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Mostrando entradas de abril, 2015

Escribir es cosa de dos

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El hombre llevaba un traje gris que le sentaba como un guante. Bajo la chaqueta asomaban protocolariamente los puños de la camisa blanca y el cuello bien ajustado, rodeado por una estrecha corbata negra. Era alto y muy delgado. Algunas hebras grises saltaban su pelo, de forma intermitente, pero su bigote aparecía lustroso, mostrando un sello de vitalidad desusada en aquel marco. Dashiell Hammett había llegado pronto. No sabía cómo, las horas, en ocasiones largas, se le habían pasado tan deprisa la noche antes. En el garito azul al que llegó pasadas las dos de la madrugada, halló a una rubia esplendorosa con los dientes salidos al estilo conejo, pero con un trasero apetecible.  No recordaba ya de quien partió la iniciativa pero la noche resultó provechosa. Bebidas, humo y mujeres, su ecuación más perfecta. Alguien, su agente quizá, lo metió en la cama a punto de evitar el colapso. Y, después de dormir muy pocas horas, se despertó de bastante mal humor. Allí estaba, por fin, en es

¿Sabes cómo silbar?

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El set de rodaje estaba alterado. Hoy era un mal día. El director estaba de los nervios. Llevaban varias horas y aquello no tenía ningún sentido. Las tomas no salían y el actor estrella estaba desquiciado. Bien sabía que era algo que solía ocurrirle los lunes por la noche, tras un fin de semana ciertamente curioso, en el que se alternaban y ahora la palabra viene al pelo, botellas con libretos del guión. Mala cosa. La peluquera juró no volver a trabajar nunca más con este equipo. Era una profesional muy honrosa y dispuesta, así que acababa molesta cuando sus esfuerzos no se recompensaban.  Ningún tupé aguantaba varias horas. Por su parte, la script, la más joven del equipo y la recién llegada, lloraba intermitentemente. Seguramente toda la culpa era suya, que tenía un carácter depresivo y que se asustaba con facilidad cuando el actor y el director se enredaban a gritos. De aquello no podía salir nada nuevo, auguró un cámara veterano, curtido y en mil producciones de postín. A l

Dash and Lilly

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Cuando era adolescente descubrí a Lillian Hellman. Fue a través de sus libros autobiográficos y de sus guiones para el cine. A la vez, lo descubrí a él, a Dashiell Hammett. Ambos descubrimientos se enlazaron y, además de entender por qué y cómo escribían, asimilé su extraña relación, basada en el amor y en la admiración mutuas.  Por amor él renunció a fumar y murió de cáncer de pulmón pero intentándolo. Por amor ella dedicó horas y horas a conseguir que él volviera a escribir, que no abandonara a la intemperie a su inspiración.  Dash y Lilly son dos modelos de escritores. Cuando se conocieron él era un hombre famoso. Había dejado atrás su trabajo como detective en la Agencia Pinkerton, que tantos conocimientos prácticos le proporcionó, y ya estaba en la cresta de la ola del éxito. El Halcón Maltés había sido todo un suceso editorial y de ahí, al cine, a la gloria. Ella era mucho más joven y más discreta, una pelirroja fea, según se comentaba. Aunque Dashiell acuñó una frase

William y Miguel

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Con más o menos exactitud se sabe que el día 23 de Abril de 1616 murieron William Shakespeare y Miguel de Cervantes . Que los dos genios más relucientes e indiscutibles de la historia de las letras murieran el mismo día o en fechas próximas solamente es una casualidad, un guiño de la vida, pero nos sirve para enhebrar un argumento que nos conduzca a su lectura, a su recuerdo y, sobre todo, al encuentro feliz con el libro, sea en el formato que sea. Ambos, William y Miguel, ofrecen, además de ese paralelismo indiscutible, otra diferencias sustanciales y sabrosas, que no es momento de ponderar aquí, en este pequeño homenaje a ellos y a quienes, como ellos, poseedores del arte de narrar, ofrecen su arte en forma de textos, de libros, de escritos, de historias, de poemas, a todos los que disfrutan y degustan ese placer de lo escrito. Tras la escritura, la vida del hombre cambió y nunca sería la misma. El sedentarismo trajo un nuevo concepto de la existencia y de la escritura, ademá

Elogio del mérito

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La luz de Sevilla entra por todos y cada uno de los patios del gran edificio que albergó una industria de leyenda y que hoy es buque insignia de la Universidad. Un gran barco del saber en el corazón de una ciudad esculpida en los siglos de la historia. Es el espacio privilegiado en el que todavía pueden oírse, si prestas la atención suficiente, el eco de los viejos maestros.  Apagado el calor insoportable de los hornos, despejado el polvillo arenoso del tabaco en rama, lejos las mujeres de rompe y rasga con sus niños de pecho agarrados a la cintura, el edificio pervive sumido en la serena contemplación filosófica del paso del tiempo. Pero las voces siguen, no desaparecen, reposan en sus muros y reviven si eres capaz de atenderlas. Tantos años aflorando vocaciones, despertando talentos, azuzando el destello del saber...Tantos años, desde aquel pasado en el que la actividad más puntera de la ciudad precisaba nuevo acomodo y lo halló justamente en este lugar, entonces virgen y

