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Mostrando entradas de enero, 2016

Paisaje de almendros con Ronda al fondo

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La primera vez que visité Ronda tenía dieciséis años y estuve allí quince días en unas colonias escolares. En el tiempo de descubrir la vida conocí el pálpito de la ciudad y la recorrí una y mil veces por caminos que no se han olvidado, a pesar del tiempo transcurrido. Desde Santa Teresa, bajando por una calle de piedra llena de casas solariegas con escudos, el camino se abría en dos direcciones: una, la derecha a la zozobra silenciosa de la Ronda antigua, con pequeñas plazas recoletas, iglesias de enormes portalones oscuros, torres calladas y rincones llenos de arriates y plantas aromáticas. La otra, a la izquierda, al bullicio comercial, a la zona turística y plena de luz de la plaza de toros, del parque y de los restaurantes de postín. Siempre supe cuál de las dos era la dirección que mis pasos iban a tomar siempre y, si me conocéis un poco, estoy segura de que también vosotros la habréis adivinado.  El tiempo no pasa en vano. Descubres un día ante el espejo que los años ha

Las palabras escritas

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(John William Waterhouse. Simbolismo) La música suena en esta mañana que anuncia una calidez que ahora no queremos. Se despereza el día. Esta canción, esta voz, estos sonidos, me acompañan desde hace unos meses y me hacen llorar casi siempre. Pero las lágrimas no son lo peor. Lo peor es el silencio. Ese silencio que te impide escribir lo que sientes, que te impide hablar lo que deseas. Eso es lo que más cuesta.  Junto a la música hay una pila de libros, de esos que ordenas de vez en cuando y que no quieres que se separen de ti. En ellos, tanta poesía como es posible. Llega un momento en que es la poesía la única voz que quieres oír. Un momento en que todo es poesía, todo se escribe en versos, o con ritmo. Recitaba poesía en los años en que mi casa era un jardín, antes de que desapareciera todo atisbo de flores. Recitaba poesía en el colegio y levantaba las manos al aire, como si quiera apresar ese tiempo, el tiempo de las rosas, cuando todavía no habían perdido su olor. Qué t

"Apropiación indebida" de Lena Andersson

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Lena Andersson es escritora, periodista y una analista política de primera categoría en su país, Suecia. También es una mujer. Y ha escrito un libro "sobre el amor", no un libro "de amor". La diferencia debería ser obvia. No es una novela romántica, sino una novela en la que alguien se enamora, alguien se deja querer y alguien sufre. Adivinen quién sufre, podríamos preguntar a estas alturas del post.  Ester Nilsson tiene 31 años y es una poeta y ensayista de escaso renombre, aunque dotada de una gran inteligencia y futuro. Sus puntos de vista son originales, nada gregarios y tiene una cualidad que todo el mundo reconoce: la palabra. El arte de la conversación es el que ella domina, este es su territorio, el espacio en el que se encuentra más a gusto. Es una persona analítica, que sopesa los pros y los contras con sentido crítico, una persona muy informada, muy preocupada por el mundo y su devenir. Una mujer joven, que hace deporte, corre el maratón y tie

La palabra nos hace

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(Mujer escribiendo. Johannes Vermeer)  La frase no es mía, sino de Sánchez-Ferlosio. Pero podría aceptarla tal y como está. Queda dicho ya de otras maneras, con otras expresiones, incluso con historias enteras que cuentan el milagro de expresar lo que sientes, lo que ves, lo que vives, lo que sabes, lo que nunca se hará realidad o se ha perdido. De todas las herramientas que tiene el ser humano, de todo el utillaje que lo distingue de los animales, de las plantas o de los seres inanimados, es la palabra el más preciado, el que más eficaz resulta, el que requiere mayor cuidado, mejor condición. Surge en los sencillos momentos de la comunicación, cuando la vida fluye, para situar exactamente el sitio en el que estás. Surge en las tristezas, como bálsamo y como condimento imprescindible para abrir otra puerta, cerrada ya la anterior por inútil. Surge en los espasmos de la felicidad que quieres controlar a fuerza de besos. Surge en los adioses, en las explicaciones imposibles, en

"París no se acaba nunca" de Enrique Vila-Matas

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Hay un cine dentro del cine y una literatura dentro de la literatura. También hay una mitología dentro de la pintura y un sinfín de artificios emocionales y plásticos para que las artes aparezcan ante nosotros desmenuzadas, convertidas en briznas que puedan olerse. Los amantes de la literatura se entienden entre sí con códigos particulares, al igual que lo hacen los amantes del cine. En una ocasión tuve una amiga con la que compartía esa cinefilia extrema que forma parte de mi naturaleza. Ella y yo generamos un modo de comunicación único, diferente y sin interferencias ajenas. Sabíamos siempre de lo que hablábamos con solo una palabra, una frase o un gesto. Las personas que existían a nuestro alrededor tenían un correlato en el cine y las frases de nuestras películas favoritas salpicaban siempre nuestras conversaciones. Dejamos de vernos y la amistad desapareció porque, contra lo que algunos opinan, si uno no se ve, no se encuentra y no se habla, los sentimientos van enmudeciendo.

