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Mostrando entradas de septiembre, 2015

Una nueva sentimentalidad

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Si puedes, lee esta entrada de mi blog escuchando a Luis Eduardo Aute cantar "Queda la música". Porque es así como la estoy escribiendo. Es una tarde-noche de tormenta. El aire viene cargado del ruido de los truenos y la luz de los relámpagos. En mi corazón late esa sensación ya conocida que va del sentimiento al desengaño, de la luz a la sombra. Es así como siento hace ya mucho tiempo, demasiado, o quizá es un instante, un instante tan solo. Veamos.  Una nueva sentimentalidad emerge en las obras de Jane Austen. Y es tan moderno lo que hace, tan nuevo y distinto, que yo no diría que hoy la hemos superado. Quizá se han añadido pasajes de momentos eróticos, sin mucha suerte desde luego. Pero el sentimiento, el verdadero sentimiento, ese continúa incólume, grabado perfectamente en las palabras de sus libros. Ah, Jane, qué poco pensaba que sería una maestra en el arte de entenderse y entendernos.  La declaración de amor que hace el señor Knitghley a Emma es un modelo:

La emoción desnuda

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Si Jane Austen no hubiera muerto a la temprana edad de 41 años ¿qué hubiera ocurrido con su vida? ¿qué con su literatura?. Resulta un ejercicio especulativo, casi de ciencia-ficción, pero es atractivo pensarlo. Sobre todo para las personas como yo, que tenemos una relación de fraternidad creativa con ella. Habida cuenta de lo que consiguió con sus cinco grandes novelas...¿qué logros podría haber añadido en su madurez? Aunque hay autores cuyos mejores libros se escriben al principio de su carrera, lo más seguro, en su caso, si tenemos en cuenta la evolución que experimentó, es que grandes frutos literarios, novelas espléndidas, se hayan perdido por su muerte prematura.  Quizá sus logros no han sido suficientemente ponderados. Detrás de una trivialidad aparente, que no es sino una estrategia narrativa intencionada, emergen sus profundidades. La fantasía, la imaginación, la intuición, la inteligencia, la sospecha, el misterio, el enmascaramiento, el sentido, el entendimiento. E

Me pesa tanto el corazón...

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Opción 1: Amor mío. Perdóname por escribir estas palabras. No creí que fuera capaz de hacerlo. Sé que te extrañará leerlas, que no las esperas y que querrás que no hayan sido escritas. Pero me pesa tanto el corazón que tengo que aligerarlo y decirte que, a pesar de que lo he intentado, no he podido dejar de amarte nunca.  Opción 2: Querida....Lo he intentado, créeme. He buscado la forma de quererte a mi manera. Pero no existe o yo no la he hallado. Y por eso, porque no puedo responder a tu sentimiento, hoy te escribo que me marcho, que no volveré y que me pesa tanto el corazón que debo separarme de ti para siempre.  Opción 3: Escríbela tú mismo, tú misma. Es tu vida.  (Imagen de Jack Vettriano)

Nunca contigo

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Has llenado la bañera casi hasta el borde. El agua está muy caliente. Lo necesitas. Has colgado el teléfono y le has quitado el sonido. No quieres oír su voz, total va a mentirte. Has encendido un cigarrillo que no vas a fumarte. Por enésima vez has decidido dejar de fumar. Aunque dentro de poco volverás a las andadas. Has llenado una copa de cava y te has sumergido en el agua, con el pelo suelto, sin desmaquillarte, con los labios rojos y las uñas pintadas.  Estás pensando. Tu instinto te dice que te ha utilizado. Que toda esa parafernalia que a ti te ha llegado al corazón es pura dinamita, pensada únicamente para lograr un objetivo. Y el objetivo no eres tú, no es nada tuyo. Eres un instrumento nada más. No quiere poseerte. No quiere tu cuerpo, ni tu alma. No quiere tus ojos, ni tu boca. No quiere tus manos ni tu piel. No quiere nada tuyo. Eres un instrumento, como tantos otros.  Has sentido un dolor indefinido clavado justo en un costado, a un lado de la espalda. Como si

