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El Lejano Oeste, mi padre y una canción

 


A mi padre le gustaban las películas del Oeste. Se sentaba en su butaca favorita las pocas veces que tenía tiempo para ello y disfrutaba con las aventuras de aquellos hombres solitarios, duros y muy desgraciados. Cuando era niña pensaba que ese cine era una broma, una mirada burlona a la sociedad y por eso no entendía bien como a mi padre le gustaba tanto. Porque era un hombre callado, introvertido, que guardaba sus emociones y que sufría por todo. Pasando el tiempo, como suele ocurrir con tantas cosas, entendí aquellas películas y entendí a mi padre y su atracción por ellas. Creo que fue escuchando la música de "Unforgiven", esa canción que Lennie Niehaus le dedica a Claudia, la esposa muerta del protagonista. Pocas veces se ha dicho tanto con la música. El fondo inhóspito del paisaje, la soledad del hombre, la nostalgia por su mujer, la melancolía de no tener ya nada, la miseria de la lucha por la vida, la pelea sin sentido, la búsqueda de una meta para sobrevivir, todo eso aparece en la canción, lenta, inexorable, calmada, íntima. Escucho una y otra vez esa música y me parece que mi padre, como el de Borges, ha vuelto y está en el jardín, rodeado de plantas, con su presencia leve y elegante, tan delgado como Eastwood, con las manos de un trabajador que toca el piano, como Niehaus. Con su blanca camisa y sus pantalones oscuros, con el pelo echado hacia atrás y su color moreno, con la forma anónima de moverse, con la pequeña sonrisa de los días de fiesta. De los tres, solo queda Clint y queda la música, que sigue sonando una y otra vez en el ordenador y te dicta las palabras, como si fuera una queja a veces y otras veces un encuentro amoroso. Las películas del Oeste son esas en las que los hombres apenas tienen nada si no es lo que logran con sus manos, en las que los niños están sucios y corren detrás de las carretas, en las que las mujeres siempre acaban perdiendo lo poco que les queda, en las que los malvados no disponen de más razones que las balas. Las tardes de mecedora y películas del Oeste parecen volver con "Unforgiven" y el tema de Claudia, una balada hecha de romance y también de sudor y de tierra. Hay hombres que siempre son niños porque nunca fueron niños, no pudieron serlo. Esos hombres, como mi padre, conservan siempre, incluso cuando ya no están, la imagen dura y conmovida de quienes guardan sus lágrimas en un pañuelo de brillante seda. 

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