Shakespeare y una tarde de lluvia

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En las tardes de lluvia, la poesía. La plaza aparece cubierta de esa liviana luz de las farolas, a punto de llover, si ya no lo está haciendo. Sin ruido. En el son silencioso que surge de improviso. Una lluvia callada que no quiere asustarnos. Su presencia es el único movimiento que esta tarde parece existir en torno a sus jardines. Todo el mundo observa, detrás de las ventanas, el transcurrir del día, cómo el crepúsculo está tejiendo ya su sombra y cómo la luz se marcha sin decirnos su último secreto.  En tardes como estas, la poesía. Los sonetos de Shakespeare. "Embelleces la noche, la iluminas". Y luego de leerlo te aseguras de que aquello no huya, no se quede en el aire, no se evapore, como esta niebla tibia que se deshace en copos de rocío, sin que haya amanecido todavía. El verso se construye y se transforma y aparece la estrofa entre tus manos, sin que puedas evitar su latido:  Embelleces la noche, la iluminas trazas airoso tu compás ausente los destell

"El último magnate" de Francis Scott Fitzgerald

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"El último magnate" es el canto del cisne de Francis Scott Fitzgerald. Comenzó a escribirlo en septiembre de 1939 y lo hizo como una manera de sentirse vivo después de una serie de desgracias familiares, personales y económicas que lo habían estado zarandeando durante los últimos tiempos. No hubo suerte, sin embargo. Fitzgerald murió en 1940 y la novela quedó sin terminar. Una obra inacabada es un cajón de objetos desordenados que, inesperadamente, quedan a merced de alguien que no es su dueño. En este caso los objetos se recompusieron de alguna forma usando las anotaciones que el escritor había dejado preparadas. Edmund Wilson, que se ocupó de editarla al año siguiente de la muerte de Fitzgerald, la subtituló así "Una novela inacabada". La edición que ahora releo es, precisamente, la que reproduce con fidelidad esta versión publicada en 1941 por Charles Scribner´s y que la editorial Burguesa, en su colección Narradores de Hoy, sacó a la luz en 1981. 

"Doble fuga de amor y muerte" de Jean Legrand

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La prueba más evidente del desconocimiento que tenemos en España de la vida y la obra de Jean Legrand es que su reseña en la Wikipedia solamente puede consultarse en francés. A mí me parece un autor maldito, uno de esos escritores que andan siempre en el filo de la navaja. Editan de milagro, se autoeditan y no entran nunca en los circuitos comerciales, porque su estilo no es compatible con los grandes públicos. No son comerciales, en suma. Son gente rara, que escribe cosas raras. Así que hay que saludar con una alegría agradecida esta publicación de la editorial Periférica, porque nos trae una nouvelle, solo cincuenta y siete páginas, que no debería pasar desapercibida. Quizá abramos así la puerta al conocimiento de un escritor que, de otro modo, seguiría estando en la semiclandestinidad.  Jean Legrand nació en Montpellier, en el año de 1910. Montpellier es una ciudad fastuosa. La conocí hace años y conserva para mí el encanto de lo que se asocia a tu biografía en los mejores

"El asesinato de Rogelio Ackroyd" de Agatha Christie

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He contado varias veces cómo empecé a leer a Agatha Christie. Tendría unos diez o doce años y una vecina de mi calle  decidió hacer limpieza en su casa y sacó a la calle un enorme cajón de madera lleno de libros. Así que ahí me tenéis, sentada en el suelo, en la acera de esa calle, rebuscando entre los libros y hallando maravillas. Una de esas maravillas fue una novela de Christie, que resultó coincidir con la primera que publicó, "El misterioso caso de Styles". La leí y me enamoré. Y, desde ese momento, todas las novelas cayeron una tras otra. Y luego su autobiografía. Y sus "Cuadernos". Y todo lo que sobre ella se ha escrito. Agathistas de primera, es lo que somos en mi familia.  Conozco a personas que desprecian esta literatura. La consideran banal, pobre de recursos, manida, falta de categoría. Incluso son gente versada y amante de la novela negra y aun de la policíaca. Pero no logran entrar en el universo Christie, no logran darse cuenta de cómo sus

