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Mostrando entradas de julio, 2015

"El ardor de la sangre " de Irène Némirovsky

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Irène Némirovsky es una vieja amiga. Tanto como puede serlo alguna amiga de la vida cotidiana, si es que existiera. No puede oír mis confidencias, pero sí contarme las suyas y en ellas descubro, como en un hilo mágico, las secuencias de mi vida, los anhelos, las emociones, los sentimientos todos.  Leerla se convierte en un ejercicio de compañía y en un consuelo para la soledad. Pero sobre todo, lo que escribe es literatura, no mero desahogo, no compasión ni esmero por ayudar a los demás. Los libros de Irène no son de autoayuda, son novelas. Flamantes historias que no han envejecido, porque no puede envejecer aquello que llega directamente al corazón.  La imagino escribiéndolas. La imagino pensándolas. La imagino llenando el papel de trazos irregulares con todo ese torrente de personajes, de diálogos y de espacios dibujados en el recuadro de un escrito.  En "El ardor de la sangre" uno de los protagonistas es el ambiente. Ese ambiente provinciano, en cierto mod

Jane Austen (1775-1817) Una escritora.

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Jane Austen nació en el pueblo de Hampshire, concretamente en la rectoría de la aldea de Steventon, el 16 de diciembre de 1775. Su madre (de soltera, Cassandra Leigh) tenía treinta y seis años y su padre era el párroco y tenía cuarenta y cuatro años. Jane fue la séptima hija y la segunda niña. James, George, Edward, Henry, Cassandra, Francis y Jane fueron los siete hijos de los señores Austen, de Steventon.  La señora Austen tenía un método de crianza que consistía en dar el pecho a sus hijos durante los primeros meses y entregarlos luego a una mujer de la aldea para que los cuidara durante un año o un año y medio, hasta que fueran lo suficientemente mayores para poder manejarlos con facilidad. A Jane la bautizó su propio padre de inmediato y luego fue entregada a alguien de la aldea.  La dificultad de indagar en la vida privada de Jane Austen está relacionado con que jamás hizo anotaciones biográficas en ninguno de sus libros. No sabemos si escribió algún diario, pero sí e

De Sorolla a Hopper, pasando por Zuloaga

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Cruzas una ciudad herida de semáforos, un paraíso de chanclas y bermudas. Gente que no se reconoce, extranjeros vestidos de colores extraños. Estás fuera de todos y lo sabes. Solo contigo misma. Te adentras en el fondo, en el centro del aire y allí, sencillamente, en una plaza oculta, hallas el edificio que buscas y en él subes las altas escaleras, rechazas ascensores y buceas en los cuadros. Nombres que te recuerdan tus años de estudiante, tus años de extranjero, tus años de visitas a galerías, museos y otros varios lugares donde el arte se guarda siempre en dosis muy pequeñas.  Las palabras se habían escapado de tus manos, como esas palomas que frecuentan el pequeño local en que, de noche, vacías conversaciones entre voces amigas. Pero he aquí que la visión de estos cuadros las retorna a tus ojos y tu mente y estás ya deseando sentarte a teclear con la convicción de quien tiene un motivo para hacerlo. Mar, bañistas, vestidos, muchos barcos, playas, el tiempo en que la gente

Dolor tan hondo

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Terminó la llamada y el teléfono siguió en su mano. Notó una sensación de humedad. Era una lágrima. Luego otra. Luego, un caudal de llanto. Sintió frío. El frío de la angustia que le subía por la garganta y le cercaba el habla. No podía pronunciar ninguna palabra. Todas las palabras volaron. Se fueron todas a un paraíso incontestado, en el que no hay renuncias ni abandonos. Un paraíso donde el amor es posible, donde el sufrimiento tiene sentido a veces.  Se levantó pesadamente. Estaba muy cansada. La charla telefónica la había dejado exhausta. Tuvo miedo. Era el final. Podía sobrellevar la duda. Podía sobrellevar la incertidumbre. Pero el adiós...no podía pensar que nunca más oiría su voz al otro lado del teléfono, que nunca más su voz la llamaría con es tono especial del recibimiento primero: Eh...cómo andas??? Siempre esas palabras, esa forma de hablar, esos silencios intermedios.  Hoy había sido distinto. Ella había tenido la culpa. Habló de más, ahora lo sabe. Podí

