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"El simple arte de matar" por Raymond Chandler

 


"El relato policial, por varias razones, puede ser objeto de promoción en muy raras ocasiones. Por lo general se refiere a un asesinato, y por lo tanto carece del elemento promocionable. El asesinato, que es una frustración del individuo y por consiguiente una frustración de la raza, puede poseer -y en rigor posee- una buena proporción de inferencias sociológicas. Pero existe desde hace demasiado tiempo como para constituir una noticia. Si la novela de misterio es realista (cosa que muy pocas veces es), está escrita con cierto espíritu de desapego; de lo contrario nadie, salvo un psicópata, querría escribirla o leerla. La novela de crímenes tiene también una forma deprimente de dedicarse a sus cosas, solucionar sus problemas y contestar sus preguntas. Nada queda por analizar, aparte de si está lo bastante bien escrita como para ser buena literatura de ficción, y de todos modos la gente que contribuye a las ventas de medio millón de dólares nada sabe de esas cosas. La búsqueda de la calidad en la literatura es ya bastante difícil para aquellos que hacen de esa tarea una profesión, sin tener que prestar además demasiada atención a las ventas anticipadas". 

Raymond Chandler (Chicago, 1888- La Jolla, California, 1959), es uno de los maestros de la novela negra. Y la novela negra es, ahora mismo, uno de los géneros favoritos de los lectores. Surgida a partir de un cambio de punto de vista en los años veinte del siglo XX, por obra y gracia de un autor poco conocido como Carroll John Daly (creador de dos detectives de gatillo fácil  y muy ostentosos, Terri Mack y Race Williams) y de un escritor superlativo que fue Dashiell Hammett, quien publicó, también en 1923, en la revista The Black Mask, el relato "Incendio provocado", en el que aparece un agente sin nombre. Ese relato estaba firmado por el pseudónimo que usó Hammett en sus inicios, Peter Collinson. La gran diferencia entre los relatos de Daly y los de Hammett estaba, precisamente, en la realidad. La experiencia como detective de la agencia Pinkerton que había tenido Hammett lo llevó a reproducir el lenguaje, los ambientes, la problemática, de los detectives y, sobre todo, de los "malos", algo que no podía hacer Daly por su desconocimiento del trasfondo que vivían esos detectives lanzados a terminar con huelgas, hacer persecuciones, buscar indicios de asesinato o secuestro y, en suma, ser parte de los bajos fondos ellos mismos. 

Además de una gran cantidad de relatos publicados también en la misma revista o en colecciones diversas, es autor de algunas de las novelas más importantes de la serie negra, como "El sueño eterno", de 1939; "Adiós muñeca" de 1940; "La ventana siniestra" de 1942; "La dama del lago" de 1943 y "El largo adiós" de 1953. Fue soldado, empleado de banca, periodista, ejecutivo de una petrolera. Trabajó para el London Daily Express y para la Bristol Western Gazette. También fue guionista de cine, firmando algunos de los guiones de la mejor clase, como "Perdición" de 1944, dirigida por Billy Wilder y "Extraños en un tren", de 1951, de Alfred Hitchcock. 

En el texto, cuyo fragmento he reproducido arriba, un ensayo clásico ya sobre la novela negra, "El simple arte de matar", Chandler, que tenía una importante formación clásica por sus estudios en Inglaterra, reflexiona sobre la manera en que la literatura de detectives había evolucionado hasta llegar al noir. Resulta de enorme interés porque es la única ocasión en que el escritor piensa y escribe sobre el género que trata, un género emergente por un lado y heredero de la novela policíaca clásica, por otro. Precisamente él contrapone ambos tipos de novela y deja claras algunas diferencias que le parecen cruciales. La elegancia de un crimen con el crimen como fracaso. Y, sobre todo, lo irreal y lo real, como elementos contrapuestos. 


(Humphrey Bogart y Lauren Bacall en "El sueño eterno", 1946)


(Humphrey Bogart y Mary Astor en "El halcón maltés", 1941)

El ensayo aparece iniciado de esta forma: "La ficción en cualquiera de sus formas ha intentado siempre ser realista". Y, a partir de ahí, hay disquisiciones que resultan muy aclaratorias de su pensamiento, como su alusión a los clásicos: "Las crónicas de Jane Austen acerca de personas sumamente inhibidas contrapuestas a una aristocracia rural parecen bastante reales desde un punto de vista psicológico" y también sus referencias a los vendedores a mansalva: "Estos son las personas que hacen los best sellers, trabajos de promoción basados en una especie de atractivo esnob indirecto, cuidadosamente escoltados por las focas amaestradas de la hermandad de los críticos y amorosamente cuidados y alimentados por ciertos grupos de presión demasiado poderosos, cuyo negocio es vender libros, aunque les gustaría que pensaras que están fomentando la cultura". 

Chandler analiza algunas de las obras más relevantes y aclamadas de la literatura policíaca y lo hace para dar cuenta de sus incongruencias. Por ejemplo, toma "El misterio de la Casa Roja" de A. A. Milne, novela de gran éxito publicada en 1922, y repasa su argumento y sus contradicciones con la realidad. Además, da su opinión sobre su detective, "un despreocupado aficionado llamado Anthony Gillingham, un muchacho simpático de mirada alegre, un bonito piso en la capital y modales airosos. Aunque no gana dinero con estos trabajos, siempre está disponible cuando los gendarmes locales pierden su cuaderno de notas. La policía inglesa lo aguanta con su habitual estoicismo, pero me da escalofríos pensar lo que le harían los muchachos de la Brigada de Homicidios de mi ciudad"


Una parte muy importante del texto se dedica a mencionar el papel de Dashiell Hammett en la conformación de la novela negra y su propia valía como escritor. En este sentido, Chandler se siente absolutamente deudor de su colega y reconoce su influencia, su papel y su calidad. Nada de monsergas inventadas, de salones perfumados con muertos imposibles, sino la pura vida, la realidad, la magia de la violencia y de las palabras obscenas. Eso es la novela negra para Chandler, como lo era también para Hammett. Después de una larga reflexión sobre lo que no es, aparece entonces lo que es. "Hammett sacó el crimen del jarrón veneciano y lo depositó en el callejón". 

Después de Hammett, Chandler se detiene en aquellos escritores que han continuado, de forma digna, por esa misma senda de realismo y termina hablando del personaje principal de esos libros, el detective, al que califica como "hombre de honor", "un hombre normal, pero no corriente". Él mismo aportó uno a la historia de la literatura, Marlowe, a quien hemos puesto el rostro y las maneras de Bogart. 



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