Si te regalan rosas

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Si te regalan rosas que no sea por agradecimiento. Que no sea para decirte que eres buena persona, para recordarte que fuiste generosa en un momento. Si te regalan rosas, que no signifiquen que tienen pena de observar tu mirada asustada, que se compadecen de tu cuerpo desnudo de abrazos, que tienen consideración por tus amargas lágrimas. Si te regalan rosas que no sea porque hiciste algún favor, porque te asomaste el abismo solo por alguien, porque guardaste tu corazón debajo de un zapato. Si te regalan rosas, que no sea por rutina. Que no sean por un día señalado. Que no sean por costumbre. Que no sean por obligación. Si te regalan rosas que no sean para expresar que tienen miedo de perderte, que no sean para retenerte si no quieres estar, que no sean para evitar que compartas tus sueños. Si te regalan rosas, que no sean por orgullo, que no sean por desidia, que no sean por desdén, que no sean por costumbre, que no sean porque quieren engañarte con un perfume inexistente. 

Y llegarás a casa

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Es igual, qué más da. Tómate todo el tiempo del mundo. Está ahí, lo tienes a tu lado. En torno tuyo. No hay nada que interrumpa esa secuencia de horas y de minutos en la que estarás sola. Nadie te llamará. Nadie dirá que tienes un color tan hermoso de piel que brilla cuando el sol se asoma a tu ventana. Nadie te besará la comisura de los labios y aspirará tu olor. Nadie venderá ante ti su belleza para que tú la sorbas a tragos largos. Nadie te espera. Y llegarás a casa a tiempo de todo. Lo que tienes que hacer no tiene horario. Llegarás y allí te sentarás tan sola como antes. Tan perdida que no sabrás si estás dentro o estás fuera. Porque no hay ningún sitio en el que olvides. Porque no hay ningún hueco en el que puedas esconderte, aunque quisieras. Y llegarás a casa y allí te esperarán los recuerdos de un tiempo que escribiste con letras que no existen. Y llegarás a casa y tocarás tu cuerpo sin reconocer apenas que fuiste una flor que se abrió en otras manos.  (Imagen de Jack V

Cada día

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Como si Bridget Jones cruzara una ciudad plagada de asfalto, con aguas que apenas crean surtidores, sin tiempo para la esperanza ni huella de otros hombres que antes la vivieron, la vemos caminar cada día con ese gesto único de no saber si quiere estar allí o lanzarse a una aventura incierta. Su vestido impecable, la espalda recta, el bolso al hombro como si no pesara, el sombrero que quiere cubrir parte del rostro, un rictus en la boca, un gesto de las manos.... Todo parece estar medido en ella, a modo de cuadrícula, una línea trazada a escuadra y cartabón, una estructura anclada en el espacio, una obra arquitectónica, aunque efímera. La vemos avanzar sin preguntas. Seguro que tampoco hay respuestas. Es el silencio pleno y absoluto. Una imagen que no quiere decirnos las cosas que ha guardado tan dentro desde siempre.  (Imagen de Jack Vettriano)

Siente la música

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Sonaba la canción. Sus notas parecían de papel. Tenían sonidos que arañaban el corazón. Decían palabras prohibidas. Frases que ella nunca podría pronunciar. Frases que se ocultaban detrás de la pantalla de las cosas cotidianas. Ella sabía que solo había una forma de explicar aquello sin sentirse descubierta. Las canciones. Por eso escogía canciones con letras de amor y envidiaba a los cantantes, porque pronunciaban "te quiero", la frase mágica, con naturalidad. Ella quería decirle cuánto lo quería, decirle cuánto lo echaba de menos, cuánta necesidad tenía de oír su voz. Quería contarle que lo quería más que a sus ojos, más que a su vida, más que al aire que respiraba. Pero no podía hacerlo. Él había decidido, por los dos, que el castigo a su amor inmenso sería la ausencia. Y así se hizo.  (Imagen de Jack Vettriano) 

Ella está sola

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Mira sin ver a través de los visillos de blanco tul, con un pequeño frunce que los hace más ligeros y flexibles. Es una amplia ventana. Un ventana blanca, como blanco es el alféizar y como blanca es la pared. Y blanca, limpiamente blanca, la suave tela que cubre el asiento en el que ella descansa. Estática, quieta, la mirada fija en un punto inexistente. No observa lo que ocurre, recuerda lo que siente. Mira hacia dentro. Hacia un punto de su corazón que ahora mismo sangra. Una punzante herida que se ha abierto cuando menos lo esperaba. Una herida que se infringe sin querer, quizá, pero con saña. Su corazón sangra y sus manos sostienen, indiferentes, una taza de café que nadie beberá. Lo espera. Lleva esperando muchas horas, años quizá. Lo espera, pero sabe que nunca llegará. Que una tela de araña, espesa y persistente, nublará su conciencia y lo alejará de este lugar del mundo en el que ella se sienta, paciente, a esperarlo. Cruza las piernas enfundadas en sus medias negras, sus p

