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Esos hombres que leen historias de amor...




Como en El principito, una vez conocí a un soñador. No era del tipo a que estaba acostumbrada pues no soñaba con saltar la banca, ni con saltar la verja, ni con saltar al mundo de los ricos ganando una primitiva, sino que era bastante más sencillo. Solo quería poseer un libro de cabecera y el amor de una mujer. No indicaba expresamente de qué mujer se trataba pero sí tenía un curioso arquetipo: una joven lánguida, de largas piernas, mirada azul verdosa, cabello oscuro y liso, piel delicada y sonrisa emergente. Mejor alta, mejor delgada, mejor firme, mejor ardiente. 

En cuanto al libro, nos envidiaba a todos aquellos que repetíamos, sin venir a cuento, alguna frase de nuestro favorito. Incluso si ese libro era un poema de Espronceda o una sarta de aforismos mal escritos. Él, que se consideraba un hombre de letras, nunca era capaz de detenerse demasiado en un solo pensamiento y por eso deambulaba entre las páginas de imprenta a la búsqueda de un asidero que no estuviera siempre en perpetuo balanceo. Porque era así como se sentía la mayoría de las veces: pasajero solitario de un barco a la deriva. 


 (Fotos: Robert Frank)

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