"El señor Norris cambia de tren" de Christopher Isherwood

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"En 1931, a bordo de un tren con destino a Berlín, William Bradshaw conoce a Arthur Norris, un británico de aspecto cómico e intrigante con el cual entabla una amistad que le llevará a descubrir su ambigua personalidad. El señor Norris dirige un turbio negocio de importación y exportación en Berlín; vive atemorizado por sus acreedores y su secretario Schmidt y sometido a su amante, la prostituta Anni; y se define, según la ocasión, como militante comunista, orador político, espía o agente doble. " Es así, de esta sencilla forma, como la editorial Acantilado, que ha publicado el libro, nos presenta esta historia que firma el mismo autor de "Regreso a Berlín", esa novela autobiográfica que reseñamos en su momento en este blog. Durante la República de Weimar, la propia peripecia vital del autor, le llevó a escribir ambos libros. Toda la sordidez del nazismo, el estado de ambigüedad de la población alemana, las ocultaciones y los problemas diarios, todo eso se r

Inquietamente viva

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Recuerdas las horas lentas del verano y conservas en tu retina el juego de luces del sol sobre el agua. Las tardes consumidas en charlas indecisas. Los susurros a la hora de la siesta. La búsqueda del placer en tus pies desnudos, buceando entre las arenas convertidas en ritos. A veces eran conchas. Las guardabas en un cubo pequeño, azul y con un asa transparente. Eran de todas clases y colores, todas olían a mar. Las conchas se escondían en el suelo y querían escaparse de tus manos. Pero no se podía huir de la constancia de una niña que quiere llevarse el mar a casa. Su sonido, su voz, todas las cosas que, cada día, cada tarde, lo convierte en un pasajero único del tránsito de la vida.  Recuerdas las palabras que añadías a esa libreta que cada vez usabas. Libretas de colores con pastas de colores y hojas blancas. Un texto, una canción, un poema, hasta un nombre. Una vez escribiste el nombre del amor y todas las páginas saludaron con gracia ese invento. Era la primera palabra de

"Los papeles de Aspern" de Henry James

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Henry James (Nueva York, 1843- Londres, 1916) es un escritor difícil. Aunque a lo largo de su trayectoria literaria su estilo varía y pasa de ser muy disgresivo, con amplísimas descripciones y oraciones largas a otro más concreto y conversacional, no se puede negar que no es una lectura fácil, sino que requiere cierto esfuerzo intelectual. Él mismo es un escritor que intelectualizaba mucho sus obras, la mayoría de las cuales van más allá de lo que narra y poseen elementos que las relacionan con teorías sociales, políticas y, sobre todo, con aspectos psicológicos e, incluso, psicoanalíticos. A James le interesaba grandemente el estudio de los personajes. Si hubiera sido pintor, los retratos constituirían su mayor universo. Retratos por dentro y por fuera. Retratos de facciones, pero, sobre todo, de sentimientos, emociones e ideas. Ese estudio tan pormenorizado tiene por fuerza que ralentizar la acción y convertirla en lenta y detallada.  Resulta curiosa la circunstancia de que,

"La solterona" de Edith Wharton

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La personalidad de Edith Wharton (1862-1937), su estilo luminoso, lleno de detalles pero sin resultar prolijo ni cansado, llenan esta nouvelle de un aire peculiar, inconfundible. En el conjunto de sus obras es un acercamiento más a la clase alta neoyorkina, que tan bien conoció y de la que acabó desconfiando y huyendo.  Estamos en 1850, en ese Nueva York que tiene varias caras. La mejor de ellas, la que brilla, es la de las grandes familias hegemónicas, que se casan entre ellos en una endogamia que quiere perpetuar su poder y que consigue, sobre todo, acentuar su diletantismo y su falta de vigor. Los Lovell y los Ralston son los amos de la ópera, de los bailes, de los salones y tertulias. El personaje más influyente de los Ralston es Delia, que ve con muy buenos ojos la boda que va a celebrarse entre Charlotte Lovell y Joe Ralston. Ese es el inicio de la trama. Una boda siempre es una buena noticia así que resulta poco conveniente (ay, las conveniencias, ese gran velo de oculta

