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La casa de adobe con tejado de chapa. Lucia Berlin.

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  Hay un cuento de Lucia Berlin que se titula así: La casa de adobe con tejado de chapa. Está en su libro Una noche en el paraíso, un conjunto desigual de cuentos, no porque los haya malos y buenos, sino porque son desconcertantes, extraños. Los llamamos cuentos pero también se podrían llamar historias, relatos, cosas escritas...Sin más. Ella misma es bastante desconcertante y a veces suscita miedo. Tendrá que ver con su vida o con su modo de ser. Dicen que era una persona valiente y por eso la envidio un poco. La valentía, el arrojo, el coraje, son de esas cualidades que te marcan la vida. Y si no tienes nada, si eres pobre de solemnidad, si tu vida no se considera edificante ni imitable, entonces todavía es más meritorio. Ser arrojada en esas circunstancias se me antoja muy difícil, casi imposible. Debe ser que hay personas que no miran hacia fuera cuando actúan sino solo hacia dentro, hacia su propio ser y esto las desconecta de las críticas y el desprecio. También envidio a esas pe

Sonido de hojas secas

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  Eso tan sencillo de reunirse, acercarse, tomarse las manos a modo de saludo, besarse en la calle y tomar el sol que avanza sin prisa en las mañanas de otoño, es ahora mismo un lujo, una entelequia, una difícil empresa que nos maravilla si somos capaces de llevarla a cabo. No sé cuánta gente se piensa muy bien poner un pie delante de otro, descolgar el teléfono, pedir la cita en la peluquería y quedar con alguna de esas amigas cuya voz al teléfono nos alegra pero cuya visión cercana necesitamos. De modo que esta nueva epopeya de sobrevivir y de vivir al mismo tiempo, es nuestro principal objetivo. No nos damos cuenta, o sí, pero si somos capaces de conjugar la precaución con la cotidianeidad, aunque con condiciones, estaremos dando un paso de gigante. Y no es baladí, ni es poca cosa, sino muchísimo y flagrantemente necesario. Porque ya no tenemos más reservas interiores que lanzar al aire. Porque hemos leído muchísimos libros, oído muchísimas canciones, visto muchos vídeos, películas

Los días perdidos

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A woman irons while watching T.V., 1952. Nina Leen Los personajes de las fotografías de Nina Leen no posan, están. No son parte del paisaje ni del contexto, sino que ambos se subordinan a ellos, a sus historias. Cada historia es diferente y se escribe con un sonido diverso. A veces no les vemos los rostros, o no percibimos su expresión, pero hay un pequeño detalle, o muchos, que nos desvela la trama. Es un relato de misterio que lleva a un desenlace no siempre satisfactorio. Esta es la virtud principal de una fotógrafa que conservó en su vida muchos puntos oscuros, quizá porque, de ese modo, era más fácil ocultarse a los ojos de quienes contemplaban su obra.  La mujer que plancha mientras está sentada mirando la televisión parece querer huir de una realidad que no le gusta. Hay un contrasentido entre el vestido, que podría servir para dar un paseo bien acompañada, y el desaliño de la casa y su actitud misma. El trabajo doméstico no parece gustarle. De modo que lo intenta

Que una flor de papel preside el aire

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Colin Firth se marcha raudo en un Studebaker y huye de la rutina de esa mansión angustiosa y verde. No hay esposa, no hay hijas, solo tradiciones sin sentido y una necesidad de saber que no ha sido su culpa todo eso. Al otro lado del coche un sagaz mayordomo le ha ofrecido una copa de champán, la última y ha mantenido la vista fija en la copiloto, esa rubia tan parecida a Chastain , pero, que, sin embargo, parece renegar de la fama y de los conflictos. Miente, mentimos, nos mienten, eso es seguro. Una brisa marina envuelve Bath , al otro lado del mapa y de la historia, y ese olor penetrante del sulfuro, de los baños romanos y de las sales confitadas a ras del suelo, atraviesa la atmósfera silente, mientras las elegantes sueñan con que el hombre que buscan va a aparecer sin duda, en algún horizonte. No así las mujeres que medran en la sociedad de Nueva York y que Edith tan bien conoce, tanto que las retrata una y otra vez sin cansarse, como si tuviera que dejar testimonio de ellas

