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Lágrimas



Rafa Nadal acaba de ganar su quinto trofeo Roland Garros. Cuando el partido ha terminado, Rafa se ha sentado a llorar. ¿Descarga de adrenalina? ¿Tensión? ¿Sufrimiento? ¿Alegría contenida?

Más tarde, un periodista le ha preguntado cómo pensaba celebrar el triunfo, que le volverá a colocar, en unas horas, como el número 1 del tenis mundial. Este ha sido el diálogo, más o menos:

¿A qué se debe este nuevo triunfo?- pregunta

A que hemos trabajado bien y duro-respuesta

¿Cómo piensas celebrarlo?- pregunta

Entrenando mañana para el torneo de Queens- respuesta.

Nuestros alumnos, que tienen en los deportistas de élite a algunos de sus ídolos, bien podrían reflexionar (y nosotros ayudarles a que lo hagan) sobre lo que significa el esfuerzo, el trabajo y la lucha para conseguir el éxito y el triunfo. También, de paso, sobre las palabras de Nadal: el uso del plural para hablar de lo que ha conseguido. Esto siempre me llama la atención, cómo estos grandes del deporte siempre usan el plural para hablar de sus hazañas. Ese plural es muy distinto del yo que muchas personas utilizan para contarnos cualquier cosa nimia que se atribuyen a sí mismos, a veces, alegremente. También me ha impresionado su respuesta a la segunda pregunta: va a celebrar el éxito trabajando. Es decir, que nada de lo que ha logrado es un golpe de suerte, sino el resultado de trabajar, trabajar y trabajar.

Como en nuestra cultura latino-mediterránea el trabajo está tan mal visto y hay mucha gente que aspira a vivir sin trabajar o a trabajar lo menos posible y que no se note, es una satisfacción ver que esta gente tan joven, dedica tanto esfuerzo y tanto tiempo de su vida a conseguir sus logros. Y lo mismo da que el logro sea uno u otro. La satisfacción del trabajo bien hecho es algo que a todos debería llenarnos de orgullo, debería bastarnos. El trabajo, el esfuerzo, la lucha, la batalla por hacer las cosas y hacerlas cada vez mejor, deberían ser ideas básicas en la formación de nuestros alumnos y no pensar que el mundo se ha hecho a base de golpes de suerte.

Dos ideas se me vienen a la cabeza al hilo de esta reflexión que os hago ya casi a finales de curso, cuando nuestros alumnos están encarando la recta final, que viene llena de exámenes y horas de esfuerzo: la primera idea es que la literatura no es tampoco una cuestión de simple talento y de un momento de inspiración. Requiere oficio, trabajo (de nuevo la palabra), esfuerzo, dedicación, voluntad y tiempo. Los buenos escritores tienen un talento inicial que ellos nos ofrecen por medio de sus obras y para conseguirlas tienen que estar muchas horas y muchos días pensando, dándole vueltas en la cabeza, escribiendo, corrigiendo...

La segunda idea tiene que ver con el concepto del trabajo bien hecho, ése que, pienso, debemos intentar que nuestros alumnos entiendan en su mejor sentido y que se hagan partícipes de ese concepto para siempre. No importa el trabajo que uno haga, por muy humilde, escondido, sacrificado, que sea, por muy poco brillo que tenga, por muy sencillo que parezca, no importa si se hace con dedicación, dignidad, profesionalidad (esa mágica palabra que reivindico), aplicando lo mejor de uno mismo a hacer las cosas bien. En nuestro Instituto tenemos muchos ejemplos de trabajo bien hecho, porque, afortunadamente, la mayoría de las personas pensamos así, pero hay un caso que todos conocéis y que me parece clarificador: esa persona a la que acudimos cuando lo necesitamos, cuando hay que arreglar, colocar, preparar, algo. Julián. ¿No os parece que es un ejemplo claro y cercano de que, cuando uno se toma en serio su trabajo, las cosas salen bien y todo el mundo es capaz de apreciarlo? Cosas tan sencillas como arreglar un grifo, colocar las luces, colgar los cuadros y los carteles, ajustar, medir, para que todo esté a punto. Y ¿qué me decís del sistema de riego que ha ideado y construido, según el cual nuestras plantas no se mueren de sed en verano, cuando estamos de vacaciones, porque las de exterior tienen sus "periquitos" soltando agua y las del interior están en una especie de invernadero, que él ha inventado?

Julián, que no se va a enterar de estas palabras porque no sigue este blog, nos ayuda todos los días a que la vida en el Instituto sea mejor, más agradable y más cómoda.

Y ese alguien que tuvimos tan cercano, que era tan trabajador y hacía su tarea con tanto amor, durante toda su vida...¿cómo no recordarlo viendo llorar a Rafa Nadal?

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