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Con la lluvia de abril


(Ilustración: André Kohn)

La ciudad se estremece bajo una lluvia suave que cubre por unas horas su perfil cálido de sol inclemente. Toda ella se viste con esa cortina acuosa y líquida que motea las gafas y convierte en duro diamante el roce de las manos en las mejillas. Hay quien no ha reparado en que el cielo está gris y se mueve sin paraguas con la actitud de incomprensión que esta lluvia de primavera ofrece. En la iglesia los asistentes a la misa no saben que, al volver a la vida exterior, el manto oscuro que ha cubierto el cielo se desgrana ya en suaves copos líquidos que mojan sin molestar apenas. 

Ella recorre los puentes, que tantas otras veces ha pisado, bajo el techo breve de un paraguas de corazones rosas y se pregunta como hace siempre por ese milagro de una ciudad que ofrece mil caras y otras mil oculta. El río es una larga lámina que recibe la lluvia con indiferencia y en él los remeros se mueven rítmicamente sin pausa y con desdén. Sin preguntas. En sus movimientos exhiben las impúdicas certezas cotidianas mientras lo atraviesan a la velocidad de la luz blanca de una mañana de alborozado abril. No es este un abril cruel porque, sin previo aviso como suelen, las violetas han florecido y fieles a su cita aparecen humildes en un cesto de mimbre sobre la mesa de cristal. 

Ella guardará en su cabeza, no puede evitarlo, las fotos de todos esos instantes y, cuando pasen los días, aún notará en los labios el sabor dulce de las gotas de agua como el mejor regalo de esas horas. La música de fondo se diluye y se convierte en copla sin que nada ni nadie pueda entender siquiera por qué el eco de la infancia es tan profundo y rodea con sus brazos incluso este tiempo en que vive sin pretenderlo casi.

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