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Viento del sur


(El viento sur. Darío de Regoyos y Valdés)

Sopla con fuerza el viento del sur en la ventana. La lluvia cae intermitente pero desabrida. No es una lluvia mansa, una lluvia fina, una lluvia presurosa y borgiana. No. Más bien tiembla y se convierte en olas, en este lugar sin playa y sin mar, sin océano desde el que avistar el futuro. La plaza entera se estremece con ese oleaje aparente y la tormenta está a punto de convertirse en una realidad que me hará desear estar fuera de su alcance. Todavía suenan petardos, el eco de la fiesta que aún no ha terminado. Pero son esporádicos y lejanos, parece que fue ayer, pero hace tanto tiempo de ese año despedido a fuerza de ilusiones y deseos furtivos...

El viento sur azota los trajes de Elinor y Marianne mientras caminan abrazadas por la ladera de esa montaña verde, allá en el Devonshire, la otra punta del mundo, pero tan cerca, tan íntimamente unida a este momento, el libro, la película, el sonido esplendoroso del pianoforte, el sentimiento entero de pérdida por Willoughby, el amor nuevo por el coronel Brandon, el de siempre por Ferrars, Edward, desde luego. Las escucha cantar esas canciones dulces y le entra el deseo de hacerlo ella también, de cantarle al oído, a él, que está más lejos que ninguno de ellos, porque no es la ausencia lo que separa, sino el desdén. Está ajeno a todo y por eso más distante que nada  y que nadie en esta tarde de lluvia y sur adverso. 

Se ha sentado, como suele hacer siempre, en ese sitio que vislumbra la tarde y su caída, el cielo oscuro, con una franja clara, como si la lluvia no quisiera irse sin dejar un poso de esperanza que trasmine. Se sienta allí y abajo los parterres se duelen de una ausencia, se duelen de que no haya en ningún sitio presencia alguna que conforte, de que no oiga su voz, de que no exista. Pues no existe el amor si es que no se comparte, se conoce o se teme, qué más da. Y si él no sabes nada, ya no lo sabrá nunca, porque el adiós es la razón de ser de este tiempo que empieza. 

Lo quiso enormemente. Con la profundidad que da la vida cuando golpea en tu rostro y te hace daño. Lo quiso y lo esperó, soñaba que entendiera que esto llamado amor es mejor que otras cosas, que otros sitios, que otros cuerpos ajenos, que otras vidas. Pero se equivocó y, como ellas, Marianne y Elinor, deambula sin colina, sin brezos ni rosales, deambula al fin y al cabo por las teclas plateadas de un artefacto nuevo que le escribe palabras que no quiere dictar y que surgen tan solo por la necesidad de decir que le quiso aunque ya no lo quiere. 

El traje de Marianne flota en el aire. La humedad se transforma en lluvia firme. Cae al suelo y allí siente que ha perdido las fuerzas, que no hay nada que exista sin que pueda nombrarlo. A su lado, el rostro triste de Elinor ya no es nada, sino el trasunto de una melancolía que solamente vive porque su corazón está perdido. Noches enteras en las que el sueño avanza y retrocede, momentos en los que no hay brisa que azotar sobre el rostro perdido entre las lágrimas, lágrimas blancas, saladas y firmes. 

Hay un mapa de España tirado por el suelo, debajo de la mesa, encima de un asfalto convertido en madera para un salón de estar de una familia antigua, de un retrato pasado de otro siglo. La niña que lo hojea tiene los ojos grandes, grises, de lluvia contenida, de lágrimas de nuevo. Porque ella aún no lo sabe pero el paso del tiempo volverá a hacerle ver que el amor es un sueño que se escribe sin notas y no tiene sonidos. Si hay cantos, no hay amores. El amor es silencio solamente. Así lo entiende Elinor, así lo dirá en esa pausa en que su corazón estalla ante la vida. 

Lo quiso enormemente. Ansiaba su mirada, quería verlo, quería tocar sus manos. Te quiso y no te quiere. Porque los ojos sienten que hay un final de lágrimas que al escribirse indica que cae el telón despacio. Tanto como te quiso, tanto como ha esperado y esta tarde de sur ya no te siente, ni espera, ni te busca, ni llora, ni suspira, ni tiene nada suyo que ofrecerle, salvo un silencio que no tiene respuestas. 

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