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Las salas oscuras

 


(Fotograma de "Laura"  de Otto Preminger, con Gene Tierney y Dana Andrews, 1944)

La sorpresa llega cuando se apaga la luz. Al revés que en las fiestas de cumpleaños, donde la explosión luminosa es el leit motiv, aquí la oscuridad es la forma de obrar el milagro. Lo mismo en una sala pequeña, en una grande o al aire libre. Eso es el cine, la sorpresa que nos espera con la luz apagada. 

Hay un cosquilleo muy especial al sentarse a ver una película en un recinto lleno (o medio lleno, o casi vacío) de personas que no se conocen de nada y que, sin embargo, van a compartir el mismo rito. El recinto está a la vez plagado de oscuridad y de claridades. La luz está en la pantalla, mientras el resto aparece lleno de rostros atónitos y expectantes, a la espera de que la ceremonia se realice. Es un artilugio perfecto que comienza con los títulos de crédito. 

Entonces surgen las historias que actúan sobre nosotros como un elixir. Es una lluvia de imágenes y sonidos que pulsan, una tras otra, las teclas de nuestro entendimiento, para crear así un efecto óptico de magia. Las figuras de los actores se mudan en personajes, en un tránsito feliz de caracteres y diálogos que quieren convencernos y lo logran. Los argumentos son el río que nos lleva en esa ceremonia. Y todo lo demás, un enorme artefacto de simulación que sacude la realidad para transformarla en algo que solo tiene una explicación allí, en ese momento, de ese modo. Porque el cine tiene una doble cualidad: lo efímero y lo permanente. 

La música es el ardid para lograr un estado de ánimo concreto, el preciso para aceptar, con total complicidad, las aventuras filmadas de esa gente que llega a convertir su acción en emoción, pura emoción, dirigida toda a los sentidos. Una película es un aviso sensorial a lo que somos, un aviso perfecto para que salgamos de nosotros mismos y vayamos, con el mejor bagaje, al encuentro de la ilusión. Ilusión como trampantojo y como meta. Ilusión construida y no espontánea. Ilusión, no mentira. Arquitectura y verdad. 

El espectador conoce su misión en todo esto: dejarse llevar. Un acto de fe al que ninguno de nosotros  renuncia. Cuando escribimos nuestra historia personal ahí están las películas, como testigos del paso del tiempo, jirones convulsos y luminosos, recipientes de la risa y el llanto, devoradoras de momentos únicos. Jalonan nuestra vida al punto de crear su propia cronología, enlazada siempre con la nuestra: "El año que estrenaron El Padrino", "El beso que me dieron viendo Los Intocables". 

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