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¿Por qué odio a Bergman y adoro a Woody Allen?

 


(Foto: Morgan Norman)

Creo que los jóvenes de los ochenta y noventa estaban obligados por una norma tácita a ver las películas de Bergman y a extasiarse con ellas. Después de ver la película se sucedían tertulias improvisadas en los cafés y en los bares cutres para comentar todos y cada uno de los detalles de las películas. Por qué ocurre esto, por qué ocurre lo otro, qué fue de su padre, qué ocurrió en su infancia...Así durante un par de horas. Todos estaban imbuidos del misticismo del director y de los argumentos complejos y rotundos que exhibía en su cine. También Woody Allen cayó presa de esta fascinación, lo que puede verse en algunas películas como él mismo ha confesado. Pero no hay color. 

Me parece que he visto solo dos o tres películas de Bergman y las he encontrado insoportables. Quizá una de ellas puede ser pasable ("Secretos de un matrimonio") aunque no deja de ser un ejercicio de revolver la mierda de la vida conyugal cuando esta es un auténtico peñazo. Claro que hay muchos matrimonios que pueden verse reflejados en ese laberinto de reproches y de engaños, pero no por eso tiene uno que machacarse de por vida con el sentimiento de culpa de que metió la pata. 

No tenía claro el motivo por el que, aun mostrando los interiores de las parejas o de las familias, Allen me encanta y no me produce la claustrofobia emocional que suscita Bergman en cualquier persona medianamente dispuesta a no dejarse aplastar por la vorágine de maltrecha amargura de sus películas. Y fue viendo "Interiores" precisamente cuando comprendí esas diferencias fundamentales, las que convierten sus respectivas obras en dos espacios diferentes. 

Son dos escenas: la primera es al principio, cuando la madre visita a una de las hijas y comienza una conversación de diez minutos sobre el sofá, los cuadros, un jarrón, el tapizado de las sillas...La madre está pasando el peor trago de su vida, pues su marido la ha dejado. La hija siempre sufre por todo. La pareja de la hija está harta de todo esto. Y la conversación gira en torno a la decoración. 

La segunda escena es cuando el padre lleva a su nueva novia a conocer a las hijas y sus parejas. La señora es alegre, simpática, normal, vestida de rojo y muy sonriente. Las hijas son exquisitas e intelectuales. Las parejas también. El contraste es evidente. Y por eso surge el punto de vista que nos dice que no vale la pena tanta pena y tanto sufrimiento. Eso nunca lo haría Bergman, muy interesado en que suframos. Y tanto sufrir cansa muchísimo. De modo que la insoportable rotundidad de Bergman termina siendo un peso infinito del que queremos desprendernos, mientras la aparente ligereza de Allen es un abrigo que nos protege en los días más oscuros. Qué gentileza la suya, hacer de prenda cálida y no aspirar a más...

Por eso adoro a Woody Allen. Porque sus paranoias las pasa por el tamiz de la risa y la ironía. Porque, de este modo, todos podemos hacer lo mismo. Y porque, cuando lucen los soles, él los amplifica, y cuando llueve, él coloca un bonito paraguas rojo para pasear por Nueva York. Imprescindible alegría. 

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