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Flores solas


 (Fotografía de Tinashe. Dazed Magazine)

Ella lo cuenta en voz muy baja. Apenas se oye lo que dice. Parece tener una sensación de inseguridad que no logra disipar su media sonrisa. Se sienta a mi lado y cruza las manos sobre las rodillas. Ese es un gesto que repite a menudo. Tiene un poco de frío. La tristeza siempre le causa frío y desasosiego. También, incomprensión. Cuando algo ocurre que hiela su corazón, responde con la duda, el frío y la extrañeza. Se asusta de que las cosas cambien de repente, sin apenas saber cómo. Hoy, luce el sol. Mañana, llueve o truena. Las tormentas le dan miedo, un pavor que no tiene razón de ser, sino que es un recuerdo de un pasado mágico, en el que el mar parecía estar lejos aunque estaba al otro lado de la calle. En el que la azotea daba paso a las historias de aventuras que el cine de verano trasladaba inmisericorde a través de la noche. En el que los amaneceres se teñían de sospecha. Qué ocurrirá en ese transparente puzzle en el que vivo, se decía en ese caso. 

Ella no sabe cómo. No entiende las razones o quizá no las hay. No las hay. El desapego no tiene razones. El error de apreciación, tampoco. Ocurre así. Ella abría su corazón de una forma sencilla, natural, sin ocultarse. Lo hacía porque sentía que podía hacerlo. Porque así estaba menos sola. Porque así las cosas eran más llevaderas. Más simples. Mejores. O, porque no podía hacer otra cosa que esa. Confiar. Ella confiaba. Pero no había caso. Se equivocó. Sin más. Y ahora ya no confía. Ya no sabe qué hacer con sus palabras. Ya no sabe adónde llevar las confidencias. Ya no sabe en qué lugar depositar las risas. Ahora lo tiene todo en su mano, pero no  hay ningún lugar en el que eso tenga un mejor sentido. Él lo ha escrito con toda claridad. Ha escrito un NO mayúscula. Y eso ha sido todo.

Tienes un campo plagado de amapolas silvestres. De margaritas blancas. De rosas amarillas. De hojas caducas y perennes. Tienes un espacio pleno de verdor en el que hay esplendorosas flores que se abren al amanecer y se cierran por la noche inundando todo de un olor sin igual. Y un día, sin saber el motivo, alguien lanza un saco de sal sobre las flores, las seca, las convierte en un erial absurdo y el silencio se convierte en un magnífico motivo para escribir algo tan triste y tan inevitable como esto.
Pobres palabras para expresar la tristeza.


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