Entradas

Mostrando entradas de septiembre, 2014

Jazmines en otoño

Imagen
Jazmines. No en el pelo, columpiándose en una canción de ida y vuelta. No adornando el rostro de una chica, que camina sola en esta mañana de sábado. No sobre la mesilla de noche, en un pequeño recipiente de cristal para que perfume la habitación en la que se susurran palabras de amor. No en el porche, para ahuyentar con su olor denso y penetrante a los mosquitos. Tampoco en una moña que vende con desgana ese chico tan joven con aspecto de no entender casi nada de la vida. No. En el suelo. Los jazmines en otoño caen al suelo, vencidos por la fuerza del viento sur, por la urgencia de la lluvia que cae de forma intermitente y que, cuando se aleja, convierte el pavimento en un rosario de miguitas de pan, a base de jazmines que vuelan y lo alfombran. Cualquier cuento de hadas podría escribirse entre estos jazmines, cualquier detective sumaría a sus pruebas estas huellas blancas y ligeras que se desparraman por toda la acera en este día de otoño. Jazmines en el suelo. En otoño.

Sofía

“Dos mujeres“ La película que a mi madre la acercó a la Loren definitivamente. La que le proporcionó a Sofía un Óscar de la Academia, un BAFTA y el premio de interpretación femenina de Cannes, entre otros honores. En “Dos mujeres“ la vena dramática de Sophia Loren saltaba a la pantalla con toda su fuerza, de una forma directa que llegaba al corazón de aquellas mujeres, contemporáneas suyas, que sabían bien lo que era sufrir, lo que era tener necesidad, lo que era sobrevivir. El éxito de “Dos mujeres“ catapultó a la Loren más allá de esa lista de guapas oficiales italianas, en la que estaban también Lucía Bosé o Gina Lollobrigida. Nada que ver. Sophia Loren saltó por encima de todas y se encumbró allá donde antes que ella ninguna otra italiana había llegado. Opuesta a la tormentosa imagen de Anna Magnani, pero cultivando también un prototipo de mujer fuerte, apasionada y llena de matices, su carrera cinematográfica ha estado a la altura del mito. La hija de Romilda Villani, su famosa m

El regreso

Imagen
(Mujer con paraguas. Henri Matisse) Fíjate. El agua ha llenado los árboles de pequeños cristales trasparentes y el viento ha arrastrado las hojas hasta el final de la calle, allí donde se cruza con la gran avenida, salpicada de coches, llena de sonidos que te sobresaltan si vas pensando en otra cosa. Una arteria que se llena, cada mañana, de niños con mochilas, de mujeres con maletines de ejecutivas y de tiendas que abren la persiana con un ruido apreciable que vuelve a llenarte de sobresaltos. La calle está muy animada. A pesar de la lluvia y del viento se ven pocos paragüas, porque está especie de tormenta imperfecta ha cogido de sorpresa a casi todos. No es tu caso. Llevas un paragüas azul celeste y rojo que, al salir de casa, has cogido del paragüero de la entrada en un gesto espontáneo y sin pensar. (Henri Matisse. Pintura)  Nada de esto parece interesarte. Ni el tiempo, tan confuso. Ni la gente, ni el cielo, ni el color de las nubes, ni los coches, ni las a

Mañana

Imagen
Has entrado en la peluquería con los ojos callados y el cuerpo tenso. Aquello, sin embargo, te ha venido muy bien. Allí están Jessi y todas sus historias, las que cuenta con cara de sorpresa, lo que dice de su vida y de la vida de los otros, así que su charla te reconforta y ves que en todas partes se han cocido las habas. El peinado, perfecto, dice siempre. Tienes un pelo que se amolda a todo. Y el flequillo, quizás un poco largo. No. Le dices. Suelta las tijeras, deja que siga largo. Has salido de la peluquería con otra cara nueva, quizá por el peinado, quizá por las sonrisas, quizá por los afectos. Y al lado, allí, muy cerca, en la cafetería, te has encontrado con ese colega que, en varias ocasiones, te ha invitado a salir y siempre te has negado. Una primera cita que te hace sentirte un poco rara. Porque hace tiempo que no vives una primera cita. Y porque las primeras citas pueden ser las últimas si la cosa no marcha. En fin. Aquello está vacío. Todavía hace calor, la gente

Septiembre

Lo encontré de repente en una librería, una de esas librerías grandes que tienen de todo y en las que los dependientes usan ordenadores para encontrar los libros. Él estaba en un rincón, allí donde se apilaban las novelas de ciencia ficción, un rincón al que yo nunca me habría acercado. Si no fuera porque lo descubrí a lo lejos. Era septiembre, todavía hacía calor, aunque a esa hora, cerca del cierre ya, la temperatura permitía estar en la calle y olvidarse unas horas del aire acondicionado. Llevaba puesto un pantalón vaquero y una camisa blanca. Pero reparé en seguida en su presencia, ahora entiendo por qué, entonces fue solamente una intuición. Yo rebuscaba libros buscando a mi autora favorita pero no hallaba nada. Y me sorprendí parada, suspendida en el aire, mirando a ese desconocido, sin apartar la vista de sus movimientos. Se movía muy despacio, tocaba los libros, los hojeaba, los abría y cerraba, pero lo hacía con una parsimonia distinta a mi nerviosismo. Nadie allí estaba tan