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Catorce Nochebuenas

En la Nochebuena número catorce la calle refulgía de recados, prisas y sonidos especiales. Las mujeres eran las reinas de la fiesta. Tenían en su mano el control de las cacerolas y los guisos, y, por una vez en el año, ordenaban a sus maridos qué hacer. Ellos estaban poco duchos en las cosas domésticas y trataban de no estorbar demasiado. Con eso era suficiente. Era una calle larga y sinuosa, con varios tramos de casas blancas y de color albero. La casa de la esquina tenía un zócalo de piedra ostionera y unos enormes cierros a la calle, de hierro forjado, y una azotea vibrante, desde la que se veían el horizonte, las salinas, el océano entero. En la casa de la esquina, la niña vivía su Nochebuena número catorce y estaba muy contenta porque ese año, por fin, su madre había entendido que tenía que usar sujetador y eso la convertía en alguien diferente. Solo una cosa faltaba para que su transformación fuera completa, pero tenía la esperanza de que ocurriera. 

En la calle, el atardecer significaba el comienzo de los ritos. Las puertas de las casas se abrían de par en par para recibir las visitas de quienes acudían cantando y esperando pestiños, tortas de navidad y una copita de aguardiente. Las niñas estaban casi ajenas a ese trajín. Para ellas solo el amor ocupaba sus sueños, solo el deseo de que, en medio de los fastos, se produjera por fin el ansiado milagro, el milagro del beso. La niña de la casa de la esquina acompañó a su padre a encerrar el coche en el garaje. Siempre lo hacía. Revoloteaba en torno suyo, danzaba, bailaba y contaba todos los detalles del día atropelladamente. Se reía con la confianza de saber que aquel hombre atesoraba en su corazón todas esas conversaciones. Él nunca se enfadaba. Su mirada era tan tibia que podía entenderse con solo observarlo. Era callado, quieto, dulce, como un vino que se degusta despacio y que oliera muy bien. El olor de su padre lo llevaba la niña grabado dentro de su cabeza y podría reconocerlo entre miles de millones de billones de gentes del mundo entero. 

Había heredado de él la mirada. Una mirada oblicua, los ojos entornados al reírse, una especie de ronroneo suave que se expresaba cuando era feliz. Ella le contaba muchas cosas pero esa Nochebuena, la catorce, un secreto se alzó, por vez primera, entre los dos. Él nunca lo sabría. Félix era el secreto. Tenía dieciocho años, era rubio, con los ojos azules, hijo de una alemana y del dueño del cine de verano. Estudiaba en Madrid y ese anterior verano había pasado mucho tiempo aleteando en torno a la niña. Después, desde la distancia, se habían intercambiado muchas cartas. Ninguna hablaba de amor, solo contaba cosas. Pero la niña esperaba ansiosa la llegada del cartero, Salvador, y leía la carta ávidamente y luego contestaba de prisa. 

En esta Nochebuena, la oscuridad cayó sobre la calle como siempre. O quizá no. Porque las puertas abiertas dejaban ver las luces, el bullicio, el encuentro, los abrazos, las risas y las coplas. Coplas de navidad que a la niña la entristecían siempre. Oía la voz limpia de su padre entonando un villancico y siempre pensaba que, algún día, ese villancico le traería su ausencia. Por eso no quería escucharlo cantar y se tapaba los oídos, y se marchaba a la calle con algún pretexto. Su madre no entendía esta rareza. Pero él sí. Él sabía que ella se estaba preparando para echarlo de menos. Su voz, sus manos y esa manera exacta de decirle "mi niña, mi chiquilla" con una media sonrisa triste y llena de preocupación. Él siempre tenía miedo de que el mundo la engañara. Por eso ella le ocultó la historia de Félix y su esperanza de que el amor la arrasara por fin desde sus brazos. 

Fue en un momento. En la puerta de una de las casas, semidesierta en esas horas del esplendor nocturno, en ese portal vacío de presencias, Félix la besó. Tenía los labios húmedos y su rastro inexperto resbaló por su cuello. Ella cerró los ojos un momento, pero luego los abrió impaciente y contempló el milagro de su mirada, azul, azul y tierna, y sintió que una mano se posaba despacio sobre el sujetador y allí se detenía y entonces supo que una puerta entreabierta la había dejado inerme ante los sueños y que por siempre estaría indefensa ante los besos, las manos y los ojos dulces. 

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