Ir al contenido principal

La luz del horizonte


 ©George Hoyningen-Huene Horst y su modelo. Traje de baño por A.J. Idoz. Ltd.

Paris, 1930

Recorrimos aquella costa que no era la nuestra. No era arenosa y afable, no tenía dunas móviles ni restos arqueológicos, no sonaba a música ni llevaba en su retrato vistosas tablas de surf. Era una costa lejana e insegura, anclada en un pasado que no nos pertenecía, una costa rocosa, alta, acantilada, imberbe. Una costa aséptica y dudosa. Una costa que resultaba áspera al pisarla y difícil al abandonarla. Pero en ella estabas tú. 

Ese viaje improvisado, ese recibimiento en la pequeña estación de tren, esa forma de alzar los brazos a modo de bienvenida...todo se guarda en un recipiente tan oculto que es imposible destaparlo si no se insiste en el recuerdo. Salimos de allí en un coche azul marino que funcionaba mal y pisamos el angosto suelo de un restaurante desconocido para mí en el que servían unos ojos amables. Comimos pescado de nombre diferente y un postre hecho con las grosellas de la tarde anterior. Pero tú estabas. 

La siesta descubrió que los cuerpos se reconocen aun a pesar del tiempo transcurrido. No hubo dudas porque tampoco existieron preguntas. El calor se conjuraba con un ventilador de techo que movía las sábanas a placer, esa palabra que escribimos sin demora, porque no era posible dejar de ser lo que éramos. La noche, sin embargo, tuvo su ración de copas y de risas, su vestido rojo y su chaqueta prestada, todo lo que hace incomparable una noche de agosto en un local de playa, anónimo, incongruente, invisible. 

Así esos días merecen una mención siquiera sea porque las calas tenían el sabor diferente del incógnito y la perspectiva fulgurante de un futuro que no iba a existir jamás. No teníamos nombres que ofrecernos, ni preguntas que contestar, los dos encontrábamos en el silencio el refugio y la razón de ser al olvido futuro. Entendimos, porque no podía ser de otra manera, que aquella costa, aquellos días, aquel vestido rojo y aquel coche desvencijado y azul, eran lo único que nos pertenecía. Y eso, poco tiempo, tan escaso fue el tiempo, tan ínfimo en el cómputo total, que ni siquiera hubo lugar para anotarlo en el diario. Una página en blanco, eso tan solo. 

Entradas populares de este blog

"Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante"

(Aibileen Clark con la niña a la que cuida, Mae Mobley Leefolt en Criadas y señoras, 2011) Una frase puede valer tanto como un tratado. La mayoría de los que escriben darían oro por una buena frase. Las frases son como las ideas: lo más difícil de hallar, lo más fácil de plagiar y lo más duradero. Una buena frase representa un logro para el que la escribe o pronuncia. Detrás de una buena frase siempre hay una idea valiosa. Y, además, una buena frase te hace pensar en cuestiones que merecen la pena.  La película Criadas y señoras (The Help, 2011, de Tate Taylor) incluye esta frase en boca de la criada negra de la niñita blanca: "Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante" . La criada negra no ha estudiado psicología pero ha criado ella sola a diecisiete niños. Todos ajenos. Todos blancos. Resulta incongruente cómo en esta película ( y supongo que también en la realidad que retrata) las mujeres blancas dejan a sus preciosos hijos blancos en manos de criadas

"El placer de vivir sola" de Marjorie Hillis

Para quienes piensen que este es un libro más de esos de autoayuda que nos tienen cercados hace tiempo basta fijarse en el año de su publicación original, 1936. Marjorie Hillis (1889-1971) es una pionera en todos los sentidos. Su trabajo en la revista Vogue la puso en contacto con mujeres que, como ella, llevaban las riendas de su vida. La publicación del libro obtuvo un enorme éxito. Es verdad que ella terminó saliendo del círculo de solteras independientes a las que iba dedicado: se casó en 1939. Pero eso no significa nada, salvo que esperó a casarse el momento en que encontró al hombre adecuado. Este resultó ser Thomas Henry Roulston, viudo y propietario de algunas tiendas en Brooklyn. El matrimonio duró diez años pues su marido murió en 1949.  Hillis, que llegó a ser editora asistente de Vogue, era hija de un pastor congregacional y estudió en un colegio para señoritas en New Jersey. Después del éxito de este libro escribió otro dedicado a los negocios que podía emprend

Hombres solos, hombres solitarios

Presumes que eres la ciencia y yo no lo entiendo así porque siendo tú la ciencia no me has comprendido a mí. (Soleares. Juanito Mojama) ✿✿ En los tiempos del Oeste americano, que tanta literatura ha creado y, sobre todo, tanto cine, los hombres cargaban sobre sus hombres el peso de la valentía. Ser cobarde era un oprobio. Ningún cobarde podía sacar adelante a su familia, ni mantener sus tierras, ni vivir con dignidad. Pareciera que la valentía era la moneda de curso legal. Y, sin embargo, el cine nos cuenta que los valientes o los dignos eran la excepción. Más bien hombres solos, a veces también solitarios, que, llegada la hora de la verdad, se encontraban en la más estricta y descarnada soledad. Los guionistas de los westerns eran, como se ve, grandes conocedores de la naturaleza humana, bastante más que la propia señorita Marple que decía siempre, comparando a la gente que conocía con la de su pueblo natal Saint Mary Mead, que "es la misma en todas partes