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Ellas, la inspiración

Eran tiempos felices. Volvía de Madrid en el AVE y traía un libro que había encontrado en una de esas enormes librerías de la capital. En una de ellas existió una vez un encuentro amoroso que empezó y terminó allí mismo. Un hombre de radiantes ojos verde mar y manos delicadas. En otra, una vez, la chica de vestido azul turquesa que era yo entonces, con un pequeño sombrero de paja también azul, descubrió una libreta con una cinta dorada y un tono lavanda claro en los cantos y ahí comenzó a escribir las notas de lo que pensaba y sentía, a modo de diario informal. 

Volvía de Madrid en esos tiempos en los que viajar era posible, era una fiesta, era la vida, con el libro en las manos y una vez dentro del tren, en ese asiento junto a la ventanilla, la mujer que era yo en 2008 abrió sus páginas y ya no pudo despegar los ojos de ellas y, al llegar a Santa Justa, había leído entera la historia de "La vida resguardada", había descubierto a Ellen Glasgow y abierto un interrogante nuevo. Ella fue la primera de la serie de mujeres escritoras que, desde ese año, han ido llegando de modo milagroso para ser la inspiración que me faltaba y aún me falta.

"La vida resguardada" habla de la incomunicación entre hombres y mujeres. De eso podría yo contar algunas cosas. La chica del vestido azul turquesa y la mujer del tren podrían contar algunas cosas de ese efecto botella de gaseosa cuando tienes mucho que decir y ninguna forma de expresarlo. La imposibilidad de sacar a la luz lo que te estorba dentro y lo que ha de decirse de alguna manera. Si pudiera explicar todo lo que, durante estos años, he vivido, no sentiría ahora que la vida ha pasado de largo. 

Después de Ellen Glasgow llegaron otras. Penelope Fitzgerald con "La librería". Llegaría Eudora Welty, con sus epopeyas. Después Stella Gibbons y su Flora Poste. Llegaría Edna O´Brien, con Kate y Baba, "Las chicas de campo", "La chica de ojos verdes", "Chicas felizmente casadas".

Llegaría Elizabeth Gaskell, con "Ruth" y con la biografía de Charlotte Brönte. Llegaría Emily Dickinson. Y Elizabeth Barrett-Browning. Envuelta en perplejidades renacería Edith Wharton más allá de "La edad de la inocencia". Renacería Agatha Christie con sus "Cuadernos".

Y junto a las mayores presencias de Jane Austen y de Iréne Nèmirovsky, otras mujeres que escriben y que se mezclan en un caleidoscopio de letras que emocionan: Edna Ferber, Rosalie Ham, Maggie O´Farrell, Carol Joyce Oates, Daphne du Maurier, Patricia Higsmith, Agota Kristof, Adda Ravnkilde, Alice MacDermott, Amélie Nothomb, Anita Loos, Rosamond Lehman, Sabina Berman, Zadie Smith, Sophie Kinsella, las Brontë, Barbara Trapido, Diane Brasseur, Elizabeth Jenkins, Helen Fielding, Laurie Colwin, Willa Carter, Elena Poniatowska, Diane Wei Liang, Elizabeth Taylor, Amity Gaige, Ann Rossman.

Y algunos nombres estelares que tienen significado por sí mismos: Virginia Woolf, esa habitación propia. Lillian Hellman, la vida junto al hombre que amaba.

Ahora que sé que nunca inspiraré a nadie, tengo que reconocer que ellas me inspiran.

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