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La belleza


(Detalle de El Nacimiento de Venus. Sandro Botticelli) 

Simonetta Vespucci fue una de las mujeres más hermosas de su tiempo. Y de tiempos posteriores. Su belleza renacentista inunda los cuadros de Botticelli. La posteridad ha consagrado sus ojos de almendra, su pelo rubio y ensortijado, su boca perfecta, su mirada lánguida, sus gestos silenciosos...

Se cree que nació en Génova y su padre era, en efecto, un noble genovés. Con solo dieciséis años se casó con Marco Vespucci del que tomó su apellido. La belleza de Simonetta atrajo a todos los artistas de la época, que la interpretaron en sus obras de muchas formas distintas, dando su rostro a los personajes de sus cuadros. Distintos estilos, formas diversas, texturas, vestidos, luces, pero un mismo rostro, el rostro aterciopelado de Simonetta, los rasgos de esta mujer joven que los atrajo a todos. Los hermanos Ghirlandaio, Piero di Cosimo y Botticelli fueron los que más la pintaron, pero, desde luego, este último, Botticelli, no solamente la plasmó en su obra sino que la conservó en su corazón incluso después de su temprana muerte, a los veintitrés años. Treinta y cuatro años después, cuando el pintor murió, fue enterrado a los pies de la tumba de su amada Simonetta. 

El canon de belleza ha cambiado a lo largo de los siglos. Esto puede observarse con claridad en la Historia del Arte. Y, seguramente, es el Arte el que refleja lo que ocurría en la realidad, aunque la idealización estaba presente en los cuadros. Hasta que no llega la fotografía, fiel plasmación de lo que existe, solamente la pintura y las descripciones literarias dan fe de los atributos que forman la belleza femenina, ese ideal que han perseguido poetas y artistas en general. 

Alguien, cuyo universo está formado esencialmente por la escritura, me dijo una vez: "Daría todas las palabras que he escrito en el pasado, las de ahora y las que escribiré en el futuro, por convertirme un solo día en la hermosa mujer que logre una mirada de deseo por parte del hombre al que amo". 


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