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El tiempo de los cerezos en flor (I)


             Keiko Takayama vive en la calle. Ella es una de las diez mujeres que conviven, en un suburbio de Osaka, con otros diez mil mendigos. En el barrio de Kamagasaki no hay tregua. Es el barrio de los pobres, de los que viven en los parques, de los sin hogar que lo han perdido todo, hasta la esperanza. En Osaka hay tres millones de personas entre las que estas diez mil son sólo un punto negro, una grieta por la que transcurren episodios de soledad y desamparo. Osaka es un universo de fábricas entremezcladas con edificios altos de oficinas y colmenas que acogen a sus habitantes. Es un bosque vertical de cemento que semeja una masa gris y permanente. La altura de las fábricas y de los edificios no permite apenas ver el sol y éste, en Osaka, sólo hace acto de presencia en los parques, esas manchas verdes e irregulares que animan el espacio entre los bloques. Keiko Takayama vive junto a una fábrica de jabón abandonada. La fábrica tenía, hace años, mucha actividad, pero el barrio creció y se volvió inhóspito para los trabajadores que tenían que entrar y salir. También para los directivos, pues era desagradable cruzar el umbral de la fábrica y encontrarse entre tanta miseria, calles desvencijadas, esquinas rotas, husillos malolientes…


            Los “no jyuku sha”, los sin techo de Osaka, fueron ocupando este barrio al mismo tiempo que otra gente, más afortunada, se marchaba. Ahora, “los que viven en los parques”, sinónimo de pobres en Japón, son dueños de una extensión de dos kilómetros que sólo tiene un edificio en pie, la antigua fábrica de jabones. Todo lo demás son lonas azules, cartones, chatarra y dos manchas verdes, los dos parques que no tienen nombre. En este barrio provisional, que ha cumplido ya diez años (al igual que hay diez mujeres mendigas y diez mil mendigos), no hay niños. Keiko echa de menos sus voces. Antes, cuando trabajaba en su pequeño negocio de flores, en una calle del centro de Osaka, contemplaba a muchos niños que pasaban por su tienda. Algunos venían con sus madres, cuando se acercaban a comprar flores, en ramos o en macetas. Keiko les regalaba una pequeña flor blanca y amarilla que usaba como adorno de los ramos, mientras preparaba centros de flores de muchas clases, variedades distintas, mezclando colores y olores diversos. Tenía una especial habilidad para conseguir un bonito efecto con todas esas mezclas. Por eso, sus clientes volvían una y otra vez a hacerle encargos. Por eso, Keiko no es una más de los pobres de Osaka que han tenido que dejar su casa para vivir en la calle debido a la crisis de las grandes empresas. Ella es diferente y se pregunta, a veces, porqué está aquí, porqué ha instalado estos enormes cartones de embalar, cubiertos con la lona azul, justo al lado de la fábrica abandonada.


             Keiko ha tenido mala suerte. Su negocio iba tan bien que decidió ampliarlo y para ello compró el local de al lado, una espaciosa sala de té que su propietaria dejó vacía. Pero Keiko tuvo mala suerte. Hasta en cuatro ocasiones fue asaltada por matones que buscaban dinero y que, al no encontrarlo, destrozaron el local, arrastrando las macetas, los floreros y los estantes. Las piezas de tela de seda que Keiko tenía apiladas en una de las esquinas de la tienda también fueron objeto de su ira. Todas las piezas estaban desparramadas por el suelo, pisoteadas, inservibles. Esas visitas siniestras se repitieron varias veces y, entre cada una de ellas, Keiko se empeñaba en mantener su negocio, aunque era muy difícil porque el aspecto desolador del local no invitaba a entrar. Al tiempo que su floristería perdía clientes y decaía a los ojos de todos, la sonrisa del dueño del salón de juegos que estaba dos manzanas más abajo, se ampliaba. Los matones asustaban a la gente porque, además de los destrozos, dejaban una innegable huella de su paso. Una pintada en pintura roja que decía “márchate, zorra”.


             Algunas mujeres de su familia aconsejaron a Keiko que lo dejara todo, que cerrara la tienda y se volviera a la casa de sus padres. Éstos le darían cobijo y comida, mientras, si la mala suerte no perseguía a Keiko también en esto, encontraba un pretendiente al que no importara su carácter inconformista y su escasa disposición al trabajo del hogar. Otras personas le decían que buscara empleo en alguna de las fábricas del este de la ciudad, una de esas imponentes moles de hormigón de las que sale continuamente un reguero de gente que trabaja a turnos. Pero Keiko no quería pensar en ninguna de esas posibilidades. Se horrorizaba imaginando que debía pasar todas las horas de sus días recluida en el hogar familiar, ayudando a su madre en las tareas domésticas o a su padre en las cuentas. Tampoco quería casarse sin amor (oh, el amor- decía su madre al oírla hablar así- esa cosa tan maravillosa e inexistente con la que sueñan las muchachas ingenuas) ni convertirse en una más del largo ejército de seres grises y taciturnos que, cada día, acuden a trabajar a una de las fábricas de la ciudad. Hay fábricas de coches, de ordenadores, de aparatos de música, de envasado, de etiquetas, textiles, etc. Las obreras de las fábricas llevan un aire cansado y anodino cuando cruzan la ciudad en bicicleta, con sus vestidos opacos y sus bolsos en bandolera. En todas ellas parece repetirse el mismo destino, la misma aceptación de un futuro sin sorpresas.


             Keiko no amaba la rutina y prefería abrir cada día su pequeño negocio de flores y plantas, anotar los pedidos en unas libretas rayadas con pastas de cartón, limpiar los cristales del escaparate, sacudir el polvo de los jarrones con un plumero de pavo real, ordenar los estantes y, sobre todo, tocar las flores, separar las hojas estropeadas, plantar, en pequeños tiestos de barro llenos de tierra oscura, las semillas que luego iban a florecer animadas por los rayos del sol…






(Continuará)

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