"Verano y amor" de William Trevor

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Si es un día de sol invernal y rebuscas en cualquier librería  siempre puedes hallar algo. Es un ejercicio magnífico. Sales de trabajar y decides que hoy vas a husmear e el alma de cualquier escritor desconocido. Estás de buen humor, porque el sol brilla y porque hay claridad y la gente pasea por la calle como si no tuviera nada mejor que hacer. Recorrer despacio los pasillos, ver las estanterías, ajustarte las gafas para leer los lomos. Los ritos de la búsqueda. Una búsqueda que, a veces, tiene resultados y otras veces no los tiene. Una búsqueda interior. Te llama una portada, un título, un autor, una corazonada, un sentimiento, una intuición. No sabes descifrarlo. Quizá preguntes al dependiente o al librero si hay suerte y la persona que te atiende se merece este nombre. En todo caso, recorrer librerías es una forma de encontrar motivos para disfrutar. Me gusta hacerlo sola, porque, al fin y al cabo, los libros van a ser tu mejor compañía. Y nunca estás sola si tus manos acaric

Rojo, azul, amarillo, violeta

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(Vasili Kandinsky) Si desparramo amor, tú no lo notas Impasible al sonido de un corazón en llamas Te pierdes en la noche de los silencios claros De la firmeza oculta de tiempos que no existen. Si te recuerdo, amor, tú no lo sabes No entiendes el sentido de mi fatal bagaje No me oyes, no me miras, no estoy, no notas nada, Eres la oscuridad, la noche oscura y lenta. Amor, si un día te busco, inexorablemente Tendrás que abrir la puerta o abatirla de golpe Tendrás que acariciarme o despedirme entera Tendrás que amarme, amor, o moriré, sin duda. 

Austen enmudece

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El Parque del Prior en Bath ofrece una imagen singular con ese único cisne que pasea majestuoso su belleza (los cisnes son bellos mientras que los patos son feos) por el agua verde y sinuosa del lago. Así debió sentirse Jane Austen cuando, a los veinticinco años, su familia abandonó la tranquilidad hogareña de Stanton para marcharse a la ciudad-balneario, un centro turístico lleno de ambiente, de bailes, de chicas casaderas y de hombres deseosos de enamorarse o, al menos, de aparentarlo.  A esa edad había escrito tres libros, ninguno de los cuales se publicó hasta bastantes años después. Sin embargo, era un bagaje importante para una muchacha de esa edad. No tenía editor, pero su familia la apoyaba y existían esperanzas de que algún día todo eso cambiara y "Orgullo y Prejuicio", "Sentido y Sensibilidad" y "La abadía de Northanger" se convirtieran en objeto de lectura de miles de personas. Para eso habían sido escritas, porque Austen tenía una conc

Los dos errores de Elizabeth

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"Orgullo y Prejuicio" es la historia de un error. O mejor, de dos errores. Dos errores de juicio que la protagonista, Elizabeth Bennet, de cuya inteligencia y sentido moral no tenemos dudas, comete llevada por los prejuicios que la escasa atención que le dispensa el señor Darcy le han creado. El orgullo mueve a Darcy y los prejuicios a Elizabeth . Ambas cuestiones favorecen al tercero en cuestión, George Wickham , que durante un buen trecho de la obra saltará sobre piedras incendiadas sin quemarse, aprovechando la coyuntura emocional de los dos anteriores.  Probablemente sea esta la novela en la que más hombres agradables, jóvenes, guapos y fuertes aparecen: el señor Darcy , el prototipo del héroe austeniano, alto y extremadamente guapo, rico (como han de ser los jóvenes, dicen las chicas Bennet), pero, ay, orgulloso y poco condescendiente. El señor Bingley , agradable, de buen carácter, complaciente y divertido. Wickham , tan atractivo con su uniforme milit

¿Ocultación o transparencia?

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"Sense and Sensibility" (traducido de distintas formas como "Sentido y sensibilidad", "Sensatez y sentimientos" o "Razón y sensibilidad"), se publicó dieciséis años después de haberse escrito. Esto nos plantea algunas dudas acerca de las posibles modificaciones que el texto pudo sufrir en ese largo espacio de tiempo y también abre la puerta a la reflexión sobre la dificultad que Jane Austen tuvo para ver publicadas sus obras. Lo mismo ocurrió con "Orgullo y Prejuicio". Cuando la escribió tenía  veinte años y cuando la publicó, en 1813, treinta y siete. Hay una evidente diferencia de edades que nos hace pensar si Austen consideró erróneos algunos planteamientos que en un principio le parecían correctos y si los cambió o los dejó como estaban, para mantener así el espíritu inicial del libro.  En "Sense and Sensibility" la estructura fundamental de la novela presenta un debate entre dos formas de entender la vida, los se