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Mostrando entradas de marzo, 2014

Papá

Los niños andan atareados. En todas las clases hay barullo de papeles de colores, de lápices, de rotuladores, de tijeras...Todos, incluso los que son menos mañosos, se afanan en decorar una tarjeta, hacer un recortable o un cuento. Preparan los regalos del día del padre. Los llevarán a casa y esperarán la mirada satisfecha de su papá y quizá una lágrima furtiva que a algún padre se le escape.. Esto no tiene que ver con la lista de regalos de los grandes almacenes, ni con los anuncios de la tele, sino con el invisible lazo que une a los hijos con sus padres, un lazo indestructible, aunque invisible. Estos padres de ahora no son, a simple vista, como los de antes. Tienen la enorme suerte de poder estar más tiempo con sus hijos y no los ven ya acostados, como solía pasar cuando el trabajo los ataba tristemente a ser una especie de fantasmas con escasa presencia. Pero, aún entonces, desde lejos, los padres eran el referente único al que uno volvía la vista en todas las ocasiones, la seg

La chica de la pamela

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Hace ya muchos años. Era verano. Una feria de barrio, mejor, de pedanía. Pueblo, pueblo. Cae la tarde. Hay una barra para tomarse algo, que lleva la asociación de vecinos. Dos o tres atracciones. Gente que pasea con sus mejores galas. Ruido amortiguado de risas y charlas. Nosotras, mi prima Mary y yo, nos reímos con todo lo que vemos. Somos muy jóvenes, adolescentes, estamos en verano y visitamos esta feria con ganas de pasarlo muy bien. Teníamos el ardor de la juventud y ahora lo evoco, mientras escribo frente a la ventana por la que entra el sol del Aljarafe y escucho a Bach. Aunque no lo creáis, la música de Bach pone el contrapunto perfecto a esos recuerdos, a esos años, a ese tiempo de claridad en el que ardían nuestros corazones con el fuego de la vida.  La chica de la pamela lleva un vestido verde, de un color muy estridente. La pamela es blanca, muy grande. Parece apropiada para tumbarse en la playa en un día de tórrido calor. Pero no. Esta  allí, en aquella feria, paseá

El secreto de Manolita

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Manolita no puede leer estas palabras. Nunca sabrá lo que pienso de ella. Pero en el aire quedan ecos de su memoria, porque nadie desaparece si perdura en el recuerdo de otros. En el recuerdo de alguien.  Manolita era una persona especial. Por razones que no vienen al caso, estos días me acuerdo mucho de ella. Intento adivinar dónde estaba la clave de su persona, de su forma de ser, de su forma de vivir.  Vida. Es la palabra que mejor le cuadra, la que mejor describe cómo y qué era Manolita. Una amante de la vida, sí. Y, ahora que lo pienso, en el reparto que hace la caprichosa suerte entre las personas, le tocaron muchas papeletas marcadas con el sufrimiento, con el dolor. Pero hizo saltar por los aires aquel reparto, simplemente porque tenía un secreto. No puedo contaros con exactitud los detalles. Pero sé que quedó huérfana de madre siendo una niña. La orfandad, eso tan trágico y que marca tanto. No le conocí nunca padre, pero sí creo entrever en mi memoria la figura