La tienda de los libros

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(Fotografía: Nina Leen) Un día, en un pequeño local que había quedado vacío cerca del patio de Bernabé, instalaron una tienda de libros, un lugar al que podías acudir a cambiar tebeos, novelas del oeste y de amores, todo muy barato. No era una librería al uso, sino un espacio alargado, atestado de novelas, cuentos y tebeos, que se ponían a disposición del cliente sobre el mostrador de madera. El sistema era muy sencillo: había precios distintos para cambiar según fueran las ediciones nuevas, regulares y viejas. Las nuevas eran bastante más caras y poco asequibles para el alcance diario de los bolsillos, pero de vez en cuando, los lectores empedernidos de Marcial Lafuente Estefanía o las lectoras de Corín Tellado, hacían el gigantesco esfuerzo por conseguir leer lo último de sus queridos autores. El reducido espacio de la tienda estaba plagado, por las tardes, de aficionados a la lectura que se pasaban las horas contemplando las nuevas adquisiciones y buscando ejemplares

Los hombres airados

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     (Lauren Bacall fotografiada por Nina Leen en 1945)       Algunos de aquellos hombres eran oficinistas y otros militares. Los había que trabajaban en astilleros, gente de la hostelería, peritos mercantiles, fotógrafos. También pequeños empresarios y comerciantes. Lo que no se encontraba era gente en paro. El paro no era una preocupación para aquellas personas que habitaban la calle, un mismo espacio geográfico en el que todos, o casi todos, se conocían desde siempre.  En las familias se producía una curiosa situación. Las mujeres intimaban entre sí, formaban un frente común ante los problemas, hablaban de casi todo y compartían dudas, café y risas. Los niños iban juntos al colegio, jugaban en la calle o en las huertas y celebraban los cumpleaños con piñatas y tartas. En el verano, volaban las cometas, que ellos llamaban barriletes, y cuando alguien de otra calle le pegaba a algún pequeño, a modo de legión romana todos se atribuían el derecho a la venganza. Por su

La otra Rebeca

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Ella era una cinéfila militante. Había nacido en el año cuarenta y eso debió imprimirle carácter. Era la época de las grandes divas y este tema no podía pasar desapercibido para una muchacha que vivía pared con pared con un cine-teatro que ofrecía sueños por poco dinero. Tenía una imaginación a prueba de post-guerra y soñaba con el último actor al que veía en la pantalla grande. Más que soñar, se inventaba una historia completa, al modo clásico, con planteamiento, nudo y desenlace. El desenlace era feliz, salvo en algunos casos en los que se imponía la nostalgia del alejamiento. Concesiones al neorrealismo. Los héroes del cine eran hombres de verdad y no como los que se encontraba en el paseo, por la Alameda, o en las orillas del río. Por cierto, que el río le dio disgustos a menudo, hasta que lo canalizaron y lo convirtieron en un río de mentira, un río sin corriente de agua, una especie de bañera flotante. Un asco.  Las salas de cine tenían un misterio especial pero tambié

Adiós

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(Foto: Nina Leen, 1947) No lo llames decepción o desamor o desistimiento o desdicha. Llámalo por su nombre: un adiós sin más adornos, sin más explicaciones, sin más lágrimas. El adiós es siempre un simulacro pero, cuando la vida lo escribe de verdad, entonces todo sobra. Daría igual que hicieras preguntas, que pidieras perdón, que te lanzaras al ridículo que sigue a toda huida. Daría igual que te apesadumbraras, que te sintieras culpable, que te convirtieras en un alma desconsolada y sola, perdida en una adversidad sin límite. Todas esas cosas ya no sirven. El adiós es un golpe seco. Un "ya nunca más", un "olvídame", un "hasta aquí he llegado". Y no tiene vuelta de hoja. Nadie puede convertir el adiós en hasta luego, ni puede hacerse perdonar lo que no existe, ni puede bucear en un alma cerrada como las ventanas ante el viento del sur, que quiere invadirlas pero ellas se resisten. Es un adiós y no podrás hallar razones más lejos de su propio enunci

