Ir al contenido principal

"París no se acaba nunca" de Enrique Vila-Matas


Hay un cine dentro del cine y una literatura dentro de la literatura. También hay una mitología dentro de la pintura y un sinfín de artificios emocionales y plásticos para que las artes aparezcan ante nosotros desmenuzadas, convertidas en briznas que puedan olerse. Los amantes de la literatura se entienden entre sí con códigos particulares, al igual que lo hacen los amantes del cine. En una ocasión tuve una amiga con la que compartía esa cinefilia extrema que forma parte de mi naturaleza. Ella y yo generamos un modo de comunicación único, diferente y sin interferencias ajenas. Sabíamos siempre de lo que hablábamos con solo una palabra, una frase o un gesto. Las personas que existían a nuestro alrededor tenían un correlato en el cine y las frases de nuestras películas favoritas salpicaban siempre nuestras conversaciones. Dejamos de vernos y la amistad desapareció porque, contra lo que algunos opinan, si uno no se ve, no se encuentra y no se habla, los sentimientos van enmudeciendo. Pero conservo el recuerdo cálido de esos laberintos lingüísticos en los que las imágenes de la fábrica de los sueños eran los protagonistas y nos salvaban del atroz aburrimiento de esos días.

Viene todo esto a cuento del último libro de Enrique Vila-Matas que ha publicado Anagrama en su colección Narrativas hispánicas. No hablo ya de cinefilia sino de amor a la literatura en lo que en sí misma es, en lo que encierra. También me ocurre con algunas personas. Claves de libros o de autores, un poema que recitamos a medias, un texto que compartimos, el culto a un escritor...

La propia editorial nos desmenuza el sentido del libro: Una revisión irónica de los días de aprendizaje literario del narrador en el París de los años setenta. Fundiendo magistralmente autobiografía, ficción y ensayo, nos va contando la aventura en la que se adentró cuando redactó su primer libro en una buhardilla de París cuya atípica casera era nada menos que Marguerite Duras. Y también se nos cuenta cómo el narrador quiso imitar literalmente la vida del joven Hemingway tal como éste relata en París era una fiesta. Después del resonante éxito de El mal de Montano, el autor consigue en esta nueva novela una armoniosa y logradísima síntesis de las muchas facetas de su singular narrativa.

Y nos presenta, con detalle, la figura de su autor: Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) es uno de los más destacados escritores europeos del momento y está traducido a 29 idiomas. De su extensa obra, Anagrama ha publicado un libro de ensayos literarios, El viajero más lento, y los siguientes títulos de narrativa: Impostura, Historia abreviada de la literatura portátil, Una casa para siempre, Suicidios ejemplares, Hijos sin hijos, Recuerdos inventados, Lejos de Veracruz, Extraña forma de vida, El viaje vertical (Premio Rómulo Gallegos 2001), Bartleby y compañía (Premio Ciudad de Barcelona, Prix du Meilleur Livre Étranger, Prix Fernando Aguirre-Libralire), El mal de Montano (Premio Herralde, Premio Nacional de la Crítica, Prix Médicis étranger 2003, Premio Internazionale Ennio Flaiano), París no se acaba nunca, Doctor Pasavento (Premio Fundación Lara 2006, Premio de la Real Academia Española 2006) y Exploradores del abismo.

Seguramente a todas aquellas personas que tienen en la literatura un referente, una forma de sostener su vida de múltiples formas, les va a interesar este libro, esta búsqueda interna de claves para explicar la fascinación que sentimos ante la palabra escrita. Literatura dentro de la literatura, autoanálisis, ficción entremezclada con ideas y sentimientos, ironía y ternura a partes iguales, observación atinada de una realidad que se convierte en invención a poco que lo pienses...todo ello fluye en la obra como si, en realidad, todos fuéramos testigos de lo que ocurre cuando unos escritores se cruzan en la ciudad que eligió ser, desde hace años, el centro de la utopía y de la búsqueda de la felicidad.

Entradas populares de este blog

"Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante"

(Aibileen Clark con la niña a la que cuida, Mae Mobley Leefolt en Criadas y señoras, 2011) Una frase puede valer tanto como un tratado. La mayoría de los que escriben darían oro por una buena frase. Las frases son como las ideas: lo más difícil de hallar, lo más fácil de plagiar y lo más duradero. Una buena frase representa un logro para el que la escribe o pronuncia. Detrás de una buena frase siempre hay una idea valiosa. Y, además, una buena frase te hace pensar en cuestiones que merecen la pena.  La película Criadas y señoras (The Help, 2011, de Tate Taylor) incluye esta frase en boca de la criada negra de la niñita blanca: "Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante" . La criada negra no ha estudiado psicología pero ha criado ella sola a diecisiete niños. Todos ajenos. Todos blancos. Resulta incongruente cómo en esta película ( y supongo que también en la realidad que retrata) las mujeres blancas dejan a sus preciosos hijos blancos en manos de criadas

"El placer de vivir sola" de Marjorie Hillis

Para quienes piensen que este es un libro más de esos de autoayuda que nos tienen cercados hace tiempo basta fijarse en el año de su publicación original, 1936. Marjorie Hillis (1889-1971) es una pionera en todos los sentidos. Su trabajo en la revista Vogue la puso en contacto con mujeres que, como ella, llevaban las riendas de su vida. La publicación del libro obtuvo un enorme éxito. Es verdad que ella terminó saliendo del círculo de solteras independientes a las que iba dedicado: se casó en 1939. Pero eso no significa nada, salvo que esperó a casarse el momento en que encontró al hombre adecuado. Este resultó ser Thomas Henry Roulston, viudo y propietario de algunas tiendas en Brooklyn. El matrimonio duró diez años pues su marido murió en 1949.  Hillis, que llegó a ser editora asistente de Vogue, era hija de un pastor congregacional y estudió en un colegio para señoritas en New Jersey. Después del éxito de este libro escribió otro dedicado a los negocios que podía emprend

Hombres solos, hombres solitarios

Presumes que eres la ciencia y yo no lo entiendo así porque siendo tú la ciencia no me has comprendido a mí. (Soleares. Juanito Mojama) ✿✿ En los tiempos del Oeste americano, que tanta literatura ha creado y, sobre todo, tanto cine, los hombres cargaban sobre sus hombres el peso de la valentía. Ser cobarde era un oprobio. Ningún cobarde podía sacar adelante a su familia, ni mantener sus tierras, ni vivir con dignidad. Pareciera que la valentía era la moneda de curso legal. Y, sin embargo, el cine nos cuenta que los valientes o los dignos eran la excepción. Más bien hombres solos, a veces también solitarios, que, llegada la hora de la verdad, se encontraban en la más estricta y descarnada soledad. Los guionistas de los westerns eran, como se ve, grandes conocedores de la naturaleza humana, bastante más que la propia señorita Marple que decía siempre, comparando a la gente que conocía con la de su pueblo natal Saint Mary Mead, que "es la misma en todas partes