Ese revoloteo llamado Amor

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Podría ser una feria cualquiera, de esas que salpicaban las ciudades y pueblos de Andalucía allá por los cincuenta y sesenta. La instantánea, tan infrecuente entonces, los ha sorprendido a cada uno de ellos acuñando una expresión propia y distinta. No sabemos quiénes son, ni qué piensan o sienten, pero podemos atrevernos a adivinar algo por la fotografía. Una imagen, dicen, vale más que mil palabras. Usemos las palabras, entonces, para ayudar a entender la imagen.  La chica se parece a Joan Fontaine. Tiene los ojos muy grandes y la piel blanca. El prototipo de moda de la época, en la que estar bronceada era sinónimo de trabajar al aire libre, lo que restaba distinción a cualquier mujer. Mira al fotógrafo con una media sonrisa inteligente, insinúa la sonrisa, no se ríe abiertamente. Es una mujer prudente, parece decirnos ese gesto. Y lo corrobora la postura de las manos, amablemente recogidas, de forma que no las percibimos porque están detrás de la mesa. El vestido, a la moda,

De día

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La música suena en esta mañana que anuncia una calidez que ahora no queremos. Se despereza el día. Esta canción, esta voz, estos sonidos, me acompañan desde hace unos meses y me hacen llorar casi siempre. Pero las lágrimas no son lo peor. Lo peor es el silencio. Ese silencio que te impide escribir lo que sientes, que te impide hablar lo que deseas. Eso es lo que más cuesta.  Junto a la música hay una pila de libros, de esos que ordenas de vez en cuando y que no quieres que se separen de ti. En ellos, tanta poesía como es posible. Llega un momento en que es la poesía la única voz que quieres oír. Un momento en que todo es poesía, todo se escribe en versos, o con ritmo. Recitaba poesía en los años en que mi casa era un jardín, antes de que desapareciera todo atisbo de flores. Recitaba poesía en el colegio y levantaba las manos al aire, como si quiera apresar ese tiempo, el tiempo de las rosas, cuando todavía no habían perdido su olor. Qué tendrá la poesía que me devue

En el andén

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El tren se alejó sin hacer apenas ruido. Era un tren de media distancia y se detuvo poco tiempo en el andén. Hacía frío y humedad. Me quedé sentada en una especie de banco de piedra, adosada a una pared absurda y hosca. Me arrebujé en la cazadora y crucé las piernas. Mi mirada seguía el camino del tren, no podía apartar los ojos de él. Y eso que el tren no me había traído a la persona que esperaba. No me había traído a nadie. Nadie se bajó del tren, en esos escasos minutos de parada, para abrazarme y decirme, soy yo, estoy aquí, he venido, al fin. Nadie. Los minutos fueron horas, porque se hicieron inmensamente largos, escudriñando las caras de los viajeros, pocos, que se detuvieron en esa ciudad pequeña y perdida en un extremo del mapa. Una ciudad sin mar, sin río, sin puentes, una ciudad tan sola como yo misma. Nadie se bajó del tren, nadie me miró con cara sonriente. Nadie echó un brazo por encima de mis hombros. Nadie me susurró nada al oído. Nadie, nada, las únicas palabr

"Don Quijote de la Mancha" de Miguel de Cervantes. Puesto en castellano actual por Andrés Trapiello

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Parece que ha amainado un poco la tormenta. La discusión entre expertos, profesores de Literatura, lectores y escritores sobre si es conveniente o no "traducir" al castellano actual la obra cervantina debe haber entrado en modo veraniego, porque se ha calmado. Antes de que el libro estuviera en los estantes de nuestras librerías, todo era discutir y el fragor de la disputa llegó a los medios, a las redes e, incluso a la calle, aunque menos. La noticia ha tenido que competir, desde luego, con el estado prisionero de la Pantoja, la supervivencia de Isa (antes Chabelita), el nuevo amor de Fran (ex de Belén) o las desavenencias mohedanescas.  Tamaños problemas han quedado al ralentí cuando surgió, portada holesca de por medio, el affaire o amor apasionado, cada uno que le ponga el adjetivo que quiera, entre Vargas y Preysler, qué gran cosa. Así que de nuestro Don Quijote apenas se acuerda nadie. Oí y leí muchas opiniones antes de que saliera a la luz, pero, después de qu