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Verde Tamara

 


Siempre que veo un cuadro de Tamara de Lempicka me viene a la cabeza una historia. Como las mujeres de Modigliani, las suyas tienen esa leve inclinación de cabeza que las hace parecer vulnerables, aunque sean más robustas y consistentes. Pero la cabeza inclinada es una delación de su interior. Están expuestas. Y luego surgen los colores como una forma brutal de compensación. Colores estallantes, que vibran con el movimiento del sol y que hacen que el cuadro cambie según lo mires, según caiga la luz. Néstor Almendros hablaba del juego de la luz sobre las escenas y cómo estas se convierten en otra cosa dependiendo de cómo las ilumines. Podía verse con toda exactitud en "Kramer contra Kramer" donde la vulnerable madre siempre se recostaba sobre fondos opacos y el padre tenía detrás todos los artilugios de cocina porque debía representar la fortaleza. Luego se invierten los papeles pero la luz sigue ahí, vigilante, siempre presente. 


En el Retrato de Arlette, Tamara deposita toda la voluptuosidad de la piel desnuda y de los colores del sueño. El azul de Murillo, por un lado, y por otro, el rosa maquillaje que define la rigidez de las normas de la buena sociedad, mezclados, dejados caer al descuido, sobre el cuerpo moreno de la modelo y sus enormes manos. Esa mirada oblicua sigue recordándonos a las Modigliani, las mujeres que mi madre adoraba cuando las veía en las láminas que me traje de Francia en una ocasión. Decía que le recordaban a unas vecinas, dos hermanas solteras que no perdían la esperanza de encontrar marido y que paseaban a todas horas muy compuestas. Las Modigliani, las llamaba, y así las inmortalizó en nuestro recuerdo mucho después de que el tiempo del paseo acabara para ellas. Sin resultados. 


Tamara es también un fucsia esplendoroso y un rosa placentero, a modo de asistente a una boda de postín, con delicados gestos que oscilan entre el gris y el violeta, grandes pliegues,  mirada interrogante. No sabe qué encontrará entre el gentío. No sabe si será ella la protagonista de algo o si, por el contrario, se va a convertir en una simple figurante. Es el dilema entre Hermione Roddice y las hermanas Brangwen. La primera se pasea orgullosa luciendo sus plumas y su generoso escote dispuesto para los ojos de Birkin. Las otras dos, mujeres pobres aunque bellas, no tendrán sitio en el descomunal desfile de invitados a la boda de una niña rica. La mujer de rosa usa todas sus armas, las que se ven y las que se intuyen tras la seda ampulosa de la ropa, para destacar entre todas las demás. Quizá es su única esperanza. Y hay esperanzas que son como los trenes. Si no las tomas a tiempo, pereces. 


Pero Tamara es verde. Es verde en su Bugatti, en ese autorretrato que se ha convertido en esencia, en repetición monótona y constante. Julio Romero de Torres, una y otra vez en las vitolas de puros, en los cuadros de punto de cruz, en las láminas de los antiguos comedores. La vista insistente de los cuadros de Hopper, la soledad de Hopper, el tiempo de Hopper, el velero de Hopper, los hombres y las mujeres que no se miran a la cara de Hopper. Así también el verde de Tamara es su santo y seña. Sentada en su Bugatti, conduciendo orgullosa. Este otro verde es más cotidiano, más cierto. Y luego está el sombrero, los volantes, la mirada tan verde, rojos los labios, tan verde la mirada, verde, verde, como el vestido verde de "Expiación", la cumbre de los vestidos verdes. Quién nos iba a decir que salvaría un vestido a toda una película...


Madame Boucard es otra cosa y ha decidido revestirse en pieles. Es lo que hace el poder y el dinero, trastocar los planes de cualquier pintor y convertirse en una rara avis. No hay verdes, ni fucsias ni explosión luminosa, salvo ese gesto inconfundible de la mirada oblicua, de los rasgos oblicuos, de la cabeza casi oculta y sin habla. Las manos concluyen aquí toda la historia. 

(Cuadros de Tamara de Lempicka. Varsovia 1898-Cuernavaca, México, 1980)

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