Ir al contenido principal

En el calor de la noche

 


“Los negros mienten” parece pensar el jefe de policía de Sparta (Mississippi), el rudo y terco Bill Gillespie. No lleva un buen día. El asesinato de Colbert, poderoso industrial del norte, le ha contrariado. Tiene que solucionarlo de la forma más rápida posible. Y he aquí que su ayudante, el visceral Sam Wood, le trae la respuesta en bandeja. Ahí está Virgil Tibbs, negro, que estaba en la estación del tren durante la madrugada de este caluroso día de septiembre. Cómo un culpable de asesinato y robo (doscientos dólares exactos) se sienta luego a esperar tranquilamente que pase un tren es algo que excede de la inteligencia de Woods y del temperamento de Gillespie. He aquí un sospechoso y ya está. 

Bueno. No tan rápido. El señor Tibbs, el negro de la estación, alto, guapo, bien vestido y muy sereno dadas las circunstancias, asegura que estaba esperando el tren de las cuatro y cinco que circula las madrugadas de los martes en dirección a Memphis, donde tiene a su madre. Y afirma aún más: que gana casi doscientos dólares a la semana en su trabajo de Pensilvania. “Los negros no ganan tanto”, le espeta Gillespie. “Yo sí” le responde fríamente Tibbs, sin perder la calma. “¿Qué es lo que hace en Pensilvania para ganar tanto dinero?”, “Soy inspector de policía”. Acabáramos. Joder, joder, joder. A esto se le llama llevarse un buen chasco, amigo. Y, con alguien hay que pagarlo. ¿Qué tal el idiota de Woods, por haberse ido de ligero?. 

Esta primera escena marca el ritmo de la película. El ritmo cinematográfico y el argumental. Dos personas que, en otras circunstancias nunca se hubieran encontrado, tienen que trabajar juntas para resolver un asesinato. Las películas con dos policías antagónicos han proliferado después en el cine pero en 1967 esto era una novedad. La otra novedad es que uno de ellos fuese negro. Y la mayor novedad es que el blanco se retrate como rudo, terco, agresivo, autoritario, intransigente y lleno de prejuicios, mientras que el negro es moderno, experto en su trabajo, muy profesional, riguroso, astuto, de mente abierta y aspecto elegante. 

El “estilo Mississippi” está aquí en todo su esplendor: calor, calor y calor, en tres días de septiembre llenos de vertiginosos sucesos. Música adecuada, con un Quincy Jones al frente de la partitura, salpicada de espirituales negros y de voces prodigiosas. Claroscuros y primeros planos potentísimos. Diálogos ingeniosos. Violencia elíptica. Soterrada crítica social. 

El policía negro recorre los campos de algodón, vestido con un impecable traje gris hecho a medida, junto al policía local de uniforme escasamente vistoso y sempiterna goma de mascar, vulgo chicle, en la boca. Suena el lamento de un canto de color y la imagen nos mostrará el contrapunto del rostro oscuro, hermoso y educado de Tibbs y de la blancura de las motas de algodón, recogido por manos negras, desde luego. “¿Se ha librado de eso, eh Virgil?”, espeta con sorna y mala leche el policía Gillespie, que nunca usará el más correcto Mrs. Tibbs, sino el coloquial y casi despreciativo nombre de pila. Llamar “señor” a un negro parece que le resulta excesivo.

En el invernadero de Endicott, sospechoso de asesinar a Colbert, racista convencido, kukuxklanista declarado, tiene lugar otra de las escenas emblemáticas de la película. Podíamos denominarla “la escena de las bofetadas”. La casa Endicott es una mansión de estilo colonial con un porche de altísimas columnas, ladrillo visto en la fachada y ventanales con hermosas cristaleras. El invernadero y el cultivo de plantas sumamente delicadas es la pasión del dueño de la casa. Allí Tibbs dejará boquiabiertos a ambos cuando denote sus conocimientos botánicos. Un negro que sabe de orquídeas. Pero la actitud interrogadora del inspector de policía bastará para que Endicott le largue una bofetada de regular tamaño. Y no se queda atrás la respuesta de Tibbs, que le devolverá el mandoble sin arrugarse. Un negro abofeteando a un blanco en la pantalla era ya, en ese momento, una transgresión insoportable. 

Endicott (a Gillespie): -¿Lo ha visto usted?

Gillespie: -Sí señor.

Endicott: -¿Y qué va a hacer usted?

Gillespie: -No lo sé

Endicott: -Hubo un tiempo en que lo hubiera hecho matar

Y así era. 

