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La carta



Una vez ella le escribió una carta. Era una carta breve y muy sentida. Le costó escribirla, escoger las palabras y hallar el tono exacto. Contaba cosas divertidas, cosas que le habían ocurrido y otras que había pensado y que no existían nada más que en su imaginación. En conjunto era una carta atractiva, una carta agradable de leer y que ella escribió con cuidado y detalle. Quería que resultara una carta amable, una carta que a él le gustara tener y conservar. 

Echó la carta al correo después de algunos días. Eso siempre le suponía una pesadez. Comprar el sobre, de tono azulado igual que el papel; buscar el sello en el estanco; escribir la dirección exacta, sin errores; dirigirse a la oficina de correos y lanzarla en manos de una empleada que la tomó sin consideración, sin darse cuenta de todo lo que ella había puesto en la misiva. No era una carta de amor, pero había sido escrita con esmero y atención. 

Días después de haber enviado la carta al correo ella se dio un paseo por la ciudad. No era muy grande así que era frecuente encontrarse con personas conocidas. En una cafetería del centro observó a una pareja que estaba sentada en el interior, pegada al escaparate. La pareja se reía y charlaba animadamente. Ella se ajustó sus gafas y lo reconoció. Era él y estaba con una guapa chica, los dos muy juntos, cómplices, como si entre ellos floreciera una especie de lazo que nadie conocía. 

A ella le llamó la atención sus cabezas juntas e inclinadas, ambos miraban algo a la vez, estaban absortos en la lectura de algo. Ella no pudo remediar su curiosidad entonces y se acercó, con cuidado al cristal. Era él, allí estaba.  No había problemas en que la reconociera, pues su relación era solo epistolar y  nunca la había visto, no sabía cómo era su aspecto, quién era. Atinó más en su mirada y entonces la vio. Vio su carta extendida sobre la mesa. El papel azulado y el sobre azul, su letra y unas pequeñas florecitas que había dibujado en una esquina. Leían su carta, la que ella escribió con esmero y cuidado, la carta que le había costado tanto escribir, y se reían. Se reían juntos y leían su carta. 

Sintió que una mano fría la aprisionaba. Sintió que el aire traspasaba la tarde. Que una profanación convertía su carta en un papel muerto y que las palabras que en ella había escrito se convertían en cenizas. No existían. Se borraron. No estaban. No había nada. La carta se convirtió en pavesas. Su corazón también. Esa especie de afecto que sonaba en la carta se apagó. Y así sigue. En silencio, sin voces y sin fuego.


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