Mirar por encima de las gafas

Lo confieso. Cuando era chica leí y releí muchas veces Las aventuras de Tom Sawyer, en una edición barata pero completa que compramos en mi casa. Me gustó muchísimo. Sus personajes, la historia, el sentido del humor...Probablemente sea el mejor libro que he leído de esos que llaman juveniles, aunque el término es bastante engañoso. En los días de mi infancia aparecen entrelazados los recuerdos de personas y personajes, como si también existieran y fueran de carne y hueso. Personajes de libros o de tebeos, maravillosas colecciones encuadernadas en rojo que llevaba mi padre o que mi madre encargaba en la librería Cervantes. Seguramente sin esos libros, sin el periódico diario, sin las películas, nuestra vida hubiera sido otra y nosotros mismos no seríamos los que somos.

En Tom Sawyer estaba Tom, pero también la tía Polly, los primos Sid y Mary, la viuda y el río Mississipi, como un personaje más. La tía Polly era, a la vez, estricta y tierna, llena de manías curiosas como la de mirar a los niños por encima de las gafas, porque no los consideraba suficientemente importantes como para mirarlos a través de los cristales. Del libro me llamaba la atención eso de la escuela dominical y algunas partes que estaban llenas del ingenio incombustible de Tom: por ejemplo y, sobre todo, el pintado de la valla, una de las escenas cómicas más extraordinarias de toda la literatura universal. 

Creo que han hecho en 2012 una película sobre Tom Sawyer, que se suma a otras, tanto de personajes, como de animación. Sin embargo para mí el mejor Tom está en las palabras del libro, sin imágenes, solamente con la fuerza de nuestra portentosa imaginación de niños.