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¿Sabes cómo silbar?

El set de rodaje estaba alterado. Hoy era un mal día. El director estaba de los nervios. Llevaban varias horas y aquello no tenía ningún sentido. Las tomas no salían y el actor estrella estaba desquiciado. Bien sabía que era algo que solía ocurrirle los lunes por la noche, tras un fin de semana ciertamente curioso, en el que se alternaban y ahora la palabra viene al pelo, botellas con libretos del guión. Mala cosa. La peluquera juró no volver a trabajar nunca más con este equipo. Era una profesional muy honrosa y dispuesta, así que acababa molesta cuando sus esfuerzos no se recompensaban. 

Ningún tupé aguantaba varias horas. Por su parte, la script, la más joven del equipo y la recién llegada, lloraba intermitentemente. Seguramente toda la culpa era suya, que tenía un carácter depresivo y que se asustaba con facilidad cuando el actor y el director se enredaban a gritos. De aquello no podía salir nada nuevo, auguró un cámara veterano, curtido y en mil producciones de postín.

A la hora de comer todos tiraron cada uno por su lado. Nadie quería encontrarse con nadie. La habitual labor pacificadora de una ayudante de producción muy avezada, tampoco sirvió en esta ocasión. Estaba harta de hacer labor de mediación con aquellos tipos tan brutos. Y, aquel día, desde luego, era especial, comienzo de rodaje y la llegada de una actriz nueva que iba a encontrarse con un cesto lleno de frutas podridas.

La actriz había sido captada por los ojos entendidos de la mujer del director. Fue ver la portada del “Harper´s Bazar” y tenerlo claro. Aquella chica daría bien en pantalla. Así que allí estaban todos, en un mal día, esperando que se dignara aparecer. Cuando llegó, Dan Seymour, uno de los actores secundarios, pudo observar la sonrisa de Bogie, la estrella. Una sonrisa entre maliciosa y sorprendida. No me extrañaría, pensó Dan que, en un descanso del rodaje, Bogie “asaltara” el camerino de Betty y la besara.

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