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A la flor del almendro


Cada año el rito se cumple sin pereza. Aunque la climatología sea inclemente, aunque las lluvias no lleguen, incluso cuando el calor rompe el ciclo de la vida vegetal, los almendros florecen y las flores blancas incipientes se tornan rosadas, en un movimiento esplendoroso que te causa sorpresa, aunque ya lo sepas.

Había almendros en el patio de aquel colegio y los niños correteaban debajo de ellos y soplaban las pequeñas ramas que caían, convirtiéndolas en extrañas cometas vivientes. Los almendros llenaban el camino que conducía a ese paraíso de la infancia que visitabas a veces, produciendo una impresión distinta al resto de los árboles que allí había. Eran almendros extraños, fuera de lugar y, por eso mismo, imposibles de dejarlos a un lado.

En Japón, Keiko y Natsumi sueñan con que, florecidos, van a convertir en realidad sus sueños, los que han tejido al amparo de la lona azul del parque de los pobres en el caso de Keiko y junto a la cocina de su vieja casa de Nagasaki, en el de Natsumi. 

Todos los almendros acaban floreciendo y hay veces en las que ese florecer parece anunciar la muerte y no la vida. Solo el milagro del amor, mil veces más potente que el renacer de las hojas rosadas; solo el milagro de las palabras dulces, un millón de veces más poderosas que la fuerza de la tierra, hacen posible que la vida venza a la muerte, al menos mientras estás aquí. Por eso, no esperes solo que el almendro florezca, sino que la primavera entre también en tu corazón. Ese es el verdadero milagro. 

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