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Una experiencia maravillosa



Los que nos dedicamos a la enseñanza por vocación sabemos que, lo que más llena y lo que más satisface de esta profesión es el contacto con los alumnos. Más aún, enseñar a los alumnos, hacerles llegar el conocimiento, compartir con ellos lo que tú has aprendido antes de los maestros y profesores que te precedieron. Los profesores enseñamos muchas cosas, no solamente conocimientos, sino también actitudes, porque somos un ejemplo para los alumnos, para lo bueno y para lo malo, aunque no queramos o no nos demos cuenta. También transmitimos nuestro gusto por las cosas, nuestras aficiones, nuestros valores.

Esta relación entre profesor y alumno es una de las más importantes que pueden tenerse en la vida. Y cuando esa relación cuaja en una promoción de alumnos a los que has podido dejar tu "impronta", entonces las cosas rozan lo maravilloso. Quizá todos vosotros, como yo, recordáis a algún profesor especial, a algún maestro que, todavía, continúa con vosotros, en vuestro interior, con enseñanzas, con ideas, que os resultan cotidianas y que os han servido.

Creo que ya he mencionado a la señorita Mariángeles Maura, mi maestra, la mejor maestra que puede haberse tenido, que nos enseñaba lectura, escritura, problemas, y también teatro, música, poesía, dibujo...Tan buena era esta señorita y tan agradable me hacía la estancia en el colegio, que recuerdo llegar antes de tiempo, antes de la hora de abrir, y sentarme a esperar en el escalón de fuera, aunque hiciera frío, calor o viento (y viento, levante o poniente, hacía muchas veces).

Por eso mismo, os cuento, a vosotros que, como yo, sois maestros o profesores vocacionales (o las dos cosas) este relato en el que todo parecido con la realidad no es, ni mucho menos, una coincidencia: Hace unos días recibí una llamada de teléfono de alguien que se identificó como un antiguo alumno mío. Cuando me dijo su nombre reconocí de inmediato quién era y supe también que pertenecía a un grupo de veintitantos alumnos con los que estuve cinco años consecutivos y con los que llevé a cabo una apasionante experiencia. Más bien la llevamos a cabo entre todos: un proyecto de innovación que se titulaba "La cultura andaluza a través del flamenco, la poesía y el arte". Casi nada. De aquella experiencia salió un libro, que se publicó en 1989 y que fue el primer texto interdisciplinar sobre didáctica del flamenco, que podéis ver en la red.

Hablamos de Gracia, Francisco, Antonio Martínez, José María, Isabel María, Mónica, Nieves, Manolito, Gregorio, Gloria y muchos otros, niños estupendos, veintitantos niños a los que yo impartía clases de Lengua, de Historia, de Música (de Flamenco, claro) de Historia del Arte, de Literatura... Leíamos poesías, escribíamos historias y relatos, aprendíamos las cosas del pasado y cantábamos coplas y hacíamos compás con los nudillos, sobre las mesas verdes del aula. Teníamos un cuaderno de autógrafos, y miles de anécdotas, como ese día en que un rebaño de ovejas cruzó el patio sin vallar e inundó el recreo, o esa otra vez, en que plantamos pinos en lo que antes era un erial.

Nuestra clase estaba llena de artilugios, las cosas más modernas de aquel momento, incluido un teléfono desde el que aprendían a hacer gestiones de todo tipo; un equipo de música y muchas otras cosas (ordenadores no, porque entonces no los había). Qué tiempos tan estupendos, cuántas cosas hacíamos, qué agradable resultaba llegar por las mañanas y tras hacer tareas de gestión (porque parte del horario lo gastaba en el Equipo Directivo, del que formaba parte como Secretaria), dedicarme a esos niños, a esas clases, a esos momentos en los que recibíamos artistas o aprendíamos miles de cosas, o recorríamos Sevilla...

Una de las actividades que más interés tenían y que más nos gustaban eran las Propuestas de trabajo sobre lectura, siguiendo, a nuestro modo, el Método de Lectura Creadora de María Hortensia Lacau, que yo había puesto en práctica con anterioridad en otros centros. Pues bien, con nuestras Propuestas de lectura, los alumnos no solamente leían libros, leían más y mejor, sino que fueron capaces de crear, de componer, de adentrarse en la escritura creativa. Cuentos, relatos, tebeos, hojas ilustradas, poemas con rima y sin rima, pequeñas historietas, cartas, resúmenes, composiciones, todo lo que significa el manejo y la destreza en el lenguaje escrito, todo lo que significa la emoción de las palabras, tenía cabida en nuestra tarea cotidiana y eso les hizo disfrutar, nos hizo disfrutar, y también aprender.

Estos niños, como una milagrosa ola que va y viene hasta volver a su playa, han reaparecido en forma de llamada telefónica y de correo electrónico. Parece que el vaivén de la vida va a hacer posible que nos encontremos en un próximo día, en el que ellos serán treinteañeros y yo seré su señorita, a la que, según dicen, no han olvidado nunca. Qué queréis que os diga: después de tantos años el encuentro con esos niños es lo mejor que me podía pasar, mucho mejor que una medalla de oro, mucho mejor que lo mejor...A vosotros os ocurriría lo mismo, estoy segura, por eso os lo cuento.

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