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Mostrando entradas de diciembre, 2015

"Emma" de Jane Austen

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Siento una rara emoción al escribir este post. No en vano "Emma" me ha acompañado durante un año entero. Un año en el que han ocurrido muchas cosas, la mayoría de ellas buenas. He ido conociendo a Emma al mismo tiempo que me he ido reconociendo a mí misma. Los defectos de Emma son muy parecidos a los míos: su impaciencia, sus enfados, su susceptibilidad, su inseguridad ante la única persona que puede interesarle de verdad, su apego a la vida, su curiosidad incesante, su ironía (que la lleva a toparse con situaciones problemáticas, como a mí me suele pasar también). Claro que Emma es un personaje literario, una chica de veintiún años y yo no soy ni lo uno ni lo otro, pero creedme si os digo que me siento más cercana a ella que a la Bovary o a la Karenina o a Ana Ozores, con tanto drama encima, con tan poquísimo sentido del humor y tantísima tragedia. Ufff. Prefiero mil veces a Emma y sus meteduras de pata. Y su corazón limpio. Y su descubrimiento del amor en ese señor K

Historia de un narcisista: incapaz de amar

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Tenía en una de las estanterías cerradas con llave un librito pequeño que siempre pensé que era una novelita de amor. Su título es engañoso "Incapaz de amar". Estaba por ahí y nunca le había hecho el menor caso. Eso ocurre a veces con los libros. Llegan a ti no sabes cómo y se quedan por la casa, vagando, a veces quietos, otras veces de un sitio a otro. En este caso ese librillo estaba en la segunda fila de un estante, de esos que contienen libros que te interesan poco y por eso los pones en un lugar recóndito.  Mi manía de quitarle el polvo hasta a los libros que están en cristaleras, todos prácticamente, me ha llevado a descubrirlo ayer tarde y fijaros que lo he leído de un tirón, porque no es una novelita al uso sino un casi ensayo sobre un caso real en el que una mujer inteligente, elegante, culta y bien situada se enamora nada más y nada menos que de un individuo narcisista. Creí que los narcisistas no existían, que eran una invención de la psicología freudiana,

"La amiga estupenda" de Elena Ferrante

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Siempre he deseado tener una amiga del alma. Y no lo he conseguido, al menos hasta ahora. No culpo a nadie. Salvo a mí, que debí haber mostrado más dedicación en ello, más empeño y perseverancia. Pero he preferido navegar sola que detenerme o ir más despacio. Me ocurre como a Elizabeth Bennet, en esa escena en la mansión de Lady Catherine De Bourgh cuando está tocando el piano acompañada del coronel Fitzwilliam y se acerca Darcy a escucharla. Ella afronta su mirada con valentía (ah, la valentía de Lizzy, cuanto la envidio) y no se arredra ante la actitud de él. Reconoce, sencillamente, que si no toca mejor es porque no ha practicado lo suficiente y no porque tenga menos cualidades que otras personas. Lo que ella no sabe entonces y nosotros, los lectores, intuimos, es que Darcy considera que ella toca de fábula, porque, enamorado como está sin remedio, actúa como todos los hombres enamorados, ensalzando a su amada hasta el límite. Tal y como eres, diría Darcy si fuera Mark y aparec

Inocentes

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Creedme si os digo que, de todo el calendario navideño, el día que más me gustaba, y me sigue gustando, es el de hoy, 28 de diciembre, los Santos Inocentes. Es un día iconoclasta a más no poder, lo que casa muy bien con una persona como yo, a la que los ritos le caen siempre lejos, salvo los que tienen que ver con los buenos sentimientos. La historia bíblica me daba más o menos igual, no estaba ni estoy para historias más allá de la Revolución Francesa. Lo que me encandilaban eran las bromas, los sucedidos y las historias humorísticas que se tejían en mi calle ese día. Toda la familia participaba siempre en ellas y cuando digo toda, digo toda. Porque es una tradición que se remonta a siglos. Por parte de mi madre, desde luego, lo de mi padre es otra cosa, gente seria y sufridora al máximo.  Pero en la casa de mi madre las bromas llegaban al paroxismo. Ese encargo de tartas, ese encargo de pizzas, esas peluquerías en las que ocurrían cosas, esas llamadas telefónicas extrañas, e