George Eliot, una mujer sin límites

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Mary Ann Evans había nacido en las Midlands, esa zona del Reino Unido de la que habla en sus libros D. H. Lawrence, el escritor que descubrí con pocos años y del que aprendí algunas cosas imposibles de explicar.  Allí, en South Farm, Arbury, condado de Warwick, en una familia de la clase media rural y de fuertes convicciones evangélicas, nació y se crió esta escritora que, tras pasar por un colegio de primera enseñanza, estuvo en un internado hasta que, a los diecisiete años tuvo que volver a su casa por la muerte de su madre.  Ese era el destino que la esperaba. Cuidar de casa, hacienda y de su padre. Pero, de forma autodidacta, Mary Ann estudió griego, latín, alemán, italiano y adquirió una formación inaudita para una mujer de su tiempo. Y para un hombre, añado. Y para cualquier persona de cualquier época, me parece.  Tras viajar por Europa durante dos años se dedicó a realizar reseñas de libros en la revista "Westminster Review", hasta que, en el año 1856 publ

Otoño

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(Su padre le había dicho: en el tiempo de las horas difíciles recuerda que un día alguien te amó más que a su vida) Si mis días tienen colores, las estaciones llevan sentimientos. En los tiempos dorados de la infancia cada una de ellas traía consigo ritos, personas, sorpresas y deseos. Los deseos, insatisfechos como han de ser para que sigan existiendo, aparecían en los escaparates o directamente ocultos en un rincón inaccesible del corazón. Vestidos, zapatos, bolsos, medias....libros, plumas, cuadernos, mapas....alguien que, con solo mirarlo, el pulso se aceleraba. El otoño era la estación de los deseos. El verano, la de las sorpresas. La primavera, la de las personas y el invierno la de los ritos.  En verano llegaban aquellos que se habían marchado a estudiar fuera y traían novedades, experiencias que los nativos no podíamos imaginar y recuerdos de fiestas plagadas de emociones fuertes. También aparecían los familiares, esas primas, tías y parientes lejanos que recordaba

"Mansfield Park" de Jane Austen

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Fue el editor Murray el que sacó a la luz Mansfield Park . Fue publicado en tres volúmenes y estaba firmado "by the author of Pride and Prejudice". El nombre de Jane Austen no figuró en la cabecera de ninguno de sus libros en vida. Una tremenda injusticia que me hace pensar cada vez que me acerco a su obra de nuevo.  Comenzó a escribirla en 1811. Fue el mismo año en que el Príncipe Regente se convirtió en Príncipe de Gales. Da la impresión de que Jane lo detestaba, y en ello influía el trato que daba a su exmujer, con quien tenía un contencioso lleno de aristas. La vida de los personajes públicos de la época estaba llena de peripecias y por eso se considera que  Mansfield Park es, entre otras cosas, una novela sobre el estado de la Inglaterra de entonces, que cuestiona las situaciones que provocan el comportamiento tan poco edificante de la realeza y de la alta sociedad. En la novela existe una fuerte contraposición entre alguien que posee unas convicciones morales y r

El amor es un miedo que nos asalta a veces

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"Adiós. Lo siento. No puedo amarte más. Quizá nunca he podido"... El mensaje aparece precedido de ese leve sonido tan ansiado. Yo lo estaba esperando. Sabía que estaba escrito desde siempre y que sólo aguardaba el segundo exacto de cruzar, como las alas frías de una paloma, el espacio brillante de la pantalla del iPad. "Adiós" me dices. Sin compasión alguna, sin una riada de besos de cartón. Sin recordar qué fuimos aquellas horas en que elevamos sueños como si fueran cuerpos que se tocan. Amor, me has dicho adiós y estoy completamente derrotada, cerrados ya mis ojos a la luz, pájaro a la deriva el corazón que tuve entre las manos, aquellos momentos en que escribiste "cielo" y era tan sólo un maquillaje de forzadas mentiras.

