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Mañana


Has entrado en la peluquería con los ojos callados y el cuerpo tenso. Aquello, sin embargo, te ha venido muy bien. Allí están Jessi y todas sus historias, las que cuenta con cara de sorpresa, lo que dice de su vida y de la vida de los otros, así que su charla te reconforta y ves que en todas partes se han cocido las habas. El peinado, perfecto, dice siempre. Tienes un pelo que se amolda a todo. Y el flequillo, quizás un poco largo. No. Le dices. Suelta las tijeras, deja que siga largo. Has salido de la peluquería con otra cara nueva, quizá por el peinado, quizá por las sonrisas, quizá por los afectos. Y al lado, allí, muy cerca, en la cafetería, te has encontrado con ese colega que, en varias ocasiones, te ha invitado a salir y siempre te has negado. Una primera cita que te hace sentirte un poco rara. Porque hace tiempo que no vives una primera cita. Y porque las primeras citas pueden ser las últimas si la cosa no marcha. En fin.

Aquello está vacío. Todavía hace calor, la gente se ha marchado a la playa, se queda en la piscina, o duerme porque anoche se ha acostado muy tarde. Hace calor y piensas que el sol frío de los amaneceres se ha trasmutado sin avisarte en un sol tropical que cubre tu cabeza. Te has quitado las gafas de sol al verte frente a él y te has sentado enmedio de la duda. Qué haces aquí, de qué hablarás, qué te contará él...Dios mío, qué hago. Pero, qué guapo está, pero qué guapo es, piensas al verle...

Él te ha llevado un libro. Un libro que has leído, un libro que ya tienes, un libro que te gusta y por eso su acierto te parece un aviso. Ha adivinado que ese libro es algo para ti y lo ha comprado, lo ha envuelto y te lo trae entre risas, porque su risa es clara y te atrae sin saber que tiene que ver contigo. Le has dicho la verdad, no has querido engañarle, lo tengo, lo he leído, de verdad, te pregunta, pues si, es que me encanta, lo suponía, ya ves y ahora, qué hacemos. No pasa nada, dices, no me importa tenerlo repetido. Y decides que sí, que lo tendrás dos veces porque te gusta tanto que hasta puede ser bueno leerlo de otra manera.

Han pasado dos horas. Te ha hablado de sus cosas, de sus alumnos, de estos primeros días en que el curso comienza y todo se hace nuevo. Te habla y no deja de mirarte. Te mira sin recelo, no se oculta. Te mira y, en un momento de la charla, te dice, estás muy guapa, te sienta bien el pelo, y esa camisa blanca, estás preciosa. No sabes qué decirle, definitivamente, no sabes qué decirle, agitas la melena y lo miras un poco interrogante, pero sin malestar, sin embarazo. Te gusta que te mire, te das cuenta, te gusta que te hable, te gusta que le guste tu peinado, tu cara, tu ropa, tu nariz.

Las horas pasan todas aunque no las empujes. Pasan sin esperarse, lo mismo da el momento. Y pasan las dos horas y ya tienes que irte. Se lo dices. Te mira un poco desolado, con cara de pesar, pero sonríe. Nos vemos otro día, pregunta y tú le dices, claro, muy bien, nos vemos otro día. Mañana, dice él, te llamo por teléfono. De acuerdo, sí, mañana, llámame, como quieras. Eso quiero, llamarte. Pues llámame. Te llamo. 



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