Amor en 140 caracteres

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Él se llamaba Júpiter y tenía un pelo precioso. Se sentaba delante de ella en el instituto y siempre se quedaba admirada del incesante olor a buen champú que despedía su pelo. Era de un raro color castaño, como si un árbol hubiera florecido en otoño y se traspasara su color a todo el universo. Ella no se cansaba de mirarlo, a pesar de que solamente le veía la espalda, el nacimiento del cuello bajo la camisa y el pelo, ese pelo que se movía y se ondulaba cada vez que él se inclinaba a escribir o levantaba la mano para hacer una pregunta. Entre un millón de muchachos ella habría reconocido su pelo sin dudarlo, incluso sin verle la cara o sin oírle.  Las amigas se reían de su devoción por aquel chico que parecía tenerlo todo. Era guapo, listo, alto, delgado y simpático. Su sonrisa estallaba a cada momento. Verlo reír era la gloria. Cuando se sentaba en un banco del recreo siempre había a su alrededor diez o doce muchachas y algunos chicos, que oían sin pestañear sus comentarios ace

Extrañeza

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La calle estaba a rebosar de gente. Turistas, visitantes, vecinos, habitantes de la ciudad, todos se concitaban en esa zona del centro en la que los bares, los restaurantes, los museos y las tiendas competían para atraerlos. Había muchas familias, gente con niños pequeños que se plegaban a sus deseos, que iban cargados de globos, porque salían de visitar los Belenes. Había también parejas, que susurraban promesas que nunca iban a cumplir. Había ancianos que se sentaban a descansar en uno de los bancos de madera que estaban delante del ayuntamiento, en la plaza atestada de casetas que vendían artesanía muy cara.  Para llegar hasta allí había que cruzar puentes. Los puentes, la seña de identidad de la ciudad, también estaban a punto de hundirse, superpoblados, cubiertos de cámaras de fotos que querían inmortalizar el movimiento del agua, el rielar del sol sobre la superficie, el paso de los barcos y de los remeros sudorosos. Toda la plata del agua se convertía en fuego a esa hora

"Un regalo que no esperabas" de Daniel Glattauer

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Hace algún tiempo leí dos deliciosas novelas de este autor, la segunda continuación de la primera. Se trataba de "Contra el viento del norte" y "Cada siete olas". Narraba con ingenio y con gracia un romance por mail. El correo electrónico era en esos momentos (hace muy pocos años) el medio más moderno y subversivo de comunicarse. Tom Hanks y Meg Ryan habían ya decidido usarlo también y el sonido del mensaje al cruzar el espacio sideral y llegar a tu ordenador, era la antesala de una noticia agradable. "Tienes un email" fue la frase gloriosa.  Así que Daniel Glattauer entendió que el misterio y la inmediatez eran las claves de esa forma de contacto y lo usó en sus dos novelas. El resultado fue agradable, sencillo pero muy eficaz. Unas novelas que se leen con entrega y, como diría Corín Tellado al hablar de los hombres de sus libros, "con fruición". Por cierto "expeler" y "fruición" son dos términos eminentemente tellades

Lo peor es el silencio

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(Thérèse on a Bench Seat, 1939. Balthus) Había intentado decírselo muchas veces. Sobre todo, en los días largos del invierno cuando, al extinguirse su voz al otro lado del teléfono, ella sentía que el mundo acababa. También en los amaneceres del verano, recién levantada, todavía entre brumas. Entonces se acomodaba en su lugar favorito de la casa y comenzaba a escribir una carta que se presumía larga, pero que quedaba en nada. No era capaz de contarle la verdad. Eso le producía una zozobra inevitable. Se sentía presa. El silencio no era su modo de vida, no era su lugar, ni su acomodo y por eso quería liberarse de esa sensación de que ocultaba algo. A él no. A él no quería ocultarle nada más que lo necesario. Nada más que las sombras del pasado. Nada más que el miedo a que todo terminara. Nada más que la preocupación por las cosas cotidianas que ensombrecían su relación. En lugar de eso, cultivaba un gran secreto. Y todos los días se decía a sí misma que ese sería el momento en

