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Pétalos de poesía


Dicen que no es tiempo de poesía. Que escribir o leer poesía es algo que no está de moda. Pero yo pienso que no es así, que la poesía, como manifestación literaria más cercana a lo abstracto, a los sentimientos en estado puro, siempre tendrá su sitio. En realidad, todos los escritores quisieran ser poetas, quisieran dejar, en unas pocas palabras, una huella indeleble en sus lectores.

Traemos aquí el nuevo libro de un poeta español actual, Luis Alberto de Cuenca. Se llama "El reino blanco". De él ha escrito en Diario Sur.es, Alfredo Taján, lo siguiente:

'El reino blanco' se abre con un capítulo onírico y distante, escéptico y delicado. Debo confesar que me sorprendió el arranque sombrío del celebrado poeta vitalista. De los poemas 'Sueño de mi padre' o 'Sueño turco', quisiera destacar su atmósfera inquietante, de 'La maleta perdida', esta declaración: «Aquel lugar no era de este mundo: por eso me dejé la maleta en el tren»; y sigue el poeta secuestrado por la muerte enamorada avanzando por el camino verde, donde mueren los cisnes, entre hojas de otoño; De cuenca reflexiona, templado y elegante: «Pasan las horas, lentas como un suplicio antiguo...», más tarde, ese sutil desfallecimiento le sirve para reconocer a los amigos, en 'Donde habite el olvido': «¡Ay, cómo ansío olvidarme de todo, no sólo del camino de regreso, y quedarme a vivir en lo oscuro para siempre, entre sombras que no me reconozcan, desnudo en el vacío de la última frontera», y a la mujer maltratada: «La vida parece una tumba donde me has enterrado viva»; pero, de pronto, vuelve De Cuenca por sus fueros y de repente irrumpen los humores lascivos del verso clásico...

De los Quince haikus asonantados me fascinan 'El faro': «Tú eres mi faro. Y tú tienes la culpa de mis naufragios», 'Duda metódica': «Dime, tú estrella, si tu cielo es un premio o una condena», 'Metamorfosis': «Haz un milagro: convierte en cuerpo de oro mi alma de barro» y 'Freud': «Todo en la vida se reduce a dos cosas: sexo y comida»; de las Seguidillas Fetichistas, 'Renovarse o morir': «¿De qué armario de diosa mesopotámica sale tu lencería de seda y grana? -De un millonario. Que es quien ha renovado mi vestuario». 'El reino blanco' se ajusta a los poliédricos intereses estéticos de este escritor, ya un clásico, que desde sus comienzos ha sabido hacer intelectual lo más banal, y viceversa; de esa forma, el contraste de sus temas, desde el cómic al vampirismo, desde Virgilio a los exiliados y efímeros Lascáridas de Nicea, de la epopeya de Gilgamesh a Francisco Nieva -por cierto título de uno de sus ensayos-, contaminan la figura del filólogo clásico, al que hacen sombra sus fetiches particulares, extraídos de la pantalla del cinematógrafo o de la cultura urbana en general: la princesa Leia, Tintín, Laurel y Hardy, Lulú, los personajes de Disney, una catarata de instantes épicos se han fijado en la memoria de este curioso diletante que además es un poeta de raza, que aprendió a escribir -según él mismo declara-, leyendo a Juan Ramón Jiménez y a Pere Gimferrer, entre otros.

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