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"Los diarios de Adán y Eva" de Mark Twain


Mark Twain (1835-1910) forma parte de mi memoria sentimental desde el momento que sus libros llenaban las paredes de mi casa de la infancia. Mientras las niñas de mi calle leían cuentos "de chicas", historias de mujercitas que esperaban casarse o de beatíficas alumnas de internado; mientras que en mi casa, las otras niñas, leían historias ilustradas o tebeos, he aquí que yo, encaramada a mi azotea azul atlántico, melena al viento siempre, calcetines cortos y piernas al aire, leía a Mark Twain, primero "Las aventuras de Tom Sawyer" y luego "Las aventuras de Huckleberry Finn". Confieso que soy más de Tom. La tía Polly me tiene encandilada desde entonces y su manera de mirar por encima de las gafas a los niños (porque mirarlos a través de ellas era un gasto inútil para seres tan poco importantes) se convirtió en un emblema de mis años de adolescente. Los primos Sid y Mary me trasladaron al universo de mis propios primos, unos en La Carolina, veranos llenos de juegos de espías, disfraces y jeroglíficos humanos; otros, allá en el campo, en la Laguna Seca, panales de abejas rezumando miel, tardes en el ordeño de cabras y de vacas; pastores y campesinos; juegos de cartas a la luz del quinqué, naturaleza en estado puro. Así todo Mark Twain se enhebra tanto con mi propia vida que tengo la dificultad de verlo como ajeno si quiero hablaros de un libro escrito por él. Los escritores son los seres más cercanos a mí que conozco: ellos hacen lo que yo quisiera haber hecho y hacer, siempre, siempre. 

La editorial Impedimenta publica "Los diarios de Adán y Eva" una historia a dos voces que Twain resuelve con su comicidad habitual, que no es impostada, sino ingeniosa, doblemente ingeniosa en este caso. La convivencia es un problema para cualquier pareja, incluso cuando esta vive en el Paraíso. Más aún si vive en el Paraíso y es consciente de que va a pasar a la historia en letras doradas y bien grandes. El estilo único de Twain, su forma de narrarnos los episodios con esa especial mirada, su escritura rampante, bien adobada de frases con sentido y consentidas, todo él es una delicia hable de lo que hable. Los padres de la humanidad salen regular parados, según como lo veas. 

El libro tiene dos alicientes más que no es despreciable reseñar. La ajustada traducción de Gabriela Bustelo, que ya había traducido para la misma editorial otro libro encantador "Las señoritas de escasos medios", responde al cuidado en las traducciones que siempre cultiva Impedimenta. De todos es sabido que una mala traducción puede cargarse un libro, de igual modo que un mal doblador de cine se carga una película. En este caso, está asegurado el deleite, por partida doble. 

Y, además, las ilustraciones, que corren a cargo de Sara Morante, originalísima artista, pensadora inhabitual por lo extremadamente curioso de sus ideas, todas ellas a modo de surtidor que mana sin control, haciendo que seguirla sea una forma delicada de entrar en el reino del ingenio más lleno de piedras de colores que podamos imaginarnos. Los libros de Impedimenta son siempre bonitos, pero, en este caso, la imagen tiene un especialísimo sentido y enriquece el libro de un modo considerable. 

Precioso. 

"Los diarios de Adán y Eva" de Mark Twain. Traducción de Gabriela Bustelo. Ilustraciones de Sara Morante. Editorial Impedimenta. 

Sinopsis del argumento a cargo de la editorial: Sin perder un ápice de su habitual ingenio y su encanto particular, Mark Twain nos presenta en este breve relato cómico los avatares y problemas que generan la vida en pareja y la convivencia, no siempre fácil, aunque sea en el Paraíso. A través de los relatos paralelos de los padres de la humanidad, y con un texto que combina en igual medida diversión y profundidad, primero Adán y luego Eva nos hacen partícipes de unas cuitas que, a decir verdad, no son muy distintas de las de cualquier relación de nuestro tiempo.

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