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Tráeme ese ramo de lilas

 


Serpentea el olor de las lilas por toda la casa. Las contraventanas son de madera y se abren al sol. Es el inicio de una primavera que traerá suerte porque el amor se ha ganado a pulso su sitio en estos días. En la Provenza todo se prepara para recibir el aire suave de los campos de lavanda y el eco tibio de las lilas. Tráeme ese ramo de lilas, que voy a decorar la mesa. De esa forma, los amigos tendrán una bienvenida acorde con los sueños. Tantas horas pensando en que, por fin, ese encuentro será posible, en que no habrá inconvenientes ni falsas esperanzas...

La casa es de piedra entera y tiene muchos años. Detrás hay una enorme extensión verde, una especie de jardín salvaje, donde crecen especies de todo tipo, incluso algunas exóticas, porque Marie tiene buena mano para las plantas. Hay arriates como si esto fuera el sur, y al fin, quizá lo es. La nostalgia del otro paraíso se observa a cada paso. Hay tiestos de cerámica, hay hornacinas en las que brilla un azulejo antiguo. En una de ellas, una pequeña Virgen observa los movimientos de todos. Tiene una cara avispada y sonriente. No sabía que las Vírgenes sonrieran, pensó, pero así era. Y luego, delante de la casa, una especie de porche cubierto hace las veces de sala y de recibidor, es el sitio en el que todos estiran las piernas mientras charlan en las butacas y en las mecedoras. Una de las mecedoras es verde y muy vieja, pero, tal vez por eso, es la más cómoda y la más disputada. Esta tarde toman helado en el postre y el helado se funde en la boca como si fuera un beso. Los besos son helados ardientes, piensa. 


De modo que las horas transcurren como si alguien estuviera tomando nota en un cuaderno. Cada una de ellas tiene su exacto sentido en este carrusel de los días de fiesta que se visten de una forma especial y que quieren transitar hacia ese claro momento del gozo. Hay una bulla íntima que se muestra en los rostros y en las manos. Todos están ocupados mirando algo que no existe pero que, sin duda, podrá acontecer en cualquier momento. Entonces se levantan los ojos y se entienden sin palabras. Han desaparecido las palabras y solo se oye la música y el palpitar del olor de las lilas a lo lejos. Todo ese perfume lo ha impregnado todo y no hace falta pronunciar los nombres ni asentir siquiera con la cabeza. Es un espacio perfecto en el que nada sobra, en el que nada falta y en el que, el corazón, tiene la constancia completa de que hay gotas de felicidad que no pueden envasarse en un perfume. 

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