La playa

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Mírame. Ha caído la noche. Antes, sin hacer ruido, el sol se ha marchado por el horizonte y, en su lugar, la luna en cuarto creciente aparece suspendida sobre la oscuridad de un cielo sin estrellas. Todas las estrellas han ocultado su brillo para que ella, la luna, sea el centro del universo. Mírame. La playa está desierta. La tibieza de la arena, blanca y tan fina que se desliza imperceptible entre los dedos, ha acogido mis pies desnudos. Se balancean en un movimiento que tiene el aire perenne de una contradanza. Parece que quieren adentrarse en el viejo secreto de una tierra llena de contradicciones. Mírame. Ahora mis ojos tiemblan. Se abaten las pestañas y vuelven la mirada hacia dentro buscando las razones. Se encoge el corazón al entender, sin tiempo para dudas, que hay cosas que, una vez perdidas, no tienen ida y vuelta. Se perecen. Óyeme. Te he dicho tantas cosas. He susurrado tu nombre en silencio. Te he guardado en el cofre de los sueños. Hay una ofrenda que no puedo entre

La pregunta

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He perdido el eco de mi nombre, mezclado entre voces ajenas, entre engañosos murmullos. El silencio cómplice que poseí tiempo atrás ha dado paso a la confusión, al griterío, a la alharaca. Quién soy. Qué estoy haciendo aquí. Qué amo. Qué preciso. Cuáles son mis sueños. He lanzado las preguntas al viento, pero el aire las ha devorado y ha devuelto tan solo interrogantes. He lanzado las preguntas al agua y el temporal las ha convertido en cenizas, en lava de volcán. Preguntas sin respuesta para un tiempo sin esperanzas. He sido lo que ahora no recuerdo. Esta noche la luna se ha adueñado de un firmamento oscuro, yermo de estrellas, escrito en tinta china. El centro de la bóveda rodea el cuarto creciente y debajo la arena, que hace horas abrasaba, se ha tornado en azúcar cálida y sin terrones. Los pies, desnudos, los pies descalzos, todo, desnuda entera yo, mi corazón desnudo. Me he mirado a mi misma a través de un espejo, Alicia sin vestidos, sin números ni reinas. He cruzado el umbra

El abrazo

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Lo pensó sin poderlo evitar. Aunque lo había intentado con todas sus fuerzas. No pensarlo, no desear nada, no esperar, no sentir. Lo pensó y lo dijo en voz alta. Aunque solamente ella oía su soledad, únicamente a ella le llegaba el eco de su voz traspasada. Palabras que nada significan para otros, se dijo. Palabras huecas, sentimientos insulsos, pensamientos vacíos. Solo una vez. Necesito abrazarte por una vez tan solo. Una vez solo para sentir el calor de tus brazos. Tu aliento en el hueco de mi cuello, en mi nuca. Una vez solamente para notar la presión de tus hombros, el peso de tu cuerpo. Necesito abrazarte. Aunque sea el último de los abrazos que reciba. Aunque ningún abrazo llegue después del tuyo. Aunque esté condenada a sufrir de ausencia toda la vida. Todo el tiempo sin ti, pero dame tu abrazo. La noche la sorprendió pensando. Llegó la aurora y aún tenía el deseo clavado entre sus ojos. Un abrazo, pensaba. Un abrazo que me alcance el calor que ya no tengo. Un abra

La mentira

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Me has descubierto. Ha sido un fallo tonto. Una cosa absurda. Cómo he podido ser tan descuidada…Cómo tan ilusa…Me has descubierto y se ha hundido el precario castillo de naipes que habíamos levantado para no desandar todo el camino. Me has descubierto y siento que soy la miserable mujer que te engaña, durante doce años nada menos. La mitad de nuestra vida juntos.  Ahora sé que es inútil explicarme. No me escuchas. No quieres saber de mí nada más que la hora en que, acabado de hacer el equipaje, voy a subir a un tren que me llevará lejos. Ni siquiera me miras. Te doy asco. Piensas en cuántas noches te mentí. En cuántas noches me inventé una excusa y en cuántas tardes estuve con él, con el otro, en cualquier sitio, en su casa, en el coche, perdida por ahí en un despeñadero de emociones. No quieres saber datos, pero tu cabeza no deja de dar vueltas y tu corazón sufre. Lo noto. No me miras. Me odias. Me desprecias.  Podría contarte si pudieras oírme, si me escucharas al menos

