Nunca nieva en el sur



(Foto Víctor Colden, 2021)

La gente grita "nieva, nieva" y colocan las fotos del acontecimiento en sus redes sociales, graban vídeos con el móvil y se aventuran a recorrer, con esfuerzo, las calles y los caminos. ¿Adónde el camino irá? De momento, esta es una pregunta sin respuesta. La nieve ha venido a ocupar el espacio del miedo. Esa capa blanca y dura que da la impresión de amigable, se convierte en un leit motiv, en el argumento de una película, y pensamos entonces en inviernos dulces, tejidos a mano por la ventisca, el viento del norte o la reina de los parajes nevados. Toda la nieve tiene cosida la literatura de quienes, a través de la ventana, ven nevar en días desapacibles, de mesa, calefacción y libros. 

Lo suyo sería leer a los rusos o ver películas como "Doctor Zhivago". Hombres y mujeres gélidos pero ardientes de amor. Paisajes crepusculares teñidos de blanco a cualquier hora. Lugares inhóspitos, travesías, océanos helados. La nieve como telón de fondo, como argumento, como excusa, como una manera de decirnos que la naturaleza está ahí y puede hacer con nosotros aquello que desee. Está ahí en el exterior y nos espera. 

Nunca nieva en el sur. La única vez que vi nevar iba en trineo por Sierra Nevada y me caí debido, sin duda, al encantamiento del paisaje y no a mi nula pericia. La nieve, al caer, es dura y duele. Semeja al sentimiento del amor, que tienes que tocarlo para advertir de qué está hecho. La nieve no es una masa de merengue que puedes tocar con las manos, sino que te deja exhausta y que te mira sin entenderte. En realidad, es una de esas tantas cosas que debes mirar a través de una ventana indiscreta, mejor con un fuego cercano. Fuego y nieve, la antítesis.