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Todas leían novelas de amor

 


El mayor tráfico se producía entre libros. Las madres apañaban los almuerzos y las cenas con los productos de la plaza y, a veces, como en los libros de la señorita Marple, había un curioso trueque. Medio kilo de pescadilla por medio de boquerones, así alternamos. O, una sandía mediana por dos melones pequeños, que estamos ya hartos de la misma fruta. O también, un trozo de carne de jarretes por dos de tocino y un poco de costilla para el puchero. Las madres eran maestras del intercambio comercial, del regateo y de la economía doméstica. Eran unos genios del fin de mes. 

Pero los libros y los tebeos eran los productos más traficados de la calle. Al final de la misma estaba la librería de Secundina, en la que se amontonaban novelones de toda época, con una única característica común: las mujeres se enamoraban mucho y sufrían muchísimo. Eran novelas por entregas, novelas de colecciones baratas, novelas de Corín Tellado y de Carlos de Santander, novelas ilustradas de colecciones con nombre de flor, novelones del siglo XIX, novelas clásicas de la Pardo Bazán y de Fernán Caballero, también estaban las inevitables Bovary, Regenta y Karenina, las tres siempre juntas en el mismo estante, en unas ediciones muy sencillas, con portadas arrebatadoras que llamaban la atención de las niñas mayores. Y estaban las novelas más especiales, las de Jane Austen o las Hermanas Brontë (había en mi casa un "Cumbres Borrascosas" camuflado con un forro de campanas azules). Y un "Orgullo y prejuicio" en piel que siempre tenía cola de lectura. De la paga semanal que recibíamos se reservaba una parte para comprar novelas. Secundina se entendía bien con las madres. Abría una libreta y anotaba el nombre y ya las hijas podían ir y venir trayendo pagos y llevándose novelas. Los periódicos, los semanarios y los tebeos iban también en el lote. Luego comenzaba la segunda parte de la función: el trueque entre las casas de las amigas íntimas para leer el mayor número de libros posible. Esto ocupaba un buen rato, la negociación era ardua y también la exigencia de no estropear en lo más mínimo las esquinas de los libros. Un libro con la esquina doblada estaba condenado de antemano. Así éramos de tiquismiquis. 

Estas traficantes de libros leíamos compulsivamente. Nuestras madres podían ser lectoras o no. A veces, simplemente les parecía mejor que leyéremos y no que estuviéramos en la calle “dando barzones”. Pero la mía, por ejemplo, competía con nosotros en ganas de leer y resultaba una competencia dura. Porque, como era la que pagaba, se creía con derecho a disfrutar de los libros recién llegados, antes de que iniciaran el peregrinaje con nosotras y, por supuesto, antes de los futuros préstamos. Ella era muy delicada y le molestaba toquetear un libro que otros hubieran manejado. Así de señorita se mostraba en lo tocante a libros. Y, claro está, llevaba la sartén por el mango, es decir, el monedero. 

Abrir una cuenta para libros en casa de Secundina era lo normal en mi calle. Todas las madres la tenían, me refiero a las madres de nuestro “núcleo duro”, las madres de las niñas que éramos “uña y carne”. Las madres de Paquita, Lola, Mame y Merceditas. Las cuatro, junto con mi madre, formaban las fuerzas vivas más entusiastas de la calle y las que tenían la voz cantante en todo cuanto sucedía. Secundina llegó a conocer nuestros gustos y nos reservaba los ejemplares de las colecciones. Y los suplementos de los periódicos que traían libros. Si estaba enterada a fondo del subsiguiente trapicheo posterior es algo que no llegamos a saber con certeza pero, en todo caso, cuando comenzaron a cerrar librerías por toda la ciudad, ella se mantuvo firme con la suya, gracias a este sistema cooperativo de compras y préstamos, inventando un club de lectura sin saberlo y haciendo que las novelas de amor fueran la lectura preferida de todas las niñas durante años. Creo que hace poco cerró, por desgracia, su librería. Y abrieron en su lugar un autoservicio de esos de alimentación que vienen de los países nórdicos. Pero el cierre no fue por culpa de las novelas de amor y sus arrebatos, sino de la crisis. 

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