Ir al contenido principal

"Una jaula en un jardín de verano" de Margaret Drabble

 


(Margaret Drabble, 1980. Foto de Jane Brown)

Los buenos libros son para mí aquellos que te abren sus páginas y, a la vez, la vida. Este, por ejemplo, me atrapó desde el principio y eso es algo que agradezco. Siempre que empiezo a leer un nuevo libro tengo miedo de abandonarlo, de que no me seduzca lo suficiente y no pueda seguir entre sus páginas. Así soy  yo, demasiado rápida en los adioses, poco propensa al sacrificio. 


(Retrato de Margaret Drabble. National Portrait Gallery)

En "Una jaula en un jardín de verano" aparecen notas al pie de página que son muy pertinentes y que están a cargo de la traductora, Marta Salís. Eso ayuda a entender ciertos conceptos específicos del relato y no suponen ninguna carga, porque son las justas. El libro tiene once capítulos, cada uno de ellos con su título. Los títulos adelantan un poco el estilo de la obra, porque son muy especiales: La travesía, La boda, El banquete, La mudanza, La invitación, La fiesta, La siguiente invitación, La siguiente fiesta, La información, La convergencia, La colisión. 

Margaret Drabble ofrece todo eso en poco más de doscientas páginas. Son suficientes. Pero no se anda por las ramas, va a lo concreto y directo. Sobre todo, parece que dice la verdad. Parece que está siendo tan sincera con los lectores que va a abrirnos su corazón de un modo o de otro. Para eso están los personajes y está la trama. Ellos son diversos y curiosos. Las hermanas Bennett (sí, como en "Orgullo y prejuicio") Louise y Sarah. Las dos son guapas, inteligentes, educadas, tienen estudios superiores y son ingeniosas e independientes. Luego está el marido de Louisa, un novelista empalagoso y pagado de sí mismo (la autora lo cuenta como si no fuera posible hallar un novelista con otro modo de ser), Stephen Halifax (sí, este es su nombre, no es un pseudónimo). Están los padres, algo fríos, sin abrazos, ya sabemos, tirando como se puede. La madre lloriquea un poco cuando las hijas dejan la casa pero todo es una pose. No hay verdadero calor de hogar y ellas los saben. Las chicas que se crian sin calor de hogar no reconocen ese calor cuando lo tienen delante. 

El novio de Sarah está lejos, estudiando en Harvard y se llama Francis. Están los primos Michael y Daphne (un adefesio metida a dama de honor), la "pobre tía Betty, viuda", el amigo Martin, Tony y Gill una pareja de amigos de siempre, otro caballero muy aparente que es actor, John Connell (ojo con este, no es de fiar). Simone, una amiga de Sara (uff, algo rara)...Hay mucha gente, a decir verdad, y mucho movimiento de un lado para otro, de la buhardilla al barco y de ahí al tren y a la casa grande y al hotel y al piso pequeño, mucho movimiento. Están Louise, la hermética y Sarah, la que lo observa todo y nos lo cuenta. 

Lo mejor de todo es la forma en la que Margaret Drabble enhebra la narración. Su punto de vista. Su ironía, su mirada, dentro del personaje de Sarah, una muchacha que cree saberlo todo y que suele equivocarse algunas veces. Esa asunción de la debilidad de los personajes es una de las mejores cosas del libro. La otra es la forma en que está escrito. No se puede tener una buena historia entre manos si está mal contada. Y esta historia se cuenta de la mejor forma posible. Porque Margaret Drabble es una escritora de primera, una inteligencia pavorosa al servicio de las letras. Un goce. 


Una jaula en un jardín de verano. Margaret Drabble. Traducción del inglés y notas a pie de página de Marta Salís. Editorial Alba, Colección Rara Avis. 2020. 

Entradas populares de este blog

"Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante"

(Aibileen Clark con la niña a la que cuida, Mae Mobley Leefolt en Criadas y señoras, 2011) Una frase puede valer tanto como un tratado. La mayoría de los que escriben darían oro por una buena frase. Las frases son como las ideas: lo más difícil de hallar, lo más fácil de plagiar y lo más duradero. Una buena frase representa un logro para el que la escribe o pronuncia. Detrás de una buena frase siempre hay una idea valiosa. Y, además, una buena frase te hace pensar en cuestiones que merecen la pena.  La película Criadas y señoras (The Help, 2011, de Tate Taylor) incluye esta frase en boca de la criada negra de la niñita blanca: "Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante" . La criada negra no ha estudiado psicología pero ha criado ella sola a diecisiete niños. Todos ajenos. Todos blancos. Resulta incongruente cómo en esta película ( y supongo que también en la realidad que retrata) las mujeres blancas dejan a sus preciosos hijos blancos en manos de criadas

"El placer de vivir sola" de Marjorie Hillis

Para quienes piensen que este es un libro más de esos de autoayuda que nos tienen cercados hace tiempo basta fijarse en el año de su publicación original, 1936. Marjorie Hillis (1889-1971) es una pionera en todos los sentidos. Su trabajo en la revista Vogue la puso en contacto con mujeres que, como ella, llevaban las riendas de su vida. La publicación del libro obtuvo un enorme éxito. Es verdad que ella terminó saliendo del círculo de solteras independientes a las que iba dedicado: se casó en 1939. Pero eso no significa nada, salvo que esperó a casarse el momento en que encontró al hombre adecuado. Este resultó ser Thomas Henry Roulston, viudo y propietario de algunas tiendas en Brooklyn. El matrimonio duró diez años pues su marido murió en 1949.  Hillis, que llegó a ser editora asistente de Vogue, era hija de un pastor congregacional y estudió en un colegio para señoritas en New Jersey. Después del éxito de este libro escribió otro dedicado a los negocios que podía emprend

Hombres solos, hombres solitarios

Presumes que eres la ciencia y yo no lo entiendo así porque siendo tú la ciencia no me has comprendido a mí. (Soleares. Juanito Mojama) ✿✿ En los tiempos del Oeste americano, que tanta literatura ha creado y, sobre todo, tanto cine, los hombres cargaban sobre sus hombres el peso de la valentía. Ser cobarde era un oprobio. Ningún cobarde podía sacar adelante a su familia, ni mantener sus tierras, ni vivir con dignidad. Pareciera que la valentía era la moneda de curso legal. Y, sin embargo, el cine nos cuenta que los valientes o los dignos eran la excepción. Más bien hombres solos, a veces también solitarios, que, llegada la hora de la verdad, se encontraban en la más estricta y descarnada soledad. Los guionistas de los westerns eran, como se ve, grandes conocedores de la naturaleza humana, bastante más que la propia señorita Marple que decía siempre, comparando a la gente que conocía con la de su pueblo natal Saint Mary Mead, que "es la misma en todas partes