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William Gifford, el editor que adoraba a Elizabeth

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  (Pintura. Joaquín Sorolla y Bastida) Cuando en el año 1813 se publica por primera vez "Orgullo y prejuicio" , en edición del experto en temas militares Thomas Egerton, hubo quien se sintió escandalizado ante el personaje principal, Elizabeth Bennet , su desenvoltura y descaro, así como con el estilo de vida de la familia entera, con una madre cabeza de chorlito y un padre aislado en la biblioteca. Lo peor de todo, a juicio de los críticos académicos, era que en la historia no había castillos, ni fantasmas, ni secuestros, ni fastuosos carruajes, ni heroínas que sufrían el desdén de caballeros imposibles. Las muchachas del libro podían ser tildadas de frívolas o de casquivanas o de independientes, pero, desde luego, no tenían el perfil "adecuado" a lo que se consideraba razonable en las protagonistas. Una escritora de la época Mary Russell Mitford afirmó que solo una "absoluta carencia de gusto podría engendrar una heroína tan impertinente y mundana". Y, d

Jane se autopublica

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Dado que Jane Austen pudo llevar a imprenta su libro "Sentido y sensibilidad" en enero de 1811 con el sistema, frecuente entonces, de "ir a comisión", puede decirse que lo que hizo fue, con palabras de hoy, autopublicar su libro. El primero que vería la luz de todos los que ya tenía escritos sin suerte alguna. Los escritores de ahora que pierden la esperanza deberían ver este ejemplo. También en tiempos de Jane se publicaban libros malos y se dejaban sin publicar libros buenos. Lo suyo fue una especie de persistencia y, quizá, de justicia divina, pero por poco nos quedamos sin poderla conocer.  "Sentido y sensibilidad" fue aceptado para ser publicado, gracias a la intermediación de su negociante hermano Henry, en el invierno de 1810 por el editor de temas militares Thomas Egerton. La primera tirada constaría de setecientos cincuenta ejemplares, a los que ella aportaría la cantidad de ciento ochenta libras para gastos. Ese dinero, en realidad, no esta

"Tosantos" en el mercado de La Isla

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  (Caravaggio. Cesto de frutas) Los Tosantos comenzaban con la llegada de los cestos de fruta y otros productos que el padre hacía enviar a la casa. Peros, granadas, boniatos, uvas, manzanas, castañas, nueces, naranjas, almendras...la fruta del tiempo venía en un enorme canasto de mimbre. En otro cesto, envuelto en papel de plata, venían los dulces: los huesos de santo, los buñuelos, las empanadillas de cabello de ángel, las tortas, las canastillas de hojaldre, el mazapán, la fruta escarchada...El rito de todos los años en estas mismas fechas, los días finales de octubre previos al comienzo de noviembre.  (Puestos en la plaza de abastos de Cádiz. La Voz Digital) Por las noches íbamos a la plaza nueva de la calle Bonifaz a ver los puestos decorados o al mercado central, en las espaldas del ayuntamiento. Los puestos tenían a los pollos vestidos de señores, a los conejos con sombreros, a las frutas convertidas en toda clase de hadas risueñas. Todos los puestos rivalizaban por ver quién se

"Papá se ha ido de caza" de Penelope Mortimer

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Este es el segundo libro que la editorial Impedimenta publica de los escritos por Penelope Mortimer (1918-1999). La vida de esta autora es tan interesante como sus propios libros. Es más, podríamos decir que en esa vida encontró el principal vivero de temas de su literatura. Esos temas se resumen en las relaciones entre parejas y todo lo que circula alrededor. Hay una visión pesimista que es un reflejo de lo que Mortimer había vivido. Ese desánimo bien podía venir, incluso, de su infancia, con un padre escasamente protector, más bien todo lo contrario.  Penelope Mortimer publicó su primera novela con el nombre de Penelope Dimont porque ese era el apellido de su primer marido, Charles Dimont, corresponsal de la agencia Reuters. Ella había nacido en un pueblecito de Gales en 1918 y durante los años que van desde 1937 hasta 1949 estuvo casada con Dimont con el que tuvo dos hijas. Luego conoció a John Mortimer, del que tomó su apellido y con el que tuvo un hijo y una hija. Entre

