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Cómo quisiera...

Es la hora indecisa de la primera madrugada. El escenario está vacío. Aparece iluminado con luces indirectas y un foco central que baña el centro. Es un pequeño bar de karaoke en ese tiempo del fin de semana en el que los amigos ya se han reencontrado, los nuevos amores se han visto y las parejas se han besado demasiadas veces. Todos allí se conocen. Todos son gente amiga. Por eso te han pedido que cantes, que subas a ese escenario en semioscuridad y les cantes una canción de esas que te gustan. Una canción de Maná, por ejemplo. Cómo quisiera, por ejemplo. 

Has dicho que sí después de muchos ruegos. Quizá te gusta que te insistan o, quizá, no estés tan segura de ti como aparentas. Quizás te has fijado en algún chico y quieres impresionarle. Quizás lleves dentro de ti algo parecido a un amor sin futuro. 

Y lo haces. Subes al escenario. Frente a ti la pantalla rutilante con las letras en rojo, para evitar que te equivoques como tantas otras veces. Alrededor de ti, las sonrisas, los gritos, los silbidos de todos aquellos que, cada fin de semana, comparten contigo el rito de amar la música. La música te une a ellos en sus sonidos y en sus silencios. Silencios numerosos, sonidos plenos. 

Has subido sonriente al escenario, con esa sonrisa que apabulla. Ese vestido negro es impactante. Es justo lo que encuentras adecuado para ser una diva, una Barbra, una Celine, una Adele, sin rival, única. Tus manos han sujetado el micrófono y tu voz se ha elevado, al compás de las letras rojas que van apareciendo en la pantalla. La música te lleva, la música te arrastra. No hay duda. Sientes que esa canción se ha hecho para ti. Sientes que al cantarla se va la soledad. Sientes que no hay motivos para sufrir si cantas. Sientes que es tuya. Que tú le perteneces. Cómo quisiera...borrar esta canción. 

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