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Dash and Lilly

Cuando era adolescente descubrí a Lillian Hellman. Fue a través de sus libros autobiográficos y de sus guiones para el cine. A la vez, lo descubrí a él, a Dashiell Hammett. Ambos descubrimientos se enlazaron y, además de entender por qué y cómo escribían, asimilé su extraña relación, basada en el amor y en la admiración mutuas. 

Por amor él renunció a fumar y murió de cáncer de pulmón pero intentándolo. Por amor ella dedicó horas y horas a conseguir que él volviera a escribir, que no abandonara a la intemperie a su inspiración. 

Dash y Lilly son dos modelos de escritores. Cuando se conocieron él era un hombre famoso. Había dejado atrás su trabajo como detective en la Agencia Pinkerton, que tantos conocimientos prácticos le proporcionó, y ya estaba en la cresta de la ola del éxito. El Halcón Maltés había sido todo un suceso editorial y de ahí, al cine, a la gloria. Ella era mucho más joven y más discreta, una pelirroja fea, según se comentaba. Aunque Dashiell acuñó una frase emblemática: "Ninguna mujer inteligente puede ser fea". Ambos casados, cada uno por su lado. Ambos conscientes de lo que el otro era. Un encuentro sideral, único. La obra de Dashiell Hammett es corta en número de libros, porque su diletancia y su dedicación al alcohol y los placeres impidieron que fuera tan sólida como su talento hubiera requerido. Ella escribió, sobre todo, guiones cinematográficos memorables, que han pasado a la historia del cine, como el de "La Loba", genial personaje compuesto por Bette Davis. Os digo que su romance les cambió la vida, como suele pasar con dos almas gemelas que se encuentran. Ese encuentro fructífero los convirtió en dos partes de una misma idea y ambos lucharon por las suyas hasta el denuedo y fueron por ello, a la par, aclamados y rechazados. 

Me conmueve su historia común y sus historias anteriores. Cuando la vida se endurece y se convierte en un duro trámite, vuelvo los ojos a aquellos que me arroparon en mi adolescencia, esa etapa en la que escribes ya todos los detalles de tu propia evolución personal. Los dos están allí, me comentan y comunican sus cosas. Los conozco como si fueran de la familia, son parte de mi vida y por eso los quiero. Hoy, extrañamente, los recuerdo. O quizá no tan extrañamente, quizá son el símbolo del día. 

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