"Torres de Malory" de Enid Blyton

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Junto a mí, un voluminoso libro que la Editorial Molino publicó en 2013 recogiendo, nada menos, que todos los que Enid Blyton dedicó, con el título de "Torres Malory" a la historia de los seis cursos de este internado inglés para señoritas, transcurridas entre 1946 y 1951. Seis cursos, seis libros y, se supone, miles de vivencias para todas aquellas niñas que, en su día, los leyeron. Yo no estaba entre ellas, por razones cronológicas y en algún momento, creo recordar, hubo en mi casa alguno de esos tomos. Pero no fui lectora de "Torres Malory" así que ahora me he reencontrado con algo que nunca había conocido antes. Curioso, desde luego. Interesante, también. Amante de los libros como soy, he aquí una joya vintage que merece la pena comprar y leer. Quizá, también recomendar.  Pensando en esto he caído en la cuenta de que nunca he leído literatura de niños. Cuando era niña leía, desde muy temprana edad, a Agatha Christie, por ejemplo. Y algún diálogo de Platón

Libros que importan

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¿Sabéis cuál es la fecha del año que nunca he dejado de celebrar? No la Nochebuena (a veces tan llena de tristeza que he preferido saltarla del almanaque); no el cumpleaños (porque si falta quien te envíe ese cesto de flores, es como si sobraran también la tarta y las velas); no la entrada del verano; no el nacimiento de la primavera (oh, Botticelli). No. La fecha del año que nunca he dejado de celebrar es el Día del Libro, el 23 de abril. Desde que lo recuerdo, en ese día siempre han llegado flores y han llegado, sobre todo, libros.  Cuando era pequeña el Ayuntamiento de mi ciudad organizaba siempre una entrega de libros a los mejores alumnos de los colegios y del instituto. La modestia no me impedirá deciros que recibí ese premio durante varios años seguidos. Luego me hice contestataria y consideré burgués sacar matrícula. Pero, en aquellos años, el 23 de abril era el momento en que un libro nuevo, flamante y envuelto en precioso papel azul con el emblema del con

Cuento de primavera

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Había un niño y un hombre, y el niño apoyaba la cabeza sobre una pared y al lado había una puerta abierta a algún lugar inesperado. El hombre no se veía, es decir, él era el espectador, él contemplaba al niño, pequeño, con la cabeza sobre la tapia.  De vez en cuando el sol se escondía y dejaba a oscuras la calle, serpenteando en el suelo la línea de la acera, moviéndose graciosamente la puerta entornada. El hombre recordó, porque el niño era pequeño y no tenía memoria, aquel cuento o historia, lo que fuera, oído no sabía dónde, acerca del sol y el viento. Resultaba que había una apuesta entre los dos sobre quien lograría quitarle la capa a un transeúnte, y, aunque el viento soplaba más y más fuerte, no consiguió que aquel hombre se quitara la capa. Bastó que el sol lanzara algunos de sus rayos para que el individuo se despojara de su prenda. Vaya con el sol, había pensado entonces, pero le alegraba, le gustaba saber que le había ganado la partida al astuto viento y no por la f

Todas las despedidas

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Tuvimos una única madrugada. Un único almuerzo. Solo un aperitivo. Solamente una vez visitamos juntos una librería. Solamente una vez compramos libros. Una vez compartimos un taxi. Un único momento paseamos bajo la luz del sol. En una noche húmeda, estuvimos andando breves momentos.  Y, sin embargo, tenemos todas las despedidas. Nos despedimos continuamente. Cada palabra es una despedida. Adiós, hasta luego, adiós, me voy, tengo que irme, adiós, te dejo, adiós, tengo cosas que hacer, adiós, me llaman, adiós, suena el teléfono, adiós, hoy tengo prisa, adiós, hay que salir, adiós, el perro me reclama, adiós, está lloviendo, adiós, tengo mucho trabajo, adiós...Todas las despedidas han sido nuestras. Y nunca comprendemos por qué llegan, qué razón las impulsa, qué motivo. Vienen sin más. En suma, somos una legión de ellas. A cada instante, estamos despidiéndonos.  No te lo he dicho nunca. Tú no lo sabes. En realidad, no existe. Es algo que se intuye, pero que se rechaza, como si

Todas las noches eran un sueño

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Lo conocí en un cine de verano. Teníamos quince años. Era un cine de barrio, en una ciudad grande en la que había de todo, y sobre todo, gente con uniforme. Una ciudad de aluvión, una ciudad cuyas tradiciones estaban todas pegadas al mar y a la sal. La sal, en montículos uniformes, rodeaba su perímetro. Estaba cercada por el agua, como antes, en la historia lejana, lo estuvo por el invasor que vestía de azul y rojo y llevaba vistosos penachos blancos. El agua le daba su sentido y se transformaba según la estación del año y en ella nos mirábamos todos. El perfil de los barcos, las grúas de los astilleros, eran parte de su fisonomía y, desde lejos, viniendo desde el istmo, ya avistábamos su tamaño y nos reconfortaba pensar que eran nuestros. Una seña de identidad que el tiempo, traicionero, desmoronaría sin darnos tiempo a entenderlo.  El barrio era otra cosa. Se acostaba en la parte más antigua y lo salpicaban los sones de cantes ancestrales. Tenía hermosas casas bajas con grande