Las estrellas se asombraron

 


(Joaquín Sorolla y Bastida)

Rosario la Mejorana (1858-1920) es una rara avis en el mundo del baile flamenco. Su arte, que lució en algunos cafés de cante desde muy joven, tanto en Cádiz, su tierra natal, como en Sevilla, fue efímero, porque se casó muy joven y dejó para siempre el espectáculo público. No obstante, fue capaz en ese breve espacio de tiempo, de poner de moda la bata de cola para bailar por alegrías en los cafés y de alzar los brazos al cielo como nuevo elemento distintivo del baile de mujer. Ambas innovaciones han pasado a la historia del flamenco como propias de la escuela de Cádiz, a la que ella pertenece, la escuela del Raspao, la Fandita o Josefita la Pitraca. 

Aparte de su estilo personal a la hora de bailar, Rosario contaba con un atributo que le abrió muchas puertas: su belleza. De ese modo, la estética del baile, que estaba desarrollándose a marchas forzadas desde que se instalaron en los cafés de cante los suelos de madera (los tablaos), avanzó enormemente, no solo por su forma de mover las manos, sino de recorrer el escenario y de modular el baile con su bata de cola y con otro complemento que hizo imprescindible: el mantón de Manila, tan vistoso para adornar desplantes y salidas. 

Parece que tuvo muy joven un matrimonio fallido, del que no hubo descendencia y que, al fin, encontró el amor en la persona del sastre de toreros Víctor Rojas, con el que estuvo unida treinta años, aunque sin papeles por medio. De esa unión nacieron un guitarrista, Víctor Rojas, y una grandísima artista del baile y de la danza en general, musa de pintores y centro de un estilo único: Pastora Imperio. La Mejorana dejó su Cádiz para bailar en Sevilla y, más tarde, marchó a Madrid donde sus hijos harían fortuna y donde ella murió, no sin grabar su nombre en el universo flamenco. Nunca antes una flamenca había influido tanto en el arte teniendo una trayectoria pública tan corta. 


(Rosario Monge Monge, La Mejorana)