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No dejes de leerlo


Acaba de ver la luz un libro. Leerlo es una de las cosas que podemos hacer por reparar la vergüenza de un silencio tan prolongado. He recogido la reseña del libro y, más abajo, unas palabras sobre el mismo de Antonio Muñoz Molina, siempre atento a lo que significa la dignidad del ser humano, que se publican hoy en su sección de Babelia (El País):

El infierno de los jemeres rojos. Testimonio de una superviviente

Denise Affonço Libros del Asteroide

Sinopsis:
Denise Affonço trabajaba en la embajada francesa en Phnom Penh, la capital de Camboya, cuando los jemeres rojos tomaron el poder en abril de 1975. Affonço y su familia fueron deportados al campo, como la mayoría de los habitantes de las ciudades camboyanas; el régimen había decidido instaurar un estado agrícola y todos los ciudadanos fueron obligados a trabajar la tierra. La dictadura se prolongó cuatro años y durante este periodo la población tuvo que soportar hambrunas, enfermedades y ejecuciones sistemáticas. El régimen segó la vida de la cuarta parte de los habitantes del país, cerca de dos millones de personas.
En El infierno de los jemeres rojos, Denise Affonço relata su experiencia durante aquellos años y para ello se basa en los cuadernos que escribió en 1979, pocos meses después de ser liberada, mientras preparaba su testimonio en el proceso contra Pol Pot, principal líder de los jemeres rojos.
Este libro es uno de los escasos testimonios publicados sobre el terrorífico régimen que se mantuvo en el poder en Camboya entre 1975 y 1979 y uno de los más desgarradores relatos sobre la opresión política que han visto la luz en los últimos años.

Antonio Muñoz Molina (Suplemento Babelia del 31 de octubre de 2010)

El testimonio de Denise Affonço llega a nosotros con treinta años de retraso. Leerlo es sentir vergüenza de la condición humana y escándalo ante la injusticia insondable del mundo. Sobrevivió cuatro años reducida a una especie de animalidad hambrienta y aterrada, arrastrándose cada día desde el amanecer a los campos de arroz, alimentándose de raíces amargas, de cucarachas, de hormigas, de lombrices, de saltamontes, disputándole a los perros y a los cerdos las sobras de las comidas de sus verdugos, sin más descanso que algunas sesiones de adoctrinamiento y cantos de himnos revolucionarios. Pero su mayor sorpresa no fue sobrevivir. Fue comprobar que casi nadie quería escucharla.

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