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Ni flores


A veces eran lirios azules de tallo largo. Otras, margaritas amarillas, casi silvestres, de un color dorado próximo al albero, duraderas, humildes. También hubo rosas de todos los tonos. Rosas rojas, rosadas, amarillas, blancas, rosas de todos los olores. En ocasiones, aparecían jacintos, tulipanes, gardenias, incluso orquídeas una vez. Una mañana trajeron un enorme cesto de flores silvestres con frutas de la estación y toda la casa se llenó de un suave batir de polen que se movía de una habitación a otra. Hubo azahares, pensamientos, campánulas.... Las fresias inundaron un año la terraza, formando una especie de cúpula improvisada y roja. 

Las flores traían siempre la misma frase en la tarjeta. Invariablemente la misma frase aparecía un año y otro año. Todos los años la misma entonación, la misma idea. Y, con ella, una única palabra. "Siempre". Llegaban a horas diferentes, no era cuestión de haberlas encargado, sino de buscarlas casi en el último momento, dependiendo del transcurso de la vida, del estado de ánimo. 

Las últimas flores que aparecieron en un día como este se conservan en una foto que resiste el paso del tiempo. Su olor, su color, su tacto, desaparecieron, como él desapareció aunque aún vive. Hoy no ha sonado la palabra "Siempre". Ni han llegado flores. 


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