Catorce Nochebuenas

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En la Nochebuena número catorce la calle refulgía de recados, prisas y sonidos especiales. Las mujeres eran las reinas de la fiesta. Tenían en su mano el control de las cacerolas y los guisos, y, por una vez en el año, ordenaban a sus maridos qué hacer. Ellos estaban poco duchos en las cosas domésticas y trataban de no estorbar demasiado. Con eso era suficiente. Era una calle larga y sinuosa, con varios tramos de casas blancas y de color albero. La casa de la esquina tenía un zócalo de piedra ostionera y unos enormes cierros a la calle, de hierro forjado, y una azotea vibrante, desde la que se veían el horizonte, las salinas, el océano entero. En la casa de la esquina, la niña vivía su Nochebuena número catorce y estaba muy contenta porque ese año, por fin, su madre había entendido que tenía que usar sujetador y eso la convertía en alguien diferente. Solo una cosa faltaba para que su transformación fuera completa, pero tenía la esperanza de que ocurriera.  En la calle, el atarde

En la playa

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(Imagen. Marta Moro) Estamos en la playa. Abrazados. Te siento. Miles de escalofríos me recorren ahora. Noto cómo respiras. Aspiro tu aliento. Te encuentro entre mis manos. Te beso. Me desnudas. El coche está parado en cualquier sitio. Somos una pareja entre otras muchas. Nadie sabe qué nombres, ni en qué días, ni por qué circunstancias, estamos hoy aquí, acunados en una sombra oscura que parece acabarse demasiado deprisa. Hay eclipse de luna. La arena se mete entre mis pies. La arena me acaricia igual que hacen tus manos. Tus ojos me acarician. Me encuentro tan feliz que podría desear que esto fuera la vida y se acabara ahora. 

La carta

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Una vez ella le escribió una carta. Era una carta breve y muy sentida. Le costó escribirla, escoger las palabras y hallar el tono exacto. Contaba cosas divertidas, cosas que le habían ocurrido y otras que había pensado y que no existían nada más que en su imaginación. En conjunto era una carta atractiva, una carta agradable de leer y que ella escribió con cuidado y detalle. Quería que resultara una carta amable, una carta que a él le gustara tener y conservar.  Echó la carta al correo después de algunos días. Eso siempre le suponía una pesadez. Comprar el sobre, de tono azulado igual que el papel; buscar el sello en el estanco; escribir la dirección exacta, sin errores; dirigirse a la oficina de correos y lanzarla en manos de una empleada que la tomó sin consideración, sin darse cuenta de todo lo que ella había puesto en la misiva. No era una carta de amor, pero había sido escrita con esmero y atención.  Días después de haber enviado la carta al correo ella se dio un paseo

"Quemar los días" de James Salter

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James Salter (Nueva York 1925-2015) escribió este único libro de Memorias que se publicó en 1972, cuando contaba 72 años. Su prestigio entre los grandes escritores norteamericanos contemporáneos se basa en un número exiguo de obras pero, de tal envergadura, que está plenamente justificado. Si has leído a Salter no lo olvidas. Su estilo es reconocible, sus temas también y su estructura literaria, única. Quizá lo que más atrae a los lectores es su prosa depurada, cuidadísima, acertada y precisa. Una palabra para cada idea y para cada concepto. Y, cuando la palabra no es suficiente, entonces aparece el silencio, tan elocuente como ella. Silencios y palabras forman un universo particular al que podemos acceder con la lectura de algunos de sus libros. Recuerdo la impresión que me causó leer "Juego y distracción" su tercera novela, de 1967. Algunas de sus descripciones, en particular un viaje por el territorio francés, quedan en mi memoria como testimonios únicos de las sensac

"El último navío" de Antonio Luis Baena

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Recibo de las manos de Violeta, su viuda, el libro póstumo de poemas del poeta de Arcos Antonio Luis Baena, de título "El último navío". Es un libro pequeñito, sencillo, breve, en el que condensa el autor sus sentimientos más hondos, con una especial incidencia en el tema de la muerte, el fin de los días, el crepúsculo de la existencia. En la poesía de Baena estos son temas cenitales, cuestiones latentes, pensamientos que vuelven una y otra vez a surgir. Desde que tuve la suerte de conocerlo, allá por los años de mi vida universitaria, siempre he tenido noticia puntual de su obra. Sus libros de poesía han sido como testigos claros de su devenir, de su propia vida. Antonio Luis Baena es un poeta hondo, una clase de escritor de interiores que saca de sí mismo una experiencia vital y la transforma en literatura. En su pluma, las palabras son barro que se modelan a fuerza de corazón, a golpes de sentimiento. Pero sin exageraciones, ni exhibiciones vanas. De un modo contenido