SINOPSIS: 

En una pequeña población de Mississippi, de nombre Sparta, el policía Sam Wood (Warren Oates) descubre el cadáver de un industrial. Poco después, detiene en la estación a un hombre negro que, tras ser interrogado por el jefe de la policía local, Billl Gillespie (Rod Steiger), resulta ser un inspector de la policía de Filadelfia llamado Virgil Tibbs (Sidney Poitier). Tras la sorpresa inicial, ambos policías deciden colaborar para investigar el asesinato. Sus métodos serán tan diferentes como sus personalidades y la investigación pisará un avispero en el que hay toques racistas, ajustes de cuentas y cuestiones económicas. 

ALGUNOS DETALLES DE INTERÉS:

“En el calor de la noche”, de título original “In The Heat of The Night”, es una pelicula estadounidense de 1967 dirigida por Norman Jewison. El guión, de Stirling Silliphant, se basa en la premiada novela de John Ball del mismo título. La produjo Walter Mirisch para la Mirisch Corporation. 

La música es de Quincy Jones y la fotografía de Haskell Wexler. Se rodó en escenarios naturales de Illinois y Tennessee y en los Estudios Raleigh de Hollywod. Allí se reprodujo el pueblo imaginario, Sparta, en el que se desarrolla la acción. 

En el reparto están Sidney Poitier (Virgil Tibbs), Rod Steiger (Bill Gillespie), Warren Oates (Sam Wood), Lee Grant (Mr. Endicott) y, en diferentes papeles, Quentin Dean, James Patterson, Matt Clark y Scott Wilson. 

Tiene elementos de thriller, crítica social, denuncia del racismo, misterio, suspense y policíaca, todo ello en un ambiente opresivo, presidido por el calor del sur, con fuertes dosis de violencia aunque tratada en una inteligente elipsis. 

Fue nominada a 7 Óscar de los que obtuvo 5: película, guión adaptado, actor principal, sonido y montaje). Tuvo dos secuelas protagonizadas por el personaje del inspector Tibbs. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

"Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante"

(Aibileen Clark con la niña a la que cuida, Mae Mobley Leefolt en Criadas y señoras, 2011) Una frase puede valer tanto como un tratado. La mayoría de los que escriben darían oro por una buena frase. Las frases son como las ideas: lo más difícil de hallar, lo más fácil de plagiar y lo más duradero. Una buena frase representa un logro para el que la escribe o pronuncia. Detrás de una buena frase siempre hay una idea valiosa. Y, además, una buena frase te hace pensar en cuestiones que merecen la pena.  La película Criadas y señoras (The Help, 2011, de Tate Taylor) incluye esta frase en boca de la criada negra de la niñita blanca: "Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante" . La criada negra no ha estudiado psicología pero ha criado ella sola a diecisiete niños. Todos ajenos. Todos blancos. Resulta incongruente cómo en esta película ( y supongo que también en la realidad que retrata) las mujeres blancas dejan a sus preciosos hijos blancos en manos de criadas

"El placer de vivir sola" de Marjorie Hillis

Para quienes piensen que este es un libro más de esos de autoayuda que nos tienen cercados hace tiempo basta fijarse en el año de su publicación original, 1936. Marjorie Hillis (1889-1971) es una pionera en todos los sentidos. Su trabajo en la revista Vogue la puso en contacto con mujeres que, como ella, llevaban las riendas de su vida. La publicación del libro obtuvo un enorme éxito. Es verdad que ella terminó saliendo del círculo de solteras independientes a las que iba dedicado: se casó en 1939. Pero eso no significa nada, salvo que esperó a casarse el momento en que encontró al hombre adecuado. Este resultó ser Thomas Henry Roulston, viudo y propietario de algunas tiendas en Brooklyn. El matrimonio duró diez años pues su marido murió en 1949.  Hillis, que llegó a ser editora asistente de Vogue, era hija de un pastor congregacional y estudió en un colegio para señoritas en New Jersey. Después del éxito de este libro escribió otro dedicado a los negocios que podía emprend

Hombres solos, hombres solitarios

Presumes que eres la ciencia y yo no lo entiendo así porque siendo tú la ciencia no me has comprendido a mí. (Soleares. Juanito Mojama) ✿✿ En los tiempos del Oeste americano, que tanta literatura ha creado y, sobre todo, tanto cine, los hombres cargaban sobre sus hombres el peso de la valentía. Ser cobarde era un oprobio. Ningún cobarde podía sacar adelante a su familia, ni mantener sus tierras, ni vivir con dignidad. Pareciera que la valentía era la moneda de curso legal. Y, sin embargo, el cine nos cuenta que los valientes o los dignos eran la excepción. Más bien hombres solos, a veces también solitarios, que, llegada la hora de la verdad, se encontraban en la más estricta y descarnada soledad. Los guionistas de los westerns eran, como se ve, grandes conocedores de la naturaleza humana, bastante más que la propia señorita Marple que decía siempre, comparando a la gente que conocía con la de su pueblo natal Saint Mary Mead, que "es la misma en todas partes