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El don de la palabra


¿Existe el don de la palabra? ¿Alguna vez lo poseí? ¿Fue mío?

Hubo un tiempo en el que escribir era una manera de estar en el mundo, de sentirte que, en algún lugar, tenías un sitio. Una forma de entender algunas cosas, no muchas, solamente las justas, las necesarias para seguir viviendo. En ese tiempo las manos se movían al compás de la mente y dibujaban historias, a veces versos, en otras ocasiones relatos, invenciones, no sé, cosas, incluso cartas llenas de recuerdos antiguos y esbozos de la vida, muchos sueños. 

En ese tiempo, las libretas se llenaban de pequeños textos, de frases sueltas, de ideas, de pensamientos. No estaban, como ahora, surcadas por un reguero de lágrimas absurdas que a nadie le interesan. No estaban como ahora, cerradas, prestamente guardadas, ocultas, sin tiempo para ser lo que ellas quieren, el baúl en el que duermen los fragmentos de vida que creaste.

Hubo un tiempo en que tuve palabras en mis manos...Pero ahora, como si todas ellas hubieran sido tocadas por la varita mágica de un mago que no quiere que las saque a paseo, ahora se han marchado, han emigrado sabe Dios adónde, se han vuelto oscuras, pétreas, están perdidas, olvidadas, fuera de mí, tan lejos. No tengo su sonido, ni sus ecos, no las tengo, ni las toco, ni sé cómo se llaman, ni entiendo por qué existen, ni sirven, ni las veo, ni las miro, ni las amo.

Las palabras se han ido. Justo en los días de otoño en que más falta hacen. Se han ido y sé muy bien por qué. No me engaño. Es un dibujo exacto. Solamente un conjuro podría hacer que volvieran, eso también lo sé. Y es un conjuro que no está hecho de ungüentos ni de pócimas. Es un conjuro que está lleno de abrazos. De abrazos hondos, más allá de la pena. De abrazos verdaderos, más allá del silencio. De abrazos que no están ni esperárseles puede. No me abrazas, no eres, no te tengo, no soy. 

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