Ir al contenido principal

"El ardor de la sangre " de Irène Némirovsky


Irène Némirovsky es una vieja amiga. Tanto como puede serlo alguna amiga de la vida cotidiana, si es que existiera. No puede oír mis confidencias, pero sí contarme las suyas y en ellas descubro, como en un hilo mágico, las secuencias de mi vida, los anhelos, las emociones, los sentimientos todos. 

Leerla se convierte en un ejercicio de compañía y en un consuelo para la soledad. Pero sobre todo, lo que escribe es literatura, no mero desahogo, no compasión ni esmero por ayudar a los demás. Los libros de Irène no son de autoayuda, son novelas. Flamantes historias que no han envejecido, porque no puede envejecer aquello que llega directamente al corazón. 

La imagino escribiéndolas. La imagino pensándolas. La imagino llenando el papel de trazos irregulares con todo ese torrente de personajes, de diálogos y de espacios dibujados en el recuadro de un escrito. 

En "El ardor de la sangre" uno de los protagonistas es el ambiente. Ese ambiente provinciano, en cierto modo ruin, que amenaza la originalidad y que quiere convertirlo todo en una rutina afable. La rutina de los lugares pequeños, que se contrapone a la fiereza con que las grandes ciudades rompen el molde de lo cotidiano. El sentimiento amoroso es el otro eje de la narración. El amor es la fuerza que mueve a los hombres, incluso cuando no se posee, sobre todo cuando no se posee. Cuando es una entelequia y se alía con el deseo. Némirovsky habla del amor en todas sus facetas. Incluso del pseudo amor que a veces acompaña las uniones: "Iba al matrimonio como una oveja al matadero". 

Silvio, el narrador de la obra, lo observa todo con la precisión de quien se siente ya fuera del mundo. Asume sus errores, su soledad y la forma en la que ha dilapidado su vida. No ha podido hacer otra cosa. Su sed de aventuras, su búsqueda, han sido superiores a todo lo demás. Oye en su interior las voces de su madre, advirtiéndole. Pero sabe que tuvo que desobedecer, que no podía vivir la vida de otros, sino la suya propia. Es esta reivindicación de la propia existencia, contra los convencionalismos o la rutina, lo que pone en valor la autora en este libro. La mirada de Silvio está llena de compasión y lucidez, se mezcla con la mirada de la escritora. Son miradas que no juzgan, sino que certifican el estado de los corazones, de los sentimientos. 

En un lugar tranquilo puede ocurrir de todo. Esa intensa placidez de los sitios alejados del bullicio, de los entornos rurales, siempre se rompe por un hecho trágico. Es el destino. Subvierte la vida cotidiana y la llena de interrogantes, precisamente la clase de emoción que sus habitantes no están dispuestos a aceptar. La duda, el miedo, las preguntas, estas son las cuestiones que se suscitarán a partir de esa muerte no prevista. Detrás de ella, como ocurre siempre, una riada de acontecimientos, pasados y presentes, quién sabe si futuros, se alían para convertir la vida en otra cosa. En algo inesperado. 

Todos tienen algo que ocultar y, por tanto, algo que confesar. Y, como telón de fondo, el ardor de la sangre, esa fuerza efervescente que nos conduce al abismo, y que, aunque lo sabemos, aunque tenemos conciencia clara de que ese será nuestro camino de perdición, no podemos evitar, no queremos evitar, pues si lo hacemos será tanto como renunciar a la vida. Si no te quiero, es que no he vivido. 


(El ardor de la sangre. Irène Némirovsky. Traducción del francés de José Antonio Soriano Marco. Editado por Salamandra en 2007. Según el manuscrito original hallado por Olivier Philipponnat y Patrick Lienhardt en los archivos del IMET (Institut Mémoires de l´Edition Contemporaine) de París. El manuscrito estaba formado por treinta hojas escritas a mano que formaban esta novela al completo)

Comentarios

Keren Verna ha dicho que…
Holas, muy bueno tu blog.
Te dejé un premio Liebster en mi blog. Mucha suerte!
http://kerenverna.blogspot.com.ar/2015/07/liebster-award.html

Entradas populares de este blog

"Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante"

(Aibileen Clark con la niña a la que cuida, Mae Mobley Leefolt en Criadas y señoras, 2011) Una frase puede valer tanto como un tratado. La mayoría de los que escriben darían oro por una buena frase. Las frases son como las ideas: lo más difícil de hallar, lo más fácil de plagiar y lo más duradero. Una buena frase representa un logro para el que la escribe o pronuncia. Detrás de una buena frase siempre hay una idea valiosa. Y, además, una buena frase te hace pensar en cuestiones que merecen la pena.  La película Criadas y señoras (The Help, 2011, de Tate Taylor) incluye esta frase en boca de la criada negra de la niñita blanca: "Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante" . La criada negra no ha estudiado psicología pero ha criado ella sola a diecisiete niños. Todos ajenos. Todos blancos. Resulta incongruente cómo en esta película ( y supongo que también en la realidad que retrata) las mujeres blancas dejan a sus preciosos hijos blancos en manos de criadas

"El placer de vivir sola" de Marjorie Hillis

Para quienes piensen que este es un libro más de esos de autoayuda que nos tienen cercados hace tiempo basta fijarse en el año de su publicación original, 1936. Marjorie Hillis (1889-1971) es una pionera en todos los sentidos. Su trabajo en la revista Vogue la puso en contacto con mujeres que, como ella, llevaban las riendas de su vida. La publicación del libro obtuvo un enorme éxito. Es verdad que ella terminó saliendo del círculo de solteras independientes a las que iba dedicado: se casó en 1939. Pero eso no significa nada, salvo que esperó a casarse el momento en que encontró al hombre adecuado. Este resultó ser Thomas Henry Roulston, viudo y propietario de algunas tiendas en Brooklyn. El matrimonio duró diez años pues su marido murió en 1949.  Hillis, que llegó a ser editora asistente de Vogue, era hija de un pastor congregacional y estudió en un colegio para señoritas en New Jersey. Después del éxito de este libro escribió otro dedicado a los negocios que podía emprend

Hombres solos, hombres solitarios

Presumes que eres la ciencia y yo no lo entiendo así porque siendo tú la ciencia no me has comprendido a mí. (Soleares. Juanito Mojama) ✿✿ En los tiempos del Oeste americano, que tanta literatura ha creado y, sobre todo, tanto cine, los hombres cargaban sobre sus hombres el peso de la valentía. Ser cobarde era un oprobio. Ningún cobarde podía sacar adelante a su familia, ni mantener sus tierras, ni vivir con dignidad. Pareciera que la valentía era la moneda de curso legal. Y, sin embargo, el cine nos cuenta que los valientes o los dignos eran la excepción. Más bien hombres solos, a veces también solitarios, que, llegada la hora de la verdad, se encontraban en la más estricta y descarnada soledad. Los guionistas de los westerns eran, como se ve, grandes conocedores de la naturaleza humana, bastante más que la propia señorita Marple que decía siempre, comparando a la gente que conocía con la de su pueblo natal Saint Mary Mead, que "es la misma en todas partes