Feliz Navidad

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¿Qué tengo yo que mi amistad procuras? ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío, que a mi puerta cubierto de rocío pasas las noches del invierno oscuras? ¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras, pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío, si de mi ingratitud el hielo frío secó las llagas de tus plantas puras! ¡Cuántas veces el Ángel me decía: «Alma, asómate agora a la ventana, verás con cuánto amor llamar porfía»! ¡Y cuántas, hermosura soberana, «Mañana le abriremos», respondía, para lo mismo responder mañana! (Lope de Vega) Con este hermosísimo soneto de Lope de Vega  y mi "Belén de las Rosas" quiero desear Feliz Navidad a todos los que tenéis la generosidad de leer este blog.

"Noches sin dormir" de Elvira Lindo

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Ya lo he escrito alguna vez. Sigo a Elvira Lindo desde sus "Manolitos". Me gustan esos libros. La forma en la que cuenta las cosas, las peripecias de Manolito, su hermano, su mamá, su padre y el abuelo. La llegada de la hermanita. Las historias del colegio y de los amigos del barrio. También he leído el resto de libros de Elvira, cuyos títulos ahora no podría recordar, pero que están por ahí. Así que me lancé a comprar, incluso antes de que saliera porque tuve que encargarlo, su libro de memorias o de sucedidos en Nueva York, este "Noches sin dormir" que tengo aquí al lado.  Ay. No querría escribir esto pero, para empezar, el libro es feo. Una portada fea hecha por el hijo de la escritora, Miguel Sánchez Lindo. Quizá sea un diseñador muy bueno, pero aquí no se ha lucido nada. Un libro feo siempre queda peor que uno bonito. Parece una edición barata de una imprenta escolar, hecha con rudimentos y diseñada por un chaval de la ESO. Y el papel ecológico será es

Siempre es con otra, amor, nunca conmigo

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Esas tardes de compras por el centro, en el acicalado tiempo que prepara la dicha, recorriendo las tiendas de la mano, sonriendo quizá y deteniéndose allí, en un escaparate. Él dirá entonces, quieres esto y ella, la mujer de ese momento, contestará que sí, que le gusta, que le encanta esa joya o ese foular o ese vestido azul. Y reirán en el probador. Y se besarán en la puerta de la tienda.  Esas noches de viernes con la cena dispuesta en un buen restaurante. Un lugar de banquetas altas, de pequeños trozos de comida en platos grandes. Esas horas que anteceden la madrugada en la que él la mira y ella, la mujer de esa noche, se ríe con suficiencia. Es suyo. Y luego, en la hora de las copas, brindarán con gin tónic en copa de balón. Y se besarán a la salida de un local en el que debería haber humo, si las cosas fueran como deben.  Esos domingos al mediodía en los que el almuerzo se convierte en una fiesta. Un almuerzo preparado, presentido, agasajado, lleno de matices. Un almu

Ella

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Había una canción. Ella no dice nada sólo cosía y a veces hasta vuela de distraída. La escuchaba muchas veces, en esa casa de la infancia ahora inexistente. La escuchaba cuando estaba sola y la cantaba para sí. Un canto de silencio más que nada.  La canción continuaba. Ella no dice nada, pero se entiende, porque se pasa el día teje que teje. Era una canción de anuncio, de bienvenida, de buena nueva. La maternidad no era algo que entonces le preocupara, todo lo contrario. Nunca se planteó que fuera importante tener hijos. Lo que ansiaba era un amor, o el amor con mayúsculas.  Ella conserva algunas fotos de ese tiempo, unos años de plenitud física a la que ni siquiera hizo caso, de la que no fue consciente. Parecía entonces que el tiempo siempre sería benévolo con ella.  De manera que pasaron esos años sin que decayera el deseo de una vida diferente. Una vida en la que los significados se construyeran a golpe de latido. Latidos imperfectos, pero llenos de esa vitalidad que