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Una librería en el sur de Francia


Las manos de Marie Dubois ordenan con ternura los libros apilados sobre las mesas de dorada madera. Antes, los ha ido sacando con el mismo cuidado, con mimo incluso, de unas cajas de cartón fuerte que están situadas frente a la puerta. Le ha costado mucho esfuerzo llevarlas allí. Han tenido que prestarle ayuda algunos vecinos, gente mayor, la que continúa viviendo en esas casas empinadas del pueblecito de la Provenza que, desde hace unas pocas semanas, es su nuevo hogar. 

Marie Dubois no ha conocido otro hogar, antes de ahora, que los libros. Su vida de niñez ha sido fría, gélida, desdibujada y llena de inconvenientes. El principal de ellos la orfandad. La muerte de sus padres, casi a continuación uno del otro, abrió una espita en su corazón que nunca se ha cerrado. Ni sus tíos, ni sus primos, lograron nunca caldear ese frío interior, esa desazón que le produce el silencio de una casa en ruinas y vacía. Así que decidió marcharse, largarse dijo ella. Irse lejos, lo más lejos posible de esa bruma del norte y aterrizar aquí, al cálido sol del sur más distanciado de lo que fue su vida antes de ahora. 

El pueblo es muy coqueto. Unas pocas calles estiradas junto a un campo de estrellas que, antes de verlo ella, ya estaba dibujado en mil papeles. Las casas se sitúan en cualquier sitio, aprovechando esquinas y oquedades. Las paredes de piedra acogen hornacinas y en ellas flores secas de cualquier estación. No hay invierno sino soleado otoño que dura más meses de la cuenta. Aquí siente Marie que ha llegado al final de un camino, hecho al trote en ocasiones y otras veces con una lentitud exasperante. Tiene los años suficientes como para desear permanecer aquí y demasiado pocos para pensar que esto es un castigo. A Marie le sueña el corazón cada vez que piensa en el futuro. Porque algo espera, aunque ella no lo sabe. 

Con la ayuda económica de sus tíos y algunos ahorros de la herencia, pequeña, de sus padres, Marie ha buscado un local. Es un espacio cuadrado y cálido, con dos ventanas a la calle y una escalera casi oculta que sube arriba, a un pequeño apartamento en el que ha instalado un baño, una cocina y un salón-dormitorio de regular tamaño. Ahora ella no piensa sino en convertir ese local en un sitio vivo, un lugar al que acudan las parejas, los niños y los padres, los viejos, la gente del pueblo y de los campos de alrededor, a buscar libros. De eso es de lo único que Marie entiende, de libros, de palabras y de historias. Así, poco a poco, día tras día, construye entre esos muros un paraíso encendido en el que las palabras son el reino y las historias el trasunto de una verdad austera pero firme. 

La librería permanecerá abierta todo el día, salvo la hora escasa en la que Marie se sienta en su cocina a prepararse un bocadillo con un vaso de leche o un café si esa noche anterior ha dormido demasiado poco. Las horas de la noche son más largas y entonces la soledad llama a la puerta con insistencia y le dice a Marie que está ahí, que la reconozca, que es ella, que no quiere pasar de largo sin desearle buenas noches. Pero Marie es tozuda y ha decidido no abrir la puerta a nada que no le traiga gozo. 

Los libros están a punto de cubrir las estanterías de blanca madera que Marie ha instalado pegadas a la pared. Son libros variados, con pastas de colores, clásicos, libros nuevos, poesía, cuentos, novelas, un poco de todo, un batiburrillo alegre y festivo que danza ante los ojos de Marie como una promesa que se descubriera en medio de un naufragio. Los libros han sido su hogar y ahora serán también su medio de vida. Ella cuidará para que cada cliente encuentre lo que busca, para que aquellos que traspasen el umbral de su librería salgan con un libro en la mano. 

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