Everything Happens To Me

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(Foto: Peter Lindbergh) Uno de los dos tenía los ojos verdes. Quién puede saberlo después de tanto tiempo...Y sonaba la música sin estorbar, allá, al fondo del local, con esas luces que parecen no alumbrar, que esconden más que muestran. Tan tarde, que los bebedores locales se habían marchado, tambaleándose, a cualquier otro garito de peor fama. La fama de los bares es inversamente proporcional a la bebida que venden, dijo alguien que debía ser muy enterado. Pero nosotros teníamos demasiado poco tiempo como para gastarlo en conversaciones. La música, eso sí, lo hacía por nosotros. Siempre hemos sido muy de jazz y muy de soul, aunque el sur nos haya traído otra cosa en vena. Pero quisimos nacer en el este de los Estados Unidos, y veranear en el oeste, incluso pasear por el norte en tiempo de nevadas y buscar en el sur alguna perla negra. Hans Stamer susurra, Chet Baker recita y Sinatra la eleva al aire. La misma canción puede servir para cualquier cosa que necesites, mucho más si

Bodas y Spencer Tracy

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  (Fotograma de "El padre de la novia" con Elizabeth Taylor como Kay y Spencer Tracy como Stanley, su padre. Dir. Vincente Minnelli, 1950) Cuando veo películas de bodas siempre recuerdo los lirios azules. Eran de tallo largo y estaban anudados con un lazo gris. Todo en esa boda era azul, incluso el escenario, al borde del mar del levante. El viento azotaba como en esos días en los que hay que sujetarse la falda y el juzgado no parecía un telón de fondo muy romántico, aunque lo fue. Hubo otra boda antes, de rosa y verde, pero, en realidad, aunque con más protocolo y más gasto, no llegó a la íntima fastuosidad de la boda de los lirios.  Spencer Tracy (1900-1967) es el padre de la novia y derrama su encanto por la película al modo Minnelli, con elegancia y una experta vocalización llena de chispa. Aunque ha habido otro remake nadie hay comparable en el cine con la bondad irónica de Tracy, que fue actor vocacional, padre entregado y una persona en la que se podía confiar. Su hij

Ana, lo que cuenta

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  Hay una generación de mujeres que construyeron, con un esfuerzo formidable, las bases de la vida que ahora tenemos. Madres de familia, trabajadoras constantes en el hogar, amas de casa. De profesión, sus labores, decían los carnets de familia numerosa y los documentos oficiales. Como si fuera poca cosa. Pero no. Esas labores de las que se habla no terminaban nunca. Desde el amanecer hasta que el último hijo se recogía en la casa por la noche, cuando ya estaban en edad de salir, esas mujeres eran la batuta que dirigía la vida familiar con mano firme. Todas ellas sabían que el sacrificio era su forma de ser y todas entendían que los problemas iban a llegar y a convertir la existencia en un dilema perpetuo. Estaban las alegrías, desde luego, las nochebuenas, las fiestas, las comuniones, los bautizos, las bodas. En esas ocasiones resplandecían los vestidos nuevos, el arreglo de la peluquería, los zapatos que te molestaban un poco. Pero merecían la pena, porque eran los oasis entre lo cot

"Brillaba abandonado sobre el suelo"

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  Las ciudades tienen su propio código, su perspectiva, su historia. No solamente la que ocupa los siglos pasados, la que está llena de personajes, de batallas, de relatos con nombre y relatos anónimos, la que aparece en los libros o en los mapas de carretera. Las ciudades son algo más. Conservan un latido diario que algunas veces pasa desapercibido pero que, en otros momentos, se muestra esplendoroso, fortísimo, ineludible. Las músicas se suceden en un torbellino vertiginoso, al tiempo que los pasos la recorren. Los carteles luminosos, los escaparates, los vehículos, todo se mezcla en un genial batiburrillo de emociones que trazan en el suelo los números que guardan su secreto. Las ciudades son el espacio vital en el que cada uno describe una historia cierta, poderosa y cercana. Las ventanas se abren a un horizonte claro, los cielos cambian su color cada una de las horas y, sin darnos cuenta, llevan la huella de los años, la gente y la esperanza que destilan.  Título: Verso de María S

