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Una historia real


Hawai-Bombay

Las niñas se vistieron de nativas. Llevan faldas de vistosos colores, cintas en la cabeza y collares al cuello. Las madres han cosido las ropas y han ensartado las cuentas de los collares. Los niños llevan un peto de colores y una lanza de plástico, que sólo hace cosquillas. Durante días estuvieron ensayando al son de esa música de moda. Todos, sin excepción, se balanceaban al compás de “Mecano” y canturreaban la canción en voz baja.

No hubo selección. No dijimos: “los que sepan bailar, los que no tengan vergüenza, los que quieran salir…” No. Todos los niños, cuarenta, saltaron al escenario para recibir el aplauso de sus madres y de sus abuelas. Todas sonreían. Miraban a los niños con las caras pintadas y las grandes argollas en las orejas y sonreían. Estaban felices y algunos niños, que no sabían leer bien y que tenían la letra torcida y llena de formas irreconocibles, rieron también y tuvieron el premio de verse, sobre el escenario, moviéndose con esa música tan especial y agitando las manos, una vez y otra, imaginando que estaban tendidos al sol de una playa del Caribe. En un paraíso…

El viejo colegio sombrío, que a menudo se llenaba de gritos, de riñas, de discusiones, esa mañana se abrió plagado de luz y, entre bambalinas, algunas maestras corrían de un lado a otro preparando las actuaciones como si fuera un estreno en el Real. Era la primera vez que aquel salón, a menudo lleno de muebles viejos, de mesas y sillas torcidas, de restos de armarios, de libros amontonados, se limpiaba y se convertía en un teatro para todos.

Por eso, aquellas maestras y todas las madres estuvieron muchos días limpiando, cosiendo, adornando, colocando todo aquello que era necesario para que se levantara el telón. El viejo aparato de música se cambió por otro reluciente que alguien trajo de su casa y, al fondo se colocó un escenario, construido con mesas y tablones, coronado por una cortina de raso azul celeste que, al abrirse, dejaba ver un universo de palmeras, de cocos y de monitos colgados de lianas, correteando por los árboles. Cuando empezó la música cesó el ruido y todos los niños se colocaron allí, perfectamente dispuestos en sus posiciones mil y una veces ensayadas, ellas con las manos en la cintura y ellos levantando la pequeña lanza de plástico de color gris y dorada de purpurina.

La música duró cuatro minutos y, al finalizar, cayó sobre los niños una lluvia de aplausos incluso sobre aquellos que nunca más tendrían otro motivo de felicitación, porque eran niños que no sabían leer, que no entendían las cosas y que tenían una letra extraña, como si las hormigas hubieran correteado sin control sobre las libretas surcadas de rayas anchas.

Al otro día el colegio volvió a la oscuridad. La directora, que era joven y tenía una voz chillona e intempestiva, decidió que no habría más música ni más jaleo. Tiró a la basura todos los restos de la función, guardó las cortinas en una caja que se llevó al trastero y dijo que aquello había sido un desastre. Que alguien le había contado (porque ella no asistió, estaba ocupada en otras cosas) el barullo que se había formado y cómo algunos niños saltaban encima del escenario y algunos otros se escondieron en un hueco que formaba la esquina del salón y las madres gritaban o se reían…un desastre puro que no se podía repetir. Y no se repitió. Nunca más en ese colegio, mientras esa directora joven y de voz intempestiva estuvo por allí, se usó el salón para oír música o hacer teatro.

Pero los niños…aquellos niños de Hawai-Bombay, aquellos que bailaron al compás de la música del paraíso, esos se reían a solas por el patio y eran felices a pesar de que muchos de ellos no sabían leer y tenían una letra grande y desgarbada, que no se entendía y que, según la directora, iba a llevarlos directamente al fracaso escolar, que debía ser un sitio terrible del que era imposible volver.

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