La espera

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Podría decirte que eres un canalla. Un desaprensivo. Que me has tomado por una puta. Alguien que se vende por placer. Y que me merezco por eso el consiguiente castigo: esperar. Esperarte. Que mi vida de mujer casada razonablemente feliz se ha venido a pique porque soy una persona insatisfecha y tú solamente has jugado un papel secundario. El de alguien que me ofrece lo que nunca he tenido. Placer. Podrás decirme que fue bonito mientras duró y que nada tiene demasiada importancia, que no se puede ser tan intensa, ni tan romántica, ni tan sentimental. Que, al fin y al cabo, la vida son dos días y hay que vivirlos a tope. Podríamos intercambiar estas frases si tú no hubieras desaparecido, si supiera donde encontrarte, dónde estás y cómo te llamas. No tienes nombre ni dirección ni biografía. Y yo soy una mujer a la espera.  No se puede vivir esperando. No se debe esperar nada de alguien que te confiesa el primer día sus intenciones. El único día. No soy una mujer fácil, ni un

Anita Loos. Cuestión de gustos.

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Cuando Anita Loos (1889-1981) le llevó al reputado director de publicaciones H. L. Mencken (te recomiendo la lectura de su "Vete a la mierda"), el original de su libro "Los caballeros las prefieren rubias", este le dio un buen consejo: Nena, te estás riendo del sexo y eso es algo que nunca se ha hecho en Estados Unidos. Te aconsejo que lo envíes a Harper´s Bazaar, donde se perderá entre los anuncios y no molestará  a nadie".  La disciplinada Anita así lo hizo. Y he aquí que, una vez publicado por entregas en la citada revista, ocurrió un hecho insólito: los hombres empezaron a leerla. Entre esos hombres estaba, según se cuenta en todas las crónicas, un señor llamado James Joyce. ¿Les suena, verdad? De modo que no hubo más remedio que reconocerle el éxito y publicarlo en forma de libro. Tres años después vio la luz la segunda parte "Pero se casan con las morenas" y el asunto llegó a las cuarenta y cinco ediciones. Hablamos de 1925 y 1928. Uffff.

Esa clase de amor

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Creo que era de Doris Lessing. Y ese era su título. "Esa clase de amor". Pero el tiempo ha pasado y la memoria me flaquea. Ese recuerdo dudoso me ha servido para ilustrar esta fotografía y para convertir en palabras la música que oigo, en ese ejercicio cotidiano, impresionista quizá, o luminista, escritura automática, dadá, que hago con el lenguaje y el sonido y la imagen.  Descubrí hace algún tiempo que hay tantas clases de amor como amantes. Y, en la línea de la educación que recibí, dudo que sea amor lo que a veces he sentido, dudo de haber sido amada, dudo de todo. Al fin, debería dar lo mismo. Poner nombre a las cosas no les añade nada, no sirve sino para movernos en el terreno movedizo de las palabras y eso, cuando hablamos del terreno aún más movedizo de los sentimientos, es absurdo. Inútil, os diría. Me diría.  Hay amores que duelen. Enormemente incluso. Amores que arrasan y te dejan sin fuerzas. Que evaporan lo que eres y lo que vives. Amores líquidos

Una casa flotante en el río Támesis

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Allí, en una casa flotante sobre el río Támesis, vivió una temporada Penelope Fitzgerald. La conocí en 2010 cuando la Editorial Impedimenta, que con tanto talento lleva Enrique Redel (un editor enamorado de los libros, lo que no suele ser frecuente), publicó "La librería". Dado que la escritora nació en 1916 y el libro se publicó en inglés en el año 1978, esto quiere decir que su salida a la luz podía ser considerada tardía. En efecto, esta es su segunda novela pero la primera se publicó solamente un año antes, en 1977, "The Golden Child", una historia cómica de misterio que se ambienta en el mundo de los museos.  La vida de Penelope, como me gusta llamarla porque así la siento más cercana (algo que me ocurre con todas las escritoras a las que amo), fue extraordinaria. Era hija de un editor, sobrina de novelista y de un estudioso de la Biblia. Se educó en colegios carísimos y ejerció de periodista para la BBC durante la Segunda Guerra Mundial. En 1941 se cas