Cosas que quería contarte

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  ©Nina Leen para Life Una amiga y yo hablamos de nuestras cosas. Esas cosas son, en realidad, las mismas de las que todo el mundo habla cuando pega la hebra al teléfono. Esta amiga y yo solemos mantener el contacto telefónico con frecuencia y, sobre todo ahora, cuando los paseos y las cervezas están proscritos. Nos parece raro no vernos en persona, porque solemos entendernos muy bien y darnos consejos mutuos que son sabios. Pero, la mayoría de las veces, no hablamos, en concreto, de "nada". Es decir, ya no necesitamos actualizar noticias o dar cuenta de algo desconocido. Nos conocemos y por eso nuestras conversaciones son de cosas que han pasado a la categoría de historias. Cómodamente. Sin permiso.  Tengo algunas otras amigas así. Hablamos de vez en cuando. En tiempos corrientes, nos vemos de vez en cuando. Seguimos el hilo por donde lo dejamos y, en ocasiones, surge una confidencia especial, interesante, algo nuevo, aunque la mayoría de las veces todo se queda ahí, en una

Todos callamos

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  (fotografía de Nina Leen) En el chat familiar compartimos noticias hasta que el asunto se pone peligroso. Hay determinados temas que provocan un cortocircuito cada vez que se tratan. Cada uno adopta una actitud: la indiferencia, la desaparición, la ignorancia, el ensueño, la fantasía, el autoengaño. No es posible tratarlos con cierta objetividad, de manera que se puedan extraer conclusiones y limpiar un poco la ciénaga de los recuerdos. No es posible porque nadie ve el mismo punto de vista, nadie observa lo mismo y nadie quiere empezar a reconocer su parte de responsabilidad en lo que quiera que ocurrió.  Lo normal es que el terreno pantanoso aparezca inocentemente, después de una charla amigable. Esto es así porque los lazos están mal anudados, porque hay preguntas sin respuestas y porque hay quien no quiere hacérselas. Es mucho mejor mirar hacia otro lado, revestir esto de una especie de bondad de boy-scout, de inocencia primigenia, de perdón. Pero para perdonar hay que saber y par

El amor es un rito de belleza

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Hubo un tiempo que ahora parece lejano e imposible en que, a la salida del trabajo, nos íbamos a tomar una copa de mediodía a uno de esos sitios que te hacen sentirse como en casa. Llegábamos las tres, Ángela, Aurora y yo, invariablemente bien vestidas y peinadas, cada una en su estilo pero todas con estilo, y nos acompañaba, como si fuera un caballero andante que no se cansa nunca de ayudar en las compras, nuestro amigo Leo, infatigable, inteligente, guapo y casado.  De modo que esas sobremesas se extendían porque ninguno teníamos la prisa suficiente como para cortar la conversación que seguía al aperitivo. Siempre acabábamos hablando del amor, de los amores en general, de los hombres y las mujeres, sin viceversa alguna. Ángela no se había casado nunca y parecía que esas cosas le eran muy ajenas. Su falta de coquetería, a pesar de cierta distinción de familia, siempre nos llamaba la atención. No se detenía demasiado tiempo ante el espejo, siempre vestía de azul oscuro, casi negro, y l

"Tormenta en Cape May" de Chip Cheek

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Chip Cheek es un desconocido y esta es su primera novela. Los protagonistas son Henry y Effie, una pareja muy joven que acaba de casarse y que decide, en su viaje de novios, pasar unos días en la vieja casa familiar de la chica, allá por Cape May, junto al mar, un mar otoñal, de gaviotas varadas, de tormentas y de lugares vacíos.  Los sitios de veraneo son inhóspitos cuando acaba la temporada. Resultan tristes y patéticos. La humedad se cuela por las puertas sin que haya forma de luchar contra ella y el suelo está pegajoso, como si el sol hubiera decidido hacer huelga hasta la próxima temporada. Los sitios de veraneo de playa están hechos para una temperatura tórrida, para vestidos de tirantes, bañadores atrevidos y paseos descalzos. Pero la pareja llega cuando apenas queda nadie y tiene que construirse una luna de miel con lo que hay, algún colmado, algún bar, poca cosa.  Y Clara Strauss. En una de las casas de la calle de al lado, una casa grande, con piscina, jardín y a