Elogio de la quietud

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  Cuando los impresionistas representaban en sus obras odaliscas, prostitutas o modelos, Mary Cassatt decidió que iba a darles presencia a las mujeres cotidianas, a las que llevaban una vida normal, a las madres de familia, que no ofrecían una biografía espectacular sino que cuidaban a sus hijos, sus casas o sus jardines. Puede parecernos un tema anodino pero era verdaderamente revolucionario, precisamente porque lo que se llevaba entonces era todo lo contrario. Salvar de la vulgaridad a las madres y a las mujeres sencillas fue un acto de valentía que tuvo muchos detractores, pues consideraban que no merecía la pena gastar pintura para esto. Pero ella, hasta el final de su vida en la que cedió al gusto de los marchantes y se dedicó a pintar con pastel escenas edulcoradas y poco realistas, tuvo siempre la intuición de que en esa cotidianidad había una fuente de inspiración perfecta.  La maternidad de Mary Cassatt (ella que no se casó ni tuvo hijos) se expresa en forma de abrazos conteni

Esperaste, paciente, la llegada

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Podría haber sido una terracita muy coqueta cerca del río. O un antiguo café del centro, de esos que tienen en las paredes cuadros de películas. O la cafetería familiar, la de siempre. O, quizá, siendo aún más exagerados, un pequeño bistrot en la orilla izquierda, un restaurante italiano en horas bajas o la librería que sirve helados en el centro de Dublín.  Nada de eso. En tiempo de tormenta, la bonanza es tan solo un enclave geográfico que tú ni siquiera conoces. Las velas de esos barcos que me tuvieron cerca se volvieron despacio hacia otro lado y tú ni te enteraste, ni te fuiste. Esperaste paciente mi llegada y el artilugio se volvió sonoro, firme, seco, libre, tierno, amable, complaciente y tengo que decir que esperanzado.  Todas las risas y todas las palabras. La camisa en azul, que es el color del tiempo que avecina y promete. Tienes el aire de una película de hombres enamorados. Las manos llevan el aire alado de las cosas que se posan tan solo si el sueño se ha cu

El hombre al que amo está comprometido

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  Como era corriente en la época "Sentido y sensibilidad" fue publicada en tres volúmenes. El inicio del volumen II nos muestra el conflicto que siente Elinor Dashwood ante la situación creada por su amor, correspondido, por el señor Edward Ferrars. Este sentimiento nació, a mi entender, cuando él se mostró tan comprensivo, cariñoso y atento ante la situación de Elinor y su familia en Norland. La muerte de su padre las había dejado indefensas y solo con la protección de su hermanastro, John, el heredero de la fortuna e hijo de un matrimonio anterior. Esta red de lazos familiares era usual en la época. Los segundos matrimonios eran corrientes, tanto porque morían muchas mujeres en el parto y porque los hombres se pasan guerreando casi cuarenta años. De modo que las cuatro mujeres, la madre, Elinor, Marianne y Margaret, tienen que vérselas con un John que no es capaz de respetar la promesa hecha a su padre, ayudado efusivamente por su propia esposa, la hermana de Edward, Fanny,

Sigue habiendo azoteas

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Mucho antes de todo, en la historia antigua de los versos, las niñas saltaban de un tramo a otro de las azoteas corridas que servían de cubierta a las casas blancas con festones amarillos de la calle. Empezaban en un extremo y, haciendo el mayor ruido, podían terminar al otro lado, al borde de las huertas, justo frente a la pantalla del cine de verano. Esta era la última azotea y la que tenía mejores vistas. Nadie era capaz de descubrirlas, nadie sabía de dónde venía ese sonido de la música que las hacía ensayar sus bailes a escondidas.  Si el viento de levante soplaba existían modos de burlarlo. Se parapetaban detrás de algunos de los miradores que coronaban la azotea central, la más grande y opulenta, y allí estaban horas y horas, al abrigo del aire y de las madres, que solían gritar sus nombres empezando por una llamada amable y terminando por una orden imperiosa. Todas querían huir de sus casas y enfilar el horizonte desde aquella atalaya imposible. Todas sentían que les f