El espejo

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No supo como, sin apenas darse cuenta, el espejo le devolvió otra imagen. La última vez que se detuvo en el rellano de la escalera, frente a la gran luna que ocupaba casi una pared, observó el reflejo de una mujer joven, con los ojos sonrientes y una expresión satisfecha. Tenía bonitos hombros y un chal de seda por encima, que cubría un ligero vestido de verano. Toda en ella respiraba la alegría de saberse una mujer deseada, de entender que, a su paso, los hombres iban a girarse a mirarla.  No supo nunca como, al cabo de unos años que transcurrieron sin conciencia de ello, el espejo le ofreció otra visión. Unos ojos cansados, una mirada turbia, una sonrisa áspera, unas manos doloridas, una figura llena de interrogantes. Se preguntaba a sí misma cómo había ocurrido esa transformación, por qué era otra persona sin haber terminado de gozar de la anterior. Qué extraño sortilegio había logrado el cambio, sin ella percatarse, sin ser consciente apenas de que había algo de lo que dis

A veces el amor no es suficiente

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La muchacha recorría la calle de un punto a otro de una ciudad desierta. Era un verano abrasador, en la hora más tórrida del día. Su corazón saltaba. Llevaba un vestido de gasa azul celeste, suave al tacto, con un encaje muy finito en el escote, en forma de pico, pronunciado, hondo. El vestido flotaba sobre el aire caliente del mediodía y ella andaba sobre unas sandalias blancas que le hacían un poco de daño. Eran nuevas, hechas para ocasiones especiales. Llevaba un sombrero del color del vestido.  En ese momento sonreía sola. Miraba al frente, con los ojos cubiertos por las gafas de sol, oscuras, impenetrables, pero la sonrisa se traslucía de inmediato, a pesar de que era una sonrisa interior. La sonrisa de la plenitud, quizá. La sonrisa de la nostalgia anticipada. La de la sorpresa o la duda. Venía de hacer el amor con un hombre que la amaba profundamente y al que  abandonaría sin remedio unos meses después. Los separaban quince años, una esposa, dos hijos y mucha incer

Querida Jane

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De entre todas las personas que conozco, ninguna hay que pueda entender esta carta como tú. Miro tu imagen en la cubierta del libro que cuenta tu biografía y observo tus ojos. Vivos, resplandecientes, ingeniosos. Observo el cuello erguido. Observo el rizo rebelde de la frente. El gorro de encaje al estilo de la época. La manga de farol y el escote discreto. La única imagen que de ti existe es una pista y todavía desconozco por qué Cassandra Austen, tu hermana, consintió en dejar para la posteridad tu retrato después de destruir la mayoría de tus cartas.  Ahora, querida Jane, estamos en otro siglo. En el siglo que dicen digital. En el tiempo de las globalizaciones que todo lo convierte en plural. La singularidad es aquí una excepción. Ser excéntrico es, en estos momentos, sentir individualmente, querer ser lo que uno es sin seguir a otro modelo anterior. Nadie inventa nada, pero, en la era de Internet, casi todo ha sido dicho o escrito antes que tú.  Si la amistad tiene dos

"Expiación" de Ian McEwan

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Si has visto la película basada en este libro, "Expiación", no te habrás olvidado del vestido verde que lucía en una de sus escenas la actriz Keira Knightley. En ese ranking que no sé si conoces sobre los mejores vestidos de cine, aparecía últimamente en primer lugar, por delante del vestido blanco que Marilyn usa en "La tentación vive arriba", del Givenchy negro de la Hepburn en "Desayuno con diamantes" y de los pantalones pitillo negros de Olivia Newton-Jones en "Greese".  A pesar de la belleza del vestido, seda natural, con un escote importante, y del resto de vestidos que se citan en la lista, no podemos negar que son los pitillos negros los que han hecho historia en la calle. Los que todo el mundo se pone aunque a todas nos gustaría colocarnos el vestido Keira. Con vestido o sin él, la escena forma parte de la película y la película está basada en un libro y de ese libro es de lo que escribo ahora.  Briony Tallis tiene trece años