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Regreso a Hope Gap



Somos felices ¿verdad?

¿Por qué no íbamos a serlo?

(Diálogo entre Edward y Grace)


Edward y Grace son Bill Nighy y Annette Bening y llevan muchos años casados aunque eso no es necesariamente bueno. Tienen un hijo de treinta años que ya no vive en casa y al que echan de menos. Edward está cansado de la esgrima matrimonial y Grace está cansada de no tener con quien discutir, ni casi con quien hablar. Hasta aquí, nada nuevo. Los matrimonios de muchos años suelen (o pueden) tener esa sensación de que han perdido el tiempo, de que no ha merecido la pena ese viaje y de que necesitan otra cosa. Aunque no saben de qué cosa se trata. Grace está cansada de la pasividad de Edward y por eso es poco amable, pero tira de la cuerda a ver si él reacciona. Ella es hiriente también con su hijo. Quizá la insatisfacción nos convierta en eso, personas hirientes, gente que hace daño al que tiene al lado. Para ella es un triunfo vivir con una pareja, mantener un matrimonio, pero Edward...no sabemos lo que piensa de momento. Puede que le llegue la idea de que se equivocó al casarse con Grace. Esas cosas suceden. Incluso en este pueblo idílico, Seaford, al sur de Inglaterra, desde el que ellos llegan a los acantilados Seven Sisters, famosos por sus paredes blancas sobre el mar. 


Mientras el hijo está de visita en la casa, el padre le cuenta que va a abandonar a su madre, que ha conocido a otra persona y que se ha enamorado. Siente que él no puede hacer feliz a su mujer y que lo mejor que hace es marcharse y disfrutar de su amor recién estrenado, con una persona que le permite ser como es. Al fin y al cabo, todos queremos comportarnos con naturalidad, sin tener que fingir ni esforzarse. El hijo, Josh O'Connor, ese magnífico actor que está llamado a hacer una gran carrera si elige bien sus trabajos, se queda atónito y quiere disuadir a su padre para que no se vaya de casa tan rápido, quiere dilatarlo y que la ruptura se haga con delicadeza. Pero el padre está convencido de lo que quiere y de lo que debe hacer, así que no hay forma de convencerlo. Ha entrevisto una puerta que lo salva de la dificultad de la vida diaria con su mujer y quiere cruzarla. Ese es el arranque de la película. Lentamente pero sin detenerse, esta es la cuestión que se plantea, en ese hermoso paisaje de casas con setos de flores, mares y acantilados, comida casera y té muy caliente en tazas decoradas que beben en una cocina enorme, no una de esas cocinas americanas con todos los muebles a juego, sino una cocina europea, donde cada cosa parece tener una historia previa, con grandes ventanales que guardan macetas en el alféizar y cacharros colgados y objetos que no se sabe qué hacen ahí. 



Hay un cierto egoísmo en la forma en que los dos sujetan al hijo para que lleve una parte de su carga. La madre, sin querer creerse lo que ocurre. El padre, pidiéndole que la ayude cuando él se vaya. Ninguno de los dos tiene, por sí solo, la solución perfecta. La no aceptación de la madre y el deseo de huir del padre forman una dualidad que el hijo observa con dolor. A veces huir o esperar son formas de esperanza que no tienen razón de ser. Pero algo ha fallado en esa casa, en esa familia, cuando el hijo no se siente capaz de formar la suya propia y está inmerso en una soledad mayor aún que la de sus padres por separado. Hay una alarmante falta de amor en todos ellos, o, al menos, eso parece a tenor de cómo van reaccionando. La película discurre de manera que es posible notarlo desde fuera, somos los espectadores los que intentamos comprenderlos porque ellos no se escuchan entre sí. 


Puede parecer extraño que un hombre ya mayor se divorcie y se vaya de su casa, pero la vida real nos dice que ocurre. Un hermano de mi padre dejó a su familia a los setenta y ocho años. Estaba cansado de no ser feliz. La infelicidad cansa enormemente. Vivió el resto de su vida muy contento, conduciendo su coche y sin que nadie le reconviniera. No soportaba la clase de vida que había elegido o en qué se había convertido esa vida. Tenía un aire a Bill Nighy, ahora que lo pienso. Esa delgadez, ese rostro afilado, ese pelo hacia atrás, esa ligereza aun en la vejez. Nunca llegué a saber qué dijeron mis primos, sus hijos, de todo aquello, pero él apareció por nuestra casa, después de conducir seiscientos kilómetros, tan fresco y tan feliz. Al fin y al cabo, no es posible negarle a nadie esa felicidad, o la oportunidad de ella. No sé qué ocurrió en la vida real de ese tío mío pero, en la película, Grace continúa obsesionada con que él debe volver y Edward se horroriza de pensarlo. Y el hijo está en medio de todo, poniendo tiritas a la madre, intentado entender al padre. 

Me gustan las películas como estas que nos hacen pensar en nosotros mismos, que nos obligan a tomar partido. En este caso, no puedo evitar ponerme de parte del hijo porque solo los hijos que saben cómo el amor es algo que no se ve a simple vista en sus propias familias pueden entender qué se siente y cómo sus vidas penden de hilos invisibles que no tienen consistencia. Necesitan un subidón de azúcar, como dice una de las amigas en la historia. Un subidón de azúcar que te haga recuperar las riendas de tu vida. 


(Seven Sisters, los acantilados donde fueron felices)

Ficha técnica:
Hope Gap. 2019
Dirección: William Nicholson
Guion: William Nicholson
Música:Alex Heffes
Fotografía: Anna Valdez-Hanks
Reparto: Annette Bening, Bill Nighy, Aiysha Hart, Josh O'Connor, Nicholas Burns, Rose Keegan, Sally Rogers, Steven Pacey, Nicholas Blane, Derren Litten, Ryan McKen, Ninette Finch, Joel MacCormack, Anne Bryson, Finn Bennett, Tim Wildman, Jason Lines, Dawn Batty, Joe Citro, Dannielle Woodward

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