, que el eminentemente hispano de Cervantes y su hijo, El Quijote. O quizá sí, quizá haya una explicación que debiera convencernos. La forma en la que, a la vez que de los libros, recibía noticia del inglés a través de otros formatos, como el cine, por ejemplo. Las adaptaciones de las obras de Shakespeare al cine son numerosas y, sobre todo, gloriosas. Y algunas de sus frases se han convertido en una especie de refranes, de lugares comunes que aparecían y aparecen en libritos, en comentarios, en fragmentos...Aprendí algunas de ellas sin saber siquiera a qué obra correspondían. 

Nadie me obligó nunca a leer a Shakespeare y, si lo hice, fue por afición familiar, por inclinación natural y por derivación del cine. Así, terminé desembocando muy pronto en la mayoría de sus obras y, desde aquí, en sus biografías, las historias entrelazadas sobre su vida, el Globe Theatre y, lo que es más curioso, en sus coetáneos, en sus rivalidades, en las mujeres de su vida, en sus problemas y, desde esa atalaya, en sus Sonetos, mi última singladura en lo que se refiere a su conocimiento, pero tan feliz y tan llena de detalles cercanos, tan sublime, que hoy es algo que forma parte de mi mesa de trabajo, de mis tardes de ocio y de mis sueños. 

Tan escasa fortuna, con respecto a todo esto, ha tenido Cervantes y ha tenido El Quijote, que me obligaron a leer tempranamente y que no leí entonces, desde luego, que me hago mil preguntas sobre cuán imposible es la lectura por decreto y sobre que algunas obras literarias tienen su tiempo y no antes, porque el antes puede perjudicarlas gravemente. El Quijote no es una flor temprana, antes bien, es una fruta madura que ha de tomarse con prudencia y en su fecha. Mi reconciliación cervantina fue tardía pero, desde que se produjo, logré entender un poco su sentido y la grandeza de quien, enmedio de una turbulenta existencia ajena a la literatura (en abierta diferencia con su colega inglés) fue capaz de abstraerse del torbellino de la supervivencia para crear belleza y no tan sólo. 

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