Ir al contenido principal

Una historia no escrita


"La noche en la que murió mi marido no derramé ni una sola lágrima. Recibí la noticia como si fuera algo ajeno. Me apoyé en la pared del pasillo, en ese hospital en el que llevábamos unos días esperando el desenlace, y cerré los ojos. Los apreté fuertemente. Quería llorar, llamé a las lágrimas, las convoqué y fue inútil. No llegaron, ni esa noche ni la siguiente, ni en los días que pasaron a continuación. La culpa fue de los dos años anteriores, pensé entonces, dos años en los que había llorado tanto que mi capacidad de sufrir se congeló, se convirtió en un trozo de hielo que suplantó a mi corazón. Mi corazón se marchó a otra galaxia, a un lugar recóndito y lejano donde no pudiera enterarse de lo que estaba pasando."

Este podría ser el comienzo de una historia. Si la escribiría, los recuerdos ocuparían su sitio exacto, todo encajaría en un lugar inamovible y el corazón no tendría esos vaivenes que tanto daño hacen. Cada vez que la vida abre una puerta o la cierra, los recuerdos se agolpan y no dejan que el mundo gire como debe. Son una losa que hay que conjurar para poder seguir. Un espacio interrumpido que tiene que encontrar su lugar entre los pensamientos, la memoria y el recuerdo. 

Si esta historia se escribiera algún día, entendería muchas cosas. O, quizá, dejaría de explicar otras y de preguntar algunas. Si se escribiera, entonces la puerta se sujetaría al suelo, se anclaría, con uno de esos graciosos artilugios que tenemos en casa. 

Pero las palabras no obedecen los deseos, son autónomas. Ellas bullen solas, surgen o no surgen. Y, aunque las convoques, aunque las llames, algo dentro de ti te dice que no es posible, que no están dispuestas a salir. Seguramente las palabras saben mejor que tú cuándo el dolor te nubla el conocimiento.

Si lo único que tienes son palabras sabes que, si las guardas, algo dentro de ti está roto. Si las guardas, si no brotan, si las escondes, si se marchan, sabes que tú misma estás al borde del silencio. El silencio, que reconforta en la dicha, es un terrible compañero en la desgracia. Callar lo que sufres, sufrir lo que sientes, sentir que callas porque no encuentras las palabras. Si encontrara el surtidor que guarda la clave de esta historia, podría empezar a construir el puzzle del dolor y así no se agazaparía en un lado del costado, en el corazón, en la cabeza, para resurgir cada cierto tiempo, cada vez que la vida te pone delante el espejo de la soledad no querida.

Durante muchos años la vida cotidiana me apartó de escribir. No tenía nada que decir y sí mucho que ocultar. Después, el dolor se aposentó de tal manera que tampoco podía relatarse, porque es imposible captar el significado del sufrimiento inmenso. Y ahora, que quizá es el tiempo de que la palabra reverbere y se convierta en una certeza inapelable, ahora siguen sin querer aparecer, se marchan, se esconden, se trasmutan en otras que no quiero escuchar.

Oh, la palabra, qué raro misterio, qué perfumado olor tan desvaído, qué evanescentes formas, qué suplicio cuando se marchan o no vienen...Quisiera descansar en el sonido de las voces que amo...Pero antes, la palabra, la palabra tan solo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

"Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante"

(Aibileen Clark con la niña a la que cuida, Mae Mobley Leefolt en Criadas y señoras, 2011) Una frase puede valer tanto como un tratado. La mayoría de los que escriben darían oro por una buena frase. Las frases son como las ideas: lo más difícil de hallar, lo más fácil de plagiar y lo más duradero. Una buena frase representa un logro para el que la escribe o pronuncia. Detrás de una buena frase siempre hay una idea valiosa. Y, además, una buena frase te hace pensar en cuestiones que merecen la pena.  La película Criadas y señoras (The Help, 2011, de Tate Taylor) incluye esta frase en boca de la criada negra de la niñita blanca: "Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante" . La criada negra no ha estudiado psicología pero ha criado ella sola a diecisiete niños. Todos ajenos. Todos blancos. Resulta incongruente cómo en esta película ( y supongo que también en la realidad que retrata) las mujeres blancas dejan a sus preciosos hijos blancos en manos de criadas

"El placer de vivir sola" de Marjorie Hillis

Para quienes piensen que este es un libro más de esos de autoayuda que nos tienen cercados hace tiempo basta fijarse en el año de su publicación original, 1936. Marjorie Hillis (1889-1971) es una pionera en todos los sentidos. Su trabajo en la revista Vogue la puso en contacto con mujeres que, como ella, llevaban las riendas de su vida. La publicación del libro obtuvo un enorme éxito. Es verdad que ella terminó saliendo del círculo de solteras independientes a las que iba dedicado: se casó en 1939. Pero eso no significa nada, salvo que esperó a casarse el momento en que encontró al hombre adecuado. Este resultó ser Thomas Henry Roulston, viudo y propietario de algunas tiendas en Brooklyn. El matrimonio duró diez años pues su marido murió en 1949.  Hillis, que llegó a ser editora asistente de Vogue, era hija de un pastor congregacional y estudió en un colegio para señoritas en New Jersey. Después del éxito de este libro escribió otro dedicado a los negocios que podía emprend

Hombres solos, hombres solitarios

Presumes que eres la ciencia y yo no lo entiendo así porque siendo tú la ciencia no me has comprendido a mí. (Soleares. Juanito Mojama) ✿✿ En los tiempos del Oeste americano, que tanta literatura ha creado y, sobre todo, tanto cine, los hombres cargaban sobre sus hombres el peso de la valentía. Ser cobarde era un oprobio. Ningún cobarde podía sacar adelante a su familia, ni mantener sus tierras, ni vivir con dignidad. Pareciera que la valentía era la moneda de curso legal. Y, sin embargo, el cine nos cuenta que los valientes o los dignos eran la excepción. Más bien hombres solos, a veces también solitarios, que, llegada la hora de la verdad, se encontraban en la más estricta y descarnada soledad. Los guionistas de los westerns eran, como se ve, grandes conocedores de la naturaleza humana, bastante más que la propia señorita Marple que decía siempre, comparando a la gente que conocía con la de su pueblo natal Saint Mary Mead, que "es la misma en todas partes