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"Ya no siento el corazón"


(Circe. John William Waterhouse. 1849-1917)

"En el corazón tenía/ la espina de una pasión/ logré arráncamela un día/ ya no siento el corazón"

Lo escribió Antonio Machado y cuando ella lo leía, desde niña, siempre se imaginaba la escena. El rostro sombrío, callado, oscuro, del poeta, subiendo despacio una calle empinada. Solo. Totalmente solo. Los versos de Machado tenían que ver con la ausencia que causa la muerte pero ella tuvo ocasión de saber que no solamente la muerte trae la pérdida. Que, a veces, se pierde incluso lo que no se ha tenido. Ese vacío que sucede al amor, ese desamor que se convierte en un hueco que llena tu cuerpo hasta extremos que nunca hubieras creído...

Así, durante mucho tiempo, una luz especial la iluminó. Era una ráfaga de alegría a veces. En otras ocasiones, un vendaval de lágrimas. También, un movimiento telúrico hacia el abismo. Hubo horas en las que fue consuelo, llama viva y despertar alado. En las noches, una sonrisa cerraba sus ojos tras la noticia ansiada. El dolor estuvo presente al tiempo que la dicha. 

Cuando el paso del tiempo, la decepción, la nada, la desaparición de las horas felices, la huida de la complicidad y la confianza, trocó en un recipiente desnudo de noticias su habitual charla salpicada de risas cristalinas...entonces supo que, algún día, alguna vez, sin que ella misma pudiera evitarlo, todo eso terminaría como el último verso. El último verso que le dedicaría. El certificado del fin de todo el amor del mundo. De toda la pasión que la había poseído con solo imaginarlo. Así es. Todo llega